sábado, 2 de julio de 2016

¡¡VAN GOGH VINCENT-VIDA Y OBRA DEL PINTOR!!



Van Gogh, Vincent
Nacionalidad: Holanda
Groot-Zunder 1853 - Auvers-sûr-Oise 1890
Pintor
Estilo: Neo-Impresionismo
Obras: 751


El tesón y las ganas de trabajar - más de 800 cuadros en nueve años como pintor - que demostrará Vincent a lo largo de su corta vida son encomiables y definen claramente la biografía de este magnífico pintor neo-impresionista. Vincent Willem van Gogh nace en Groot Zunder (Holanda) el 30 de marzo de 1853 en el seno de una familia de clase media. Su padre - Theodorus van Gogh - era un pastor protestante y su madre - Anna Cornelia Carbentus - pertenecía a una importante familia de encuadernadores. Sus tíos paternos se dedicaban al comercio de obras de arte, fundando la sucursal holandesa de la prestigiosa firma Goupil & Cie. No existen muchos datos sobre su infancia, iniciando sus estudios en 1861 y destacando en el aprendizaje de inglés, alemán y francés


Abandona repentinamente el instituto donde estudia y regresa a su casa; son los escasos datos que conocemos de estos años de adolescencia ya que hasta los 30 no tendrá vocación artística. Con 16 años empieza a trabajar en la galería Goupil, fundada por su tío en La Haya. Allí se vendían preferentemente obras de artistas holandeses contemporáneos - la conocida como Escuela de La Haya que buscará sus raíces en el paisaje realista del Barroco con Jacob van Ruysdael como principal protagonista - y de la Escuela francesa de Barbizon, origen del Impresionismo.

Durante los cuatro años que Vincent estuvo en La Haya se empapó de estas escenas que tenían bastante salida comercial. Pero ya en estos momentos se inicia su profunda admiración por Millet, a quien considera el padre de la nueva pintura francesa. Anton Mauve, uno de los miembros de la Escuela de La Haya,contrae matrimonio con una de las tías de Vincent, quince años mayor que su marido, convirtiéndose Mauve en el primer mentor artístico de Van Gogh. En 1873 Vincent se traslada a Londres para trabajar en la sucursal de Goupil de la capital británica. Su primer año allí será de entera felicidad, apreciando la pintura de Constable y Turner, y afirmando su admiración por la pintura holandesa contemporánea.

Parece que su primera crisis psíquica fue motivada por el rechazo sentimental de la hija de su patrona, la joven Ursula Layer, de quien se había enamorado profundamente. El deterioro físico y psíquico de Vincent fue tal que se le trasladó a la oficina de París por un periodo de tres meses. Vincent se volcó en la religión tras su fracaso amoroso, convirtiéndose en un hombre extraño. En 1875 regresa a París procedente de Londres - donde había estado los últimos seis meses - trabajando de nuevo en la central de la casa Goupil. Se obsesiona con la religión, descuidando su aspecto, leyendo continuamente la Biblia, incluso en el trabajo

También es un asiduo visitante del Louvre y del Museo del Luxemburgo. Cada vez rinde menos en el trabajo; por consiguiente, los jefes de la casa Goupil le dan un plazo de tres meses para que presente su dimisión. Corría el mes de enero de 1876 cuando Vincent abandona París y regresa a Inglaterra, siendo profesor en una escuela de Ramsgate donde su sueldo era el alojamiento y la comida. En julio de 1876 se instala en las cercanías de Londres, formando parte de una escuela metodista cuyo director le anima a impartir clases de ética y a predicar. Durante las Navidades de ese año regresa a Holanda y su padre le convence para que se quede en casa.


En 1877 inicia un nuevo trabajo en una librería de Dordrecht gracias a la recomendación de su tío. Vive solo y no le interesa el trabajo por lo que pretende matricularse en la Facultad de Teología de Amsterdam en dos ocasiones sin obtener resultados positivos. Tras nuevos intentos fracasados, su padre consigue que se le otorgue un acuerdo para permanecer por un periodo de seis meses como predicador a prueba en el sector de Masnes, en la región belga de Borinage. Durante tres años estará Vincent trabajando con comunidades mineras, renunciando a sus escasas pertenencia   para vivir como ellos

Ya entonces empieza a contar con la colaboración económica de su querido hermano Theo, quien trabaja en la central de Goupil en París. Esta dependencia económica se mantendrá durante el resto de la vida de Vincent. El ardor religioso remite y Vincent abandona a los mineros. Posiblemente haya decidido convertirse en un artista profesional por lo que se traslada a Bruselas, compartiendo estudio con Anton van Rappard.

Inicia estudios de perspectiva y anatomía, acompañados de lecturas complementarias. En abril de 1881 Vincent regresa a la casa paterna de Etten, donde permanecerá ocho meses al enamorarse apasionadamente de su prima Kee Vos. Llega incluso a quemarse la mano ante el rechazo y se traslada a La Haya, viviendo con una prostituta embarazada que ya tenía un hijo llamada Sien Hoornik. Al pensar Vincent en hacerla su esposa, su padre considera declararle demente para alejarle de Sien. En esta breve etapa en La Haya se sitúa bajo la dirección artística de su tío Anton Mauve. Vincent realiza su primer óleo titulado Muchacha bajo los árboles en tonos oscuros siguiendo a la próspera Escuela de La Haya.

Su compañera Sien será su modelo en múltiples dibujos. Pero la relación Vincent-Sien se agota y el pintor regresa a la casa paterna, ahora en Nuenen. Theo continúa su apoyo económico como anticipo de las ventas de unos cuadros que nunca se venderán. Vincent dirá a este respecto: "Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que la gente se dará cuenta de que tiene más valor de lo que cuestan las pinturas". Los dos años pasados en Nuenen (1883-1885) se culminan con la obra Campesinos comiendo patatas. Muerto su padre en abril de 1885,


Vincent se siente más libre y en otoño se traslada a Amberes donde contempla los espectaculares retablos de la catedral ejecutados por Rubens, iniciando un aclarado de su paleta. La pintura de Delacroix también llamará su atención en estas fechas. Vincent tiene cada vez más claro que debe continuar su aprendizaje en París, donde se traslada por sorpresa en marzo de 1886. En la capital del arte del siglo XIX permanecerá por un periodo de dos años; primero se matricula en la escuela de Ferdinand Cormon para pintar modelos vivos. Allí conocerá a Toulouse-Lautrec, poniéndose en contacto con los impresionistas. Este nuevo movimiento artístico sirve a Vincent de punto de partida, aunque piensa que Millet ha hecho más por la pintura que Manet. Durante estos años realizará paisajes de las cercanías de su casa o bodegones de flores, apreciándose un aclarado de su paleta en relación con el periodo de Nuenen.



También inicia ciertos experimentos con el Puntillismo así como conoce a Degas, interesándose por la figura humana. Pero la atención de Vincent se centra en sus contactos con los jóvenes Paul Signac y Émile Bernard, quienes consideran anticuado el Impresionismo. Ambos artistas influirán mucho en la obra de Vincent, que empieza a pensar en la creación de una comunidad de artistas

.

Las estampas japonesas supondrán también una importante influencia para el joven pintor, de igual manera que influyen en todos los movimientos del momento. Incluso llegó a reproducir varias estampas japonesas mientras el retrato de Père Tanguy está lleno de estampas niponas. El contacto de Vincent con Gauguin se inicia en el otoño de 1886. Entre ambos surgió un respeto mutuo, creciendo la admiración de Van Gogh hacia Paul a medida que pasaba el tiempo, haciéndose cada vez más fuerte la idea de constituir una sociedad de artistas en la que se compartieran gastos e ideas, ofreciéndose apoyo mutuo.


En febrero de 1888 Vincent se traslada al sur de Francia, a Arles, buscando su lugar de escape, su Japón del Sur como él denominaba a la ciudad mediterránea. En Arles beberá mucho menos y creará mucho más. Alquilará una casa, la Casa amarilla, pero la soledad es muy dura - sólo mantenía relaciones con la familia del cartero Roulin y sus amigos - por lo que empezó a creer con más fuerza en su ansiada sociedad de artistas. Invitó a Gauguin a instalarse en Arles, aceptando éste trasladarse en octubre de ese año, tomando Paul el dinero que Theo Van Gogh le envió para dar gusto a la idea de su hermano. Vincent está en un tremendo estado de excitación ante la llegada de su amigo y se dedica a la decoración de la casa con una serie de paneles con girasoles. Cuando Gauguin llega, incita a Vincent a pintar de memoria, creando escenas como el Sembrador, en las que la naturaleza resulta ligeramente fantaseada. 


Pero la convivencia entre ambos artistas no es fluida y las discusiones cada vez suben más de tono. El desenlace se produce la noche del 23 de diciembre de 1888. Después de haber bebido mucho, discuten de nuevo y Vincent amenaza a su amigo con una navaja de afeitar. Gauguin, asustado, se marcha al hotel y Vincent, arrepentido por el desenlace de la disputa, decide arrancarse el lóbulo de su oreja derecha, entregándoselo a una prostituta para que lo lleve a Gauguin como señal de arrepentimiento. El escándalo fue mayúsculo y la policía acordonó la casa; Vincent es internado en el hospital y delira durante tres días. En enero de 1890 regresa a su casa y pinta las sillas - donde observamos la diferencia de ambos pintores - así como varios autorretratos donde se aprecia su mutilación. 



Las noticias de la promesa de matrimonio de Theo con Johanna Gesina Bonger, hermana de su amigo Anders Bonger, no hacen mucha gracia a Vincent, especialmente por la amenaza económica que suponía. Además, su amigo Roulin es trasladado a Marsella quedándose bastante solo de nuevo. En febrero Vincent es ingresado de nuevo en el hospital al cuidado del doctor Felix Rey ya que padece de insomnio y alucinaciones, imaginándose que alguien quiere envenenarle. Un mes más tarde, un grupo de treinta vecinos de Arles solicita el internamiento del "loco del pelo rojo" como le denominan, una vez más, en el hospital. La policía cierra la Casa Amarilla con todos sus cuadros.

Tras abandonar el hospital, Vincent abandona su hogar y se instala en dos pequeñas habitaciones del doctor Rey. Las recaídas son cada vez más frecuentes y el propio Vincent desea ingresar en un sanatorio, lo que ocurre el 8 de mayo. Voluntariamente, se marcha al sanatorio mental de Saint-Paul-de-Mausole, cerca de Saint-Rémy, a 27 kilómetros de Arles. ¿Cuál era la enfermedad de Vincent? Exactamente desconocemos a qué se debían esas crisis y ataques, surgiendo múltiples hipótesis. La más certera sería una inestabilidad psíquica de carácter congénito, acentuada por el abuso del alcohol. No en balde el doctor le rebajará la dosis de alcohol a medio litro diario, indicándonos esta noticia que era un alcohólico empedernido. Lo que no es del todo cierto es que las crisis que sufre Van Gogh influyan en su pintura ya que Vincent sólo duerme cuando tiene un ataque, teniendo miedo a estas crisis porque no puede crear durante esas fases. Por lo tanto, decir que la obra de Van Gogh es el resultado de los ataques de locura de un esquizofrénico es totalmente falso. Más bien nos encontramos ante la visión de una persona muy sensible que sabe aplicar el color como nadie en su momento. Este encierro en Saint-Rémy le obliga a pintar lo que hay alrededor del hospital, tanto las habitaciones, la naturaleza o los propios internos. Después de varios ataques - en uno de ellos intenta tragarse las pinturas - Vincent recibe la noticia de que Theo va a ser padre, deseando que el pintor sea el padrino del futuro bebé. Lleno de emoción, quiere regresar al norte de Francia para poder estar más cerca de sus amigos. Ahora trabaja copiando obras de Millet o Delacroix porque tiene miedo a pintar al aire libre.


Tras una conversación con Pissarro, Theo considera conveniente que Vincent se instale en Auvers-sur-Oise, en el noroeste de París, al cuidado del doctor Gachet, famoso homeópata relacionado con los impresionistas. A fines de diciembre de 1889 sufre un nuevo ataque mientras está pintando e intenta tragarse las pinturas; una vez más el doctor le prohibe pintar, permitiendo la ejecución de dibujos. El 31 de enero de 1890 Johanna da a luz un niño al que se llamará como su tío, Vincent Willen. La noticia llena de alegría al pintor, que también se entera de la primera compra de un cuadro suyo - el Viñedo rojo - por parte de Anne Boch. En mayo de ese año viaja a París para conocer a su sobrino, pasando tres días en la ciudad, que le parece demasiado ruidosa e intranquila. Parte para Auvers, alojándose en una pensión primero y después en un Café. El doctor Gachet le cuida cariñosamente e incluso piensa que está curado, considerando que nunca más tendrá un ataque. Durante los dos meses que vivió en Auvers pintó más de 80 cuadros, demostrando estar en pleno éxtasis creador. El 6 de julio de 1890 Vincent va a París para ver a su hermano; le encuentra muy preocupado por su situación laboral, el problema de la vivienda y la enfermedad del pequeño Vincent. Se agobia por ser una carga para su hermano y temiendo un nuevo ataque, el 27 de julio sale al campo y se dispara con un revólver; regresa a su hogar y avisa a los señores Ravoux para que soliciten un médico al no encontrarse bien. Reconoce haberse disparado y los doctores le vendan la herida pero no extraen la bala. Enterado de la noticia, Theo parte para Auvers y pasa el día con Vincent, fumando ambos en pipa. El 29 de julio de 1890 fallece el primer genio de la pintura contemporánea. Curiosamente, su hermano Theo muere seis meses después en una casa de salud de Utrecht. Desde 1914 ambos hermanos reposan juntos en el .



(Imágenes obtenidas en la red)

jueves, 14 de enero de 2016

¡¡POEMA – FRAY LUIS DE LEÓN-VIDA RETIRADA!!

VIDA RETIRADA
¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo, y sigue la escondida senda, 
por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido; 


 Que no le enturbia el pecho de los soberbios grandes el estado, ni del dorado techo se admira, 
fabricado del sabio Moro, en jaspe sustentado! 


 No cura si la fama canta con voz su nombre pregonera, ni cura si encarama la lengua lisonjera lo que condena la verdad sincera. 


 ¿Qué presta a mi contento si soy del vano dedo señalado; si, en busca deste viento, 
ando desalentado con ansias vivas, con mortal cuidado? 


 ¡Oh monte, oh fuente, oh río,! ¡Oh secreto seguro, deleitoso! Roto casi el navío, 
a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso.


 Un no rompido sueño, un día puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceño vanamente 
severo de a quien la sangre ensalza o el dinero. 

 Despiértenme las aves con su cantar sabroso no aprendido; no los cuidados graves de 
que es siempre seguido el que al ajeno arbitrio está atenido. 


 Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas, sin testigo, 
libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. 


 Del monte en la ladera, por mi mano plantado tengo un huerto, que con la 
primavera de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto. 


 Y como codiciosa por ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa 
una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. 


 Y luego, sosegada, el paso 
entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo y con 
diversas flores va esparciendo. 


 El aire del huerto orea y ofrece mil olores al sentido; los árboles menea con 
un manso ruïdo que del oro y del cetro pone olvido.


 Téngase su tesoro los que de un falso leño se confían; no es mío ver el lloro 
de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían.


 La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro día se torna, al cielo 
suena confusa vocería, y la mar enriquecen a porfía. 


 A mí una pobrecilla mesa de amable paz bien abastada me basta, y la vajilla, 
de fino oro labrada sea de quien la mar no teme airada. 


 Y mientras miserable- mente se están los otros abrazando con sed insacïable 
del peligroso mando, tendido yo a la sombra esté cantando. 


 A la sombra tendido, de hiedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído 
al son dulce, acordado, del plectro sabiamente meneado.
(Imágenes obtenidas en la red)

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jueves, 3 de diciembre de 2015

¡¡CUENTO DE NAVIDAD-CHARLES DICKENS!!





CHARLES DICKENS
PRIMERA ESTROFA

EL FANTASMA DE MARLEY

Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la me­nor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propieta­rio de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También Scrooge [L1] había fir­mado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en cualquier papel donde apa­reciera. El viejo Morley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo, más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd [L2] como el más muerto de todos los artículos de ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ances­tros, y no serán mis manos impías las que lo alteren. Por con­siguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley es­taba tan muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamenta­rio, su único administrador, su único asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el mismísimo día del funeral, que fue solemni­zado por él a precio de ganga.
La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la historia que voy a relatar. Si no estuviésemos completamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había fallecido antes de levantar­se el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su propiedad, con viento del Este, como para causar asombro ‑en sentido literal‑ en la mente en­fermiza de su hijo; sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la no­che a un lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.
Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años des­pués, allí seguía sobre la entrada del almacén: «Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Mar­ley».  Algunas personas, nuevas en el negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le daba lo mismo.
¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebaña­ba, apresaba! Duro y agudo como un pedemal al que nin­gún eslabón logró jamás sacar una chispa de generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afi­laba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba ri­gidez a su porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus fi­nos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho estuviese helado en los días más calu­rosos del verano, y en Navidad no se deshelaba ni un grado.
Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Nin­guna fuente de calor podría calenta.rle, ningún frío invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no po­dían superarle. Las peores lluvias, nevadas, granizadas y ne­viscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se desprendían» con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.
Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted? ¿Cuán­do vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban precipitadamente a sus due­ños hasta los portales y los patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»
Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era preicsamente lo que le gustaba. Para él era una «gozada» abrirse cami­no entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase las distancias.
Erase una vez ‑concretamente en los días mejores del año, la víspera de Navidad, el día de Nochebuena‑ en que el viejo Scrooge estaba muy atareado sentado en su despacho. El tiempo era frío, desapacible y cortante; además, con nie­bla. Se podía oír el ruido de la gente en el patio de fuera, caminando de un lado a otro con jadeos, palmeándose el pe­cho y pateando el suelo para entrar en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres, pero ya casi había oscurecido; no había habido luz en todo el día y las velas brillaban en las ventanas de las oficinas cercanas como manchas roji­zas en la espesa atmósfera parda. Bajó la niebla y fluyó por todas las junturas, resquicios, ojos de cerradura, y en el ex­terior era tan densa que, aunque el patio era de los más es­trechos, las casas de enfrente no eran más que sombras. Al ver como caía desmayadamente la sucia nube oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza vivía cerca y es­taba elaborando cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge permanecía abierta de modo que pudiera atisbar a su empleado que estaba copian­do cartas en una deprimente y pequeña celda, una especie de cisterna. Scrooge tenía un fuego muy escaso, pero la lum­bre del empleado era todavía mucho más pequeña: parecía un solo tizón. Pero no podía recargar la estufa porque Scrooge guardaba el carbón en su propio cuarto, y seguro que si el empleado entraba con la pala su jefe anticiparía que tenían que marcharse ya. Por consiguiente, el empleado se arropó con su bufanda blanca a intentó calentarse con la vela; no era hombre de gran imaginación y fracasaron sus esfuerzos.
«¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde!», exclamó una alegre voz. Era la voz del sobrino de Scrooge, que apareció ante él con tal rapidez que no tuvo tiempo a darse cuenta de que venía.
«¡Bah! ‑dijo Scrooge‑. ¡Tonterías!»
El sobrino de Scrooge estaba todo acalorado por la rápida caminata bajo la niebla y la helada; tenía un rostro agracia­do y sonrosado; sus ojos chispeaban y su aliento volvió a con­densarse cuando dijo:
«¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices en serio.»
«Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres pobre de sobra.»
«Vamos, vamos»‑respondió el sobrino cordialmente‑.«¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra.
Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo otra vez: «¡Bah!» ‑y siguió con‑ «¡Tonterías!».
«No te enfades, tío», dijo el sobrino.
«¿Cómo no me voy a enfadar» ‑respondió el tío‑, «si vivo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¡Y dale con Felices Pascuas! ¿Qué son las Pascuas sino el mo­mento de pagar cuentas atrasadas sin tener dinero; el mo­mento de darte cuenta de que eres un año más viejo y ni una hora más rico; el momento de hacer el balance y com­probar que cada una de las anotaciones de los libros te resul­ta desfavorable a lo largo de los doce meses del año? Si de mí dependiera ‑dijo Scrooge con indignación‑, a todos esos idiotas que van por ahí con el Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding [L3] y ente­rrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer».
«¡Tío!», imploró el sobrino.
«¡Sobrino!», replicó el tío secamente, «celebra la Navidad a tu modo, que yo la celebraré al mío».
«¡Celebraré!», repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si tú no celebras nada...»
«Entonces déjame en paz», dijo Scrooge. «¡Que te apro­vechen! ¡Mucho te han aprovechado!»
«Puede que haya muchas cosas buenas de las que no he sacado provecho», replicó el sobrino, «entre ellas la Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad ‑aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y a su origen, si es que eso se puede apartar‑ siempre he pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que concozo en el largo calenda­rio del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje ha­cia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me ha aprovechado y me seguirá aprovechando; por eso digo: ¡bendita sea!»
El escribiente de la cisterna aplaudió involuntariamente; se dio cuenta en el acto de su inconveniencia, se puso a hur­gar en la lumbre y se apagó del todo el último rescoldo.
«Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va a celebrar la Navidad con la pérdida del empleo. Es usted un orador convincente, señor», agregó volviéndose hacia su so­brino. «Me pregunto por qué no está en el Parlamento».
«No te enfades, tío. ¡Vamos! Cena con nosotros mañana».
Scrooge dijo que le acompañaría ‑sí, de veras que lo dijo‑. Pero completó la frase diciendo que le acompañaría antes en la calamidad.
«Pero ¿por qué?», exclamó el sobrino de Scrooge. «¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?», dijo Scrooge.
«Porque me enamoré».
«¡Porque te enamoraste!», gruñó Scrooge, como si fuese la única cosa en el mundo más ridícula que una feliz Navi­dad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, tú nunca venías a verme antes de hacerlo. ¿Por qué lo pones como excusa para no venir ahora?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te estoy pidiendo nada; ¿por qué no podernos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Sctooge.
«Lamentó de todo corazón verte tan inflexible. Tú y yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad y manten­dré el espíritu de la Navidad hasta el final. Así, pues, ¡Feli­ces Pascuas, tío?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
A pesar de todo, el sobrino salió del cuarto sin una pala­bra de enfado. Se detuvo para felicitar al escribiente, quien, frío como estaba, fue más afable que Scrooge y devolvió cor­dialmente la salutación.
«Otro que tal baila», murmuró Scrooge que le había oído. «Mi escribiente, con quince chelines semanales, esposa y fa­milia, hablando de Felices Pascuas. Es para meterse en un manicomio».


Aquel lunático, al acompañar al sobrino de Scrooge hasta la puerta, dejó entrar a otras dos personas. Eran unos caba­lleros corpulentos, de agradable presencia, y ahora estaban de pie, descubiertos, en el despacho de Scrooge. Llevaban en la mano libros y papeles, y le saludaron con una inclina­ción de cabeza.
«De Scrooge y Marley, creo», dijo uno de los caballeros comprobando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme a Mr. Scrooge o a Mr. Marley?»
«Mr. Marley lleva muerto estos últimos siete años», repu­so Scrooge. «Murió hace siete años, esta misma noche».
«No nos cabe duda de que su generosidad está bien re­presentada por su socio supérstite», dijo el caballero presen­tando sus credenciales.
Y era cierto porque ellos habían sido dos almas gemelas. Al oír la ominosa palabra «generosidad», Scrooge frunció el ceño, negó con la cabeza y devolvió las credenciales.
«En estas festividades, Mr. Scrooge», dijo el caballero to­mando una pluma, «es más deseable que nunca que haga­mos alguna ligera provisión para los pobres y menesterosos, que sufren muchísimo en estos momentos. Muchos miles ca­recen de lo más indispensable y cientos de miles necesitan una ayuda, señor».
«¿Ya no hay cárceles?», preguntó Scrooge.
«Está lleno de cárceles», dijo el caballero volviendo a po­sar la pluma.
«¿Y los asilos de la Unión[L4] ?», inquirió Scrooge. «¿Siguen en activo?»
«Sí, todavía siguen», afirmó el caballero, «y desearía po­der decir que no».
«Entonces, ¿están en pleno vigor la Ley de Pobres y el Treadmill[L5] ?», dijo Scrooge.
«Los dos muy atareados, señor».
«¡Ah! Me temía, con lo que usted dijo al principio, que hubiera ocurrido algo que les impidiera seguir su beneficio­so derrotero», dijo Scrooge. «Me alegro mucho de oírlo».
«Teniendo la impresión de que esas instituciones proba­blemente no proporcionan a las masas alegría cristiana de mente ni de cuerpo», respondió el caballero, «unos cuantos de nosotros estamos intentando reunir fondos para comprar a los pobres algo de comida y bebida y medios de calentar­se. Hemos elegido estas fechas porque es cuando la necesi­dad se sufre con mayor intensidad y más alegra la abundan­cia. ¿Con cuánto le apunto?»
«¡Con nada!», replicó Scrooge.
«¿Desea usted mantener el anonimato?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que me preguntan lo que deseo, caballeros, esa es mi respuesta. Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el lujo de que genre ociosa la celebre a mi costa. Colaboro en el sostenimiento de los establecimientos que he mencionado; ya me cuestan bastante, y quienes están en mala situación deben ir a ellos».
«Muchos no pueden ir; y muchos preferirían la muerte an­tes de ir».
«Si preferirían morirse, que lo hagan; es lo mejor. Así des­cendería el exceso de población[L6] . Además, y ustedes per­donen, a mí no me consta».
«Pero usted tiene que saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», respondió Scrooge. «A un hombre le basta con dedicarse a sus propios asuntos sin interferir en los de los demás. Los míos me tienen a mí continuamente ocupado. ¡Buenas tardes, caballeros!»
Viendo claramente que sería inútil seguir insistiendo, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus ocupaciones con una opinión de sí mismo muy mejorada y mejor humor del que en él era habitual.
Entretanto la niebla y la oscuridad se habían intensifica­do de tal modo que unas cuantas personas corrían de un lado a otro con resplandecientes hachas de viento, ofreciendo sus servicios para ir delante de los coches de caballos hasta su destino. Se hizo invisible la antigua torre de una iglesia cuya vieja y ronca campana siempre estaba espiando sigilosamen­te en dirección a Scrooge por un ventanal gótico del muro, y daba las horas y los cuartos en las nubes con trémulas vi­braciones posteriores, como si allí arriba le castañeasen los dientes en su cabeza helada. El frío se extremó. En la calle principal, hacia la esquina del patio, unos obreros estaban reparando la conducción del gas y habían encendido una gran hoguera en un brasero; en torno al fuego se había reunido un grupo de hombres y muchachos andrajosos que, en éxta­sis, se calentaban las manos y guiñaban los ojos ante las llamaradas. La llave del agua había quedado abierta y, al rebo­sar, se congelaba en rencoroso silencio hasta convertirse en hielo misantrópico. La brillantez de los escaparates, donde al calor de las lámparas crujían las ramitas y bayas de acebo, volvía rojizos los pálidos rostros al pasar. Los comercios de pollería y ultramarinos ofrecían una espléndida escena; re­sultaba casi imposible creer que allí pintasen algo unos prïn­cipios tan tediosos como los de la compraventa. El lord ma­yor[L7] , en su baluarte de la magnífica Mansion House, daba órdenes a sus cincuenta mayordomos y cocineros para cele­brar las Navidades como correspondía a la casa de un lord mayor; y hasta el sastrecillo, a quien él había multado con cinco chelines el lunes pasado por andar borracho y penden­ciero por las calles, estaba en su buhardilla revolviendo la masa del pudding del día siguiente, mientras su flaca espo­sa y el bebé habían salido a comprar carne de ternera.
¡Todavía más niebla y más frío! Un frío punzante, pene­trante, mordiente. Si el buen San Dunstan[L8] , en vez de utilizar sus armas habituales, hubiera pinzado la nariz del Espíritu Maligno con solo un toque de semejante clima, se­guro que éste habría proferido los mejores propósitos. El po­seedor de una joven y escasa nariz, roída  y mascullada por el hambriento frío como un hueso roído por los perros, se encorvó ante el ojo de la cerradura de Scrooge para deleitar­le con un villancico. Pero a los primeros sones de

«¡Dios bendiga al jubiloso caballero!
¡Que nada le traiga el desaliento!»

Scrooge agarró la vara con tal energía que el cantor huyó des­pavorido, dejando el ojo de la cerradura para la niebla y para la todavía más amable escarcha.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Con muy mala voluntad, Scrooge desmontó de su taburete y, tácitamente, admitió el hecho ante el expectante empleado de la Cister­na, que sopló la vela al instante y se puso el sombrero.
«Supongo que usted querrá libre todo el día de mañana», dijo Scrooge.
«Si le parece conveniente, señor».
«No me parece conveniente», dijo Scrooge, «y no es razo­nable. Si por ello le descontara media corona, usted se sen­tiría maltratado, ¿me equivoco?»
El escribiente esbozó una tímida sonrisa.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no cree usted que el mal­tratado sea yo cuando pago un jornal sin que se trabaje».
El escribiente comentó que sólo se trataba de una vez al año.
«Es una excusa muy pobre para saquear el bolsillo de un hombre cada 25 de diciembre», dijo Scrooge abotonándose el abrigo hasta la barbilla. «Pero supongo que deberá tener el día completo. ¡A la mañana siguiente preséntese aquí lo antes posible!»
El escribiente prometió que así lo haría y Scrooge salió gru­ñendo. En un abrir y cerrar de ojos quedó clausurado el es­tablecimiento; el escribiente, con los largos extremos de la bufanda colgando por debajo de su cintura (no lucía abrigo) se lanzó veinte veces por un tobogán en Cornhill, a la cola de una fila de chicos, en honor de la Nochebuena; luego corrió a su casa, en Camdem Town, lo más deprisa que pudo, para jugar a la «gallina ciega».
Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste taberna; leyó todos los periódicos y se entretuvo el resto de la velada con su libro de cuentas; después se marchó a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que habían pertenecido a su difunto socio. Era una lóbrega serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado en el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno podía fácilmente imagi­nar que había corrido hacia allí cuando era una casa jovenci­ta, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora ya era lo bastante vieja y lo bastan­te lúgubre para que nadie viviese en ella, salvo Scrooge; to­das las demás habitaciones estaban alquiladas para oficinas. El patio estaba tan oscuro que el mismo Scrooge, que cono­cía cada piedra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha pendían sobre el negro y viejo portón de la casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en el umbral, en dolientes meditaciones.
Ahora bien, es una realidad que el aldabón no tenía nada especial excepto que era muy grande. También es cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar. Cierto también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de Londres[L9] , incluyendo ‑que ya es decir‑ la corporación municipal, los concejales electos y los miembros de la Cámara de Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley desde que había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su socio siete años atrás. Y enton­ces que alguien me explique, si es que puede, cómo ocurrió que al meter la llave en la cerradura de la puerta, y sin que se diera un proceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabón, sino el rostro de Marley en el aldabón.
El rostro de Marley. No era una sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía una luz morteci­na a su alrededor, como una langosta podrida en una despensa oscura. No mostraba enfado ni ferocidad, pero mira­ba a Scrooge como Marley solía hacerlo: con fantasmagóri­cos lentes colocados hacia arriba, sobre su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una manera extraña, como si al­guien los soplara o les aplicara un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy abiertos, mantenían una inmo­vilidad perfecta. Esto y su coloración lívida le hacían horri­pilante; pero a pesar del rostro y de su control, el horror pa­recía ser algo más que una parte de su propia expresión.
Cuando Scrooge miraba fijamente este fenómeno, volvió nuevamente a ser un aldabón.
No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o que sus venas no notaban una sensación terrible que no había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con energía, en­tró y encendió la vela.
Con una indecisión momentánea, antes de cerrar la puer­ta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrás, como si esperase el susto de ver la coleta de Marley asomando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de la puerta no había más que los tomillos y las tuercas que sujetaban el al­dabón, de manera que dijo: «¡Bah, bah!», y la cerró de un portazo.
El ruido retumbó por toda la casa como un trueno. Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de la bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala propia y dis­tinta de ecos. Scrooge no era hombre que se asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atravesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero lentamente y despabi­lando la vela.
Se podría hablar por hablar sobre la manera de conducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo de viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley del Parlamen­to, pero sí digo de veras que se podría subir por aquellas es­caleras con una carroza fúnebre y ponerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la puerta hacia la balaustrada; y se podría hacer con facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio; tal vez por esta razón, Scrooge pensó que veía moverse delante de él, en la penumbra, un coche de pompas fúnebres. Media docena de lámparas de gas del alumbrado público no hubieran sido excesivas para ilumi­nar la entrada de la casa, de manera que se puede imaginar la oscuridad que había con la vela de sebo de Scrooge.
Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar su pe­sada puerta recorrió las habitaciones para ver si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía recordando el rostro.
Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; una pequeña lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y bol prepara­dos; y sobre la repisa de la chimenea el cacillo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo la cama; nadie den­tro del armario; nadie metido en su bata, que colgaba con­tra la pared en actitud sospechosa. El trastero, como de cos­tumbre; el viejo guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un palanganero de tres patas y un atizador.
Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por den­tro echando un doble cierre, cosa que no solía hacer. Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se sentó junto al fuego para tomarse las gachas.
Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda. No tuvo más remedio que arrimarse a ella como si estuviera in­cubando, para sacar de aquel puñadito de combustible la mínima sensación de calor. La chimenea era antigua, cons­truida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y todo su contorno estaba alicatado con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las Sagradas Escrituras. Había Caí­nes y Abeles, hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendiendo por el aire sobre nubes como colchones de plumas, Abrahanes, Baltasares, Apóstoles zarpando en barcos de mantequilla, cientos de imágenes para distraer sus pensamientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto siete años antes, venía como el antiguo callado del Profeta y se lo tragaba todo[L10] . Si cada uno de los lisos azulejos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese tenido la facultad de representar en su superficie alguna figura ex­traída de los dispersos fragmentos de su pensamiento, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la cabeza del vie­jo Marley.
«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por la ha­bitación. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fuera de use que col­gaba en el cuarto y, con algún propósito ahora olvidado, co­municaba con un aposento situado en el piso más alto del edificio. Con gran sorpresa y con un miedo extraño, inexpli­cable, cuando la estaba mirando vio que la campanilla co­menzaba a oscilar. Al principio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido, pero pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las demás campanillas de la casa.
La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecieron igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un ruido estri­dente que venía de muy abajo, como si una persona estuvie­se arrastrando una pesada cadena sobre los barriles de la bo­dega del vinatero. Entonces Scrooge recordó hacer oído que en las casas embrujadas los fantasmas arrastraban cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con un estruen­do, y Scrooge oyó aquel ruido con más claridad en los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y, seguidamen­te, aproximándose directamente hacia su puerta.
«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo pue­do creer! »
No obstante, se le demudó el color cuando, sin pausa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la habita­ción ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las mortecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a decaer.
El mismo rostro, el mismísimo. Marley como siempre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las borlas de las botas tie­sas y erectas, al igual que la coleta, los faldones de la levita y los caballos. La cadena que arrastraba la ceñía por medio cuerpo; era larga y se le enroscaba como una cola; estaba he­cha (Scrooge la observó atentamente) con arquillas para di­nero, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras de compraventa y pesadas talegas de acero. Su cuerpo era tan transparente que al observarlo y mirar a través de su chale­co, Scrooge podía ver los dos botones de la espalda de la levita.
Scrooge había oído decir frecuentemente que Marlcy no tenía entrañas, pero nunca se lo había creído hasta ahora.
No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al fan­tasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque perci­bía el escalofriante influjo de sus ojos, mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura del paño doblado que le enmarcaba la cara, desde la barbilla hasta la cabeza, envol­tura que no había notado antes..., aún seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.
«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, caústico y frío como nunca. «¿Qué se lo ha perdido aquí?»
«¡Mucho!» Era la voz de Marley, sin la menor duda.
«¿Quién eres tú?»
«Prcgúntame quién fui».
«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz. «Eres puntilloso... como sombra». Iba a decir «para ser una som­bras, pero le pareció más apropiado lo otro.
«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».
«¿Puedes... puedes sentarte?», preguntó Scrooge, mirán­dole dubitativamente.
«Sí puedo».
«Entonccs, hazlo».
Scrooge había formulado la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente podía estar en condiciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que le resultara im­posible, tal vez se haría necesaria una explicación embarazo­sa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, ade­más de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un li­gero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mosta­za, una migaja de queso, un fragmento de patata medio cru­da. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas[L11] !».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía hasta la médu­la de los huesos.
Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seguía senta­do en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos inmó­viles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su cabello, faldones y bor­las seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y deseando apar­tar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragárme­lo y el resto de mis días me veré perseguido por una legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante queji­do y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue todavía mayor cuan­do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le sofocara el calor, ¡se le desmoro­nó la mandíbula inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, im­ploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espí­ritus deambulan por la tierra y por qué tienen que aparecer­se a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espí­ritu que habita en él se acerque a sus congéneres humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte.
Quedará sentenciado a vagar por el mundo ‑¡ay de mí!­ y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede parti­cipar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar fe­licidad.
El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fan­tasma. «Yo la hice, eslabón a eslabón, yarda a yarda[L12] ; por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?»
Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la lon­gitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras? Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más. ¡Tienes una cade­na impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase en­contrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas de cade­nas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuénta­me más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en nin­guna parte, no puedo demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría ‑¡óyeme bien!‑, en vida mi espíri­tu jamás se aventuró más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la cos­tumbre de meter las manos en los bolsillos de los pantalo­nes. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scroo­ge con tono de negociante profesional, aunque con humil­dad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?>
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en sie­te años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubie­ra denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eterni­dad después de haber hecho en ella todo el bien que sea po­sible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando carita­tivamente en su pequeña esfera, sea la que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio. Sin saber que ninguna clase de arre­pentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo! ¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Ja­cob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis relacio­nes comerciales no eran más que una gota de agua en el an­churoso océano de mis asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el es­pectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos ha­cia esa bendita Estrella que guió a los Santos Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scroo­ge se sentía sumamente acongojado y empezó a temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pon­gas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible, durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo te he conse­guido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!>
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es»
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero vendrá maña­na, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la vibra­ción de la última campanada de las doce. No volverás a ver­me y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pa­ñuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levan­tar la mirada otra vez y se encontró con el visitante sobrena­tural encarándole en actitud erguida, con la cadena enrosca­da al brazo.
La aparición se ajejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley le­vantó la mano para advertirle que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar; quejidos de indecible arrepentimiento y compun­ción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curio­sidad. Se asomó.
Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, nu­merosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados en grupo; nin­guno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una mons­truosa caja de caudales atada al tobillo, que lloraba compun­gido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mu­jer con un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tor­mento de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.
Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la primera sílaba. Estaba ex­tenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin desvestirse, y se quedó dormido al instante.


SEGUNDA ESTROFA

EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS

Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar la tras­parencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció atento a la hora.
Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce!
Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedi­do algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió comprobar que conti­nuaba una niebla y un frio muy intensos y que no se oía rui­do de actividad de gente alarmada, como se habría escucha­do ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando posesión del mundo. Era un gran alivio por­que sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como los pagarés de los Estados Unidos[L13] .
Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pen­saba en ello. El fantasma de Marley le había trastomado pro­fundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces, súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una. Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tan­ta posibilidad de dormirse como de ir al cielo, tal vez aque­lla fuese la resolución más prudente que podía haber adop­tado.
El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.


«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! »
Había hablado antes de que sonase la campana de las ho­ras, que lo hizo a continuación con una profunda, triste, ca­vernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los cortinajes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas ‑lo aseguro­- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó precipitadamente y, en postura semi‑recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea sobre­natural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blan­co; como el de un anciano, sin embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y musculosos, igual que las manos, dan­do una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los miembros superiores, estaban desnudos y ma­ravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculada­mente blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her­moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo y, en extraña contradicción con tal invemal emblema, su ro­paje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más sorpren­dente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la co­ronilla y hacía visibles todas estas cosas. También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda utilizaría en los momentos de apagamiento.
Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scroo­ge le miró con creciente atención vio que el cinturón deste­llaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho­ra era una cosa con un brazo, ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las partes que se disolvían estaban fun­didas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar. Y lo maravilloso es que reaparecía nueva­mente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no ha­bría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo especial de ver al espiritu con el gorro puesto y le rogó que se cu­briera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier inten­ción de ofender y todo conocimiento de haber «encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían lle­vado allí.


«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pen­sar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus pro­pósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el ter­mómetro muy por debajo del punto de congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dor­mir, o que estaba sufriendo un resfriado. El apretón, aun­que suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fue­ron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por com­pleto, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma ha­bían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día inver­nal, claro y con nieve cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y ob­servando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Po­dría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», ob­servó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconocien­do cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serpen­teante río. Ahora veían trotar, en dirección a ellos, unos cuan­tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y carros conducidos por gran­jeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho cam­po terminó llenándose de una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fan­tasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué brillo te­nían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien­tras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando les oyó fe­licitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar ¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había pro­porcionado a él?
«La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sende­ro, bien recordado y enseguida llegaron a una mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado corona­da por una veleta de gallo y una campana. Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utiliza­ban muy poco y las paredes estaban húmedas y enmoheci­das, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y cacareaban las aves de corral. La hierba in­vadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobre­mente amuebladas, frías y destartaladas. Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna ma­nera se asociaba al hecho de madrugar demasiado y comer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones de bancos y pu­pitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en un banco y se le caye­ron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada del des­lucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al cora­zón de Scroope con su influjo enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas.
El espiritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven per­sona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras la ven­tana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y llevando de la bri­da un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi que­rido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una Navidad, cuan­do aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completa­mente solo, él vino, por primcra vez, igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson[L14] , ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del Sultán colocado por los Genios boca aba­jo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a casarse con la princesa[L15] ?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se ha­brían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen visto gas­tar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la risa y el llanto, y si hubiesen observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga saliéndo­le de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba, pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos! ¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado: «¡Po­bre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga, «pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estu­vo cantando un villancico en mi puerta. Desearía haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y más su­cia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es­tos cambios; no sabía más que tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo, cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un dolorido mo­vimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada lle­na de ansiedad hacia la puerta. La puerta se abrió y una ni­ñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al cuello y le besaba repe­tidamente llamándole «Querido, querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», de­cía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y encogi­da por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que me atreví a pre­guntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí; estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de punti­llas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen grado la acom­pañó.
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con­descendencia y le estrechó las manos, sumiéndole en un es­tado de terrible confusión. A continuación condujo a Scroo­ge y su hermana hasta la sala de visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en las ventanas estaban cerúleos por el frio. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiem­po, envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofre­ciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba ama­rrado en el carruaje; los niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegre­mente hacia la curva del parque, las veloces ruedas pulveri­zaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas pe­rennes de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y te­nía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y vol­vían a pasar, donde sombras de carruajes y coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y es­trépito de una ciudad real. Por el adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Na­vidad. Pero era una tarde y las calles ya estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sen­tado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido dos pul­gadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pa­red, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la benevolencia [L16] y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apare­ció con prontitud acompañado por su compañero aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor, señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acabó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer! ¡A echar el cie­rre! », exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin espe­rar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusie­ron manos a la obra! Cargaron a la calle con los cierres ‑uno, dos, tres‑, los colocaron en su sitio ‑cuatro, cinco, seis‑, echaron las barras y los pasadores ‑siete, ocho, nueve‑ y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo, muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se dese­chasen de la vida pública para siempre. El suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combusti­ble junto al hogar, y el almacén se convertió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno de­searía ver en una noche de invierno.
Llegó un violinista con un libro de partituras y se encara­mó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y al afi­nar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fez­ziwig, sólida y consistente, toda sonrisas. Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos corazones ellas habían roto. En­traron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y nin­guna de cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más descan­so, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nue­vo, dispuesto a vencer o morir.
Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abun­dante cerveza. Pero el gran efecto de la velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro vie­jo; la clase de persona que sabía lo que hacía mejor que na­die) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fá­cilmente, gente capaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y lo mis­mo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuan­do el viejo Fezziwig y señora realizaron todas las figuras de la danza ‑avance y retirada, sujetando a la pareja de las ma­nos, inclinación y reverencia; movimiento en espital; «ene­bra la aguja y vuelve a tu sitio»‑, Fezziwig «cortó»; cortó tan gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sona­ron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hom­bre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma estaban pues­tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, re­cordaba todo, disfrutaba con todo, y era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera de la vista, no se había acor­dado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le mi­raba intensamente mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espiritu le hizo seña de que escuchase a los dos apren­dices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig. Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas po­cas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro. ¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y ha­blando sin querer como su yo pasado y no como el actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan insignificantes y suti­les que resulta imposible valorarlas. La felicidad que propor­ciona vale más que una fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportuni­dad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora mis­mo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espítitu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos rasgos de años pos­teriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraiza­do y seguiría creciendo.
No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que conde­nar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemen­te. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra, tun más no­bles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión prin­cipal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con pacien­te labor. Tú eres lo que ha cambiado. Cuando non compro­metimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando no éra­mos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta. Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tun ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías bus­cado y habrías intentado conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», res­pondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado una ver­dad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de compromisos, ¿po­dría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote ‑tú, que todo lo mides por el rasero del Lucro? O si la eligieses, traicionando tun propios principios, sé que pronto te arre­pentirías y lo lamentarías. Por eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apar­tando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nues­tro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy corto y lo ol­vidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sun brazos y le obligó a observar lo que sucedió a continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy gran­de ni elegante, pero llena de confort. junto a la chimenea invérnal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la misma hasta que la vió a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era completo tumulto pues ha­bía más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y, al contrario que en el celebrado rebaño del poema[L17] , no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumul­tuosas hasta extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reían con to­das las ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la ma­nera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto, no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello tren­zado ni le habría arrancado de un tirón el precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es tantear su cintura ju­gando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hu­biera crecido en torno a su cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus la­bios y haberle hecho preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber soltado las. ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría gus­tado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmedia­tamente seguida de tales carreras que ella, con un rostro ri­sueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a tiempo para sa­ludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hom­bre cargado de juguetes navideños y regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso portea­dor. Le escalaron con sillas, bucearon en sus bolsillos, le ex­poliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujeta­ron por la corbata, se le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irre­primible. ¡Las exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es po­sible describirlos. Baste decir que, por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente apoya­da en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella po­dría haberle llamado «padre» y ser una primavera en el ma­cilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mu­jer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Pa­rar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba con un rostro en el que, de cierto modo extraño, había fragmen­tos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía afecta­do por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro‑apagador y, con un movimiento repentino, se le incrustó en la cabe­za.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cu­brió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba con to­das sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; tam­bién se dio cuenta de que estaba en su propio dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hun­dirse en un sueño profundo.


TERCERA ESTROFA

EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS

Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía ha­ver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo espectro; por eso las recogió todas él mis­mo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en tor­no a su cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apare­ciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventu­ra diciendo que son buenos para cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equi­vocado pensar que estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuan­do la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scroo­ge fue presa de violentos temblores. Cinco minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo per­maneció tendido encima de la cama, que se había converti­do en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fan­tasmas porque él era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el momento culminante de un interesante caso de com­bustión espontána[L18] , sin tener el consuelo de saberlo. Sin embargo, al final acabó pensando ‑como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer‑, al final, como decía, acabó pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantas­mal en la habitación de al lado, donde parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin rui­do y se deslizó en sus zapatillas hasta la puerta.
En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las paredes es­taban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosqueci­llo donde brillaban por todos lados bayas chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nun­ca había conocido aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pemiles, lecho­nes, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes [L19] y burbujeantes boles de pon­che que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno de la Abundan­cia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó en­contrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el es­píritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro, ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillantes carámbanos. Sus bucles, de co­lor castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo. Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la an­tigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi fa­milia; quiero decir ‑porque yo soy muy joven‑ mis hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a don­de desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lec­ción que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.
Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras, pasteli­llos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamen­te. También desapareció la habitación, el fuego, el rojizo res­plandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable, al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales.
En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los teja­dos y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de veces en las intersec­ciones de las grandes atterias y formaban intrincados cana­les, difíciles de rastrear, en el espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas tapona­das por una neblina negruzca, medio derretida, medio he­lada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de áto­mos de hollín; parecía que todas las chimeneas de Gran Bretaña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy supe­rior al que podría producir el sol más brillante y el aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve ‑proyectil bastante más inofensivo que muchos co­mentarios jocosos‑, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias. Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recos­tados en las puertas y desbordando hacia la calle en su apo­plética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de ros­tro moreno y amplio contorno, de gordura reluciente como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego eleva­ban la mirada serena al muérdago colgado. Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había raci­mos de uvas colgando de ganchos conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también había pilas de avella­nas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evoca­ba los paseos por los bosques y el agradable caminar hundi­do hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y atezadas, resaltando entre el ama­rillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta en­tre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a una espe­cie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucedien­do y daban vueltas y más vueltas en su pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los huecos! Los platillos de las balanzas gol­peaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro­mas del té y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y de­rechos palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar, hacían sen­tir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los co­mestibles eran magníficos y bien presentados para la Navi­dad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan apresura­dos y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corrien­do a recogerla, cometiendo cientos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co­razones con que ataban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para ins­pección general y para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen[L20] .
Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en igle­sias y capillas, y allá se fue la buena gente en multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión. Y al mismo tiempo, desde muchas callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recupera­ron el buen humor; decían que era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panade­rías, pero permaneció una confortante y vaga representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde el suelo todavía hu­meaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antor­cha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir que ce­nan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se­ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y écha­les la culpa a ellos, no a nosotros[L21] ».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisi­bles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad. Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vesti'bulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, con­dujo a Scrooge asido a su manto directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos[L22] » a la semana; los sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy luci­das por cuatro perras), se levantó y puso el mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el señorito [L23] Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su monstruoso cuello de ca­misa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y he­redero en honor a la festividad del día), encantado de en­contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Crat­chit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gri­tando que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pe­queños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo, madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Crat­chit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha, escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda[L24] , cuando menos, por todo abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien re­mendada y cepillada para guardar una apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por bro­ma, de manera que salió antes de tiempo de su escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de Tiny Tim y le arras­traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Crat­chit cuando Bob ya se había recuperado del susto y, muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvía­mos a casa me dijo que esperaba que la gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agrada­ble recordar en el día de Navidad a quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo fuerte y sano.
Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa muletita contra el suelo y Tiny Tim regresó es­coltado por su hermano y su hermana hasta su taburete jun­to a la chimenea; mientras tanto, Bob, recogiendo las man­gas ‑como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas‑ preparó un brebaje caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina. El señorito Peter y los dos ubicuos Crat­chit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresa­ron pronto en animada procesión.
Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creí­do que una oca era la más rara de las aves, un fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vul­gar; y en realidad, en aquella casa era algo así. La señora Crat­chit puso la salsa (preparada de antemano en una pequeña salsera) casi hirviente; el señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana; Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Crat­chit colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hin­carlo en la pechuga; pero en cuanto lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de de­lectación por toda la mesa, a incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no po­día creer que se hubiera cocinado jamás una oca como aqué­lla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por la salsa de man­zana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la fa­milia; y más aún, como dijo muy contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuen­te, ¡no se la habían acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado de cebolla y salvia [L25] hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Crat­chit salía del cuarto sola ‑demasiado nerviosa para soportar testigos‑ para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! ‑suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit‑. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confi­tería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con or­gullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la parte superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, aho­ra que ya se le había quitado el peso de encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran­de; hacerlo hubiera sido como una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa man­zanas y naranjas y se metió al fuego una paletada de casta­ñas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit llamaba «círculo» querien­do indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se des­plegaba la cristalería de la familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido ca­liente de la jarra tan bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las cas­tañas en el fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamen­te. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita mar­chita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese po­bre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amoro­samente conservada. Si esas sombras permanecen sin cam­bios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, nin­gún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus pro­pias palabras, y se sintió abrumado por el arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hom­bres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que vi­ven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la levantó rá­pidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scroo­ge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí. Para feste­jarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tra­gaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para be­ber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro a in­sensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo piedes y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la fa­milia. La sola mención de su nombre arrojó sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malva­do Scrooge. Bob Cratchit les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos ingresos semanales de cinco chelines y me­dio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de Peter convertido en hombre de negocios; el pro­pio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos como si meditara sobre las especiales inversiones que debe­ría decidir cuando entrase en posesión de un ingreso tan apa­bullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo descanso en cama a la ma­ñana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy probable que así fue­ra, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía pa­recían más felices, con el brillante chisporroteo de la antor­cha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones. Aquí, el revo­loteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agra­dable cena, con platos calentándose junto a la lumbre y cor­tinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá, todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos, tíos, tías... , y ser el primero en felicitar­les. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invi­tados reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se diri­gían a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas ‑bien lo sabían ellas, astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el número de personas que se encami­naban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en las ca­sas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su alcance con inofensivo regocijo! El mis­mo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle lúgubte, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonora­mente cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantas­ma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con mons­truosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cemen­tetio de gigantes. El agua corría por todas panes ‑al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera‑, y sólo crecían musgos, tojos y densas matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol poniente había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la desolación durante unos ins­tantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me cono­cen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y barro y en­contraron una animada reunión en torno a una cálida lum­bre. Un hombre muy viejo y una mujer, con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engala­nados con sus ropas de fiesta. El viejo, con una voz que ape­nas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando los demás unían sus voces, la del viejo se vol­vía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se su­jetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió rápi­damente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensor­decidos por el retumbar del agua que se desmoronaba ru­giendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con fiereza intentaba perforar la tierra.
A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de hun­didas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base col­gaban grandes aglomeraciones de algas y las aves marinas ‑se diría que nacían del viento, como las algas del agua‑ se ele­vaban y caían a su alrededor como las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las seña­les habían encendido una lumbre que, a través del portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arrojaba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando sus encallecidas ma­nos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad con sus jarras de grog[L26] . Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la in­clemencia del tiempo como el mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad.
Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de cual­quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel, del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras som­bras en sus puestos, pero todos ellos tarareaban música navi­deña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o ha­blaban a sus compañeros de alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dor­mido, bueno o malo, había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había compattido en alguna medida el festejo; y había re­cordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acor­daban de él.
Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias tinieblas so­bre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profun­dos como la muerte, para Scrooge constituyó una gran sor­presa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplande­ciente, con el espíritu sonriendo a su lado y mirando al so­brino con aprobadora afabilidad.
«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de Scroo­ge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gusta­ría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su amistad.
Es una ley de la compensación justa, equitativa y saluda­ble, que así como hay contagio en la enfermedad y las pe­nas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge se reía suje­tándose los costados, girando la cabeza y arrugando el rostro con las más extravagantes contorsiones, la sobrina de Scroo­ge ‑por matrimonio‑ reía con tantas ganas como él. Y el grupo de sus amigos no se quedaba atrás y todos se desterni­Ilaban.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!»
«¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!», ex­clamó el sobrino de Scrooge. «¡Y además se lo creía!»
«Más vergüenza le debería dar, Fred!, dijo indignada la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio.
Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expresión de sor­presa; una boquita roja y suave que parecía estar hecha para ser besada ‑lo era, sin duda‑; todo tipo de pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban unas con otras al reírse; y el par de ojos más luminoso que se haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se podría describir como provocati­va, ya me entienden, pero de una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecuada!
«Es un viejo tipo cómico», dijo el sobrino de Scrooge, «es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin embar­go, en su pecado lleva la propia penitencia, y no quiero de­cir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la sobri­na. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno. No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfac­ción de pensar. Ja, ja, ja, que algún día nosotros la disfru­taremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de Scrooge. Las hermanas de la sobrina y todas las demás señoras expre­saron igual opinión.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. ¿Cuál es la consecuencia? No tiene mu­cho que perder con una cena. »
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena», interrum­pi6 la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces competentes puesto que acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, estaban apiñados junto al fuego, a la luz de la lámpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobrino de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper? »
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un soltero no era más que un pobre proscrito sin derecho a expresar una opinión sobre la materia. Ante lo cual la hermana de la sobrina ‑la rellenita con la pañoleta de encaje, no la de las rosas‑ se ruborizó.
«Vamos, Fred, continúa», dijo la sobrina de Scrooge pal­moteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar! ¡Qué hombre más absurdo!»
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como era imposible evitar el contagio, aunque la hermana relleni­ta lo intentó de veras con vinagre aromático[L27] , su ejem­plo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir », dijo el sobrino de Scrooge, «que la consecuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no querer ce­lebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pierde buenos ratos que no le harían ningún daño. Estoy seguro de que se pierde compañías más agradables que las que pueda en­contrar en sus pensamientos, metido en esa oficina enmo­hecida o en su polvorienta vivienda. Todos los años quiero darle la oportunidad, tanto se le gusta como si no, porque me da lástima. Puede que reniegue de la Navidad hasta que se muera, pero siempre tendrá mejor opinión si ve que voy de buen humor, año tras años, para decirle ¿cómo estás, tío Scrooge? Aunque sólo sirviera para que se acordara de de­jarle cincuenta libras a ese pobre escribiente suyo, ya habría merecido la pena; y pienso que ayer le conmoví.
Ahora les tocaba reírse a los demás con la mención de ha­ber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía muy buen carácter, no le importaba que se rieran ‑se iban a reír de cualquier modo‑ y les fomentó la diversión pasando la bo­tella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de música. Era una familia aficionada a la música, y puedo asegurar que sabían lo que se traían entre manos cuando cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper, que podia gruñir como un auténtico bajo sin que se le hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La sobrina de Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras piezas, tocó una ligera tonada (insignifi­cante, cualquiera podría aprender a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar para la niña que había recogi­do a Scrooge en el internado, como le había hecho recordar el Fantasma de la Navidad del Pasado. Al sonar esa musi­quilla, le volvieron a la mente todas las cosas que le había mostrado el fantasma; se fue enterneciendo cada vez más, y pienso que si años atrás hubiera escuchado esa música a menudo, tal vez habría cultivado con sus propias manos las cosas buenas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la pala de enterrador que sepultó a Jacob Marley.
No se dedicaron a la música toda la velada. Después de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volverse niños algunas veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando se hizo Niño el Fundador todopoderoso. ¡Un momento! Anterior­mente hubo un juego a la gallina ciega. Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que Topper estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las botas. Mi opinión es que todo lo habían tramado él y el sobrino de Scrooge, y el Fan­tasma de la Navidad del Presente lo sabía. Su manera de per­seguir a aquella hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a la credulidad del género humano. Daba topeta­zos a los hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrella­ba contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a donde iba ella, él iba detrás. Siempre sabía dónde estaba la hermana rellenita. No quería agarrar a nadie más. Si al­guien tropezaba contra él, como algunos hicieron, y se que­daba quieto, fingía que fallaba al procurar atraparle, de ma­nera afrentosa para el humano entendimiento, y acto seguido se deslizaba en dirección a la hermana rellenita. Ella gritó varias veces que era trampa, y con razón. Pero cuando al fin la atrapó, cuando pese a los sedosos rozamientos y rápidas ondulaciones de ella logró arrinconarla en una esquina sin escapatoria, entonces su conducta fue de lo más execrable. Simulaba no saber que era ella; simulaba que era necesario tocar su peinado, y para cerciorarse bien de su identidad tan­teó una determinada sortija en sus dedos y una determinada cadena en su cuello; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su opinión cuando otro hacía de gallina ciega y ellos estaban juntos, muy confidenciales, detrás de los cor­tinajes.

La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino sentada có­modamente en un gran butacón, con los pies sobre un esca­bel, en un atopadizo rincón, y el fantasma y Scrooge esta­ban detrás de ella. Pero se incorporó al juego de prendas y obtuvo resultados admirables con todas las letras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el juego «Cómo, cuándo y dónde», y para secreto regocijo del sobrino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus hermanas, que también eran chicas sa­gaces, como Topper podría confirmar. Allí habría unas veinte personas, jóvenes y viejos, pero todos estaban jugando, y tam­bién jugaba Scrooge; olvidando por completo los motivos por los que estaba allí y que los demás no podía oírle, algunas veces daba las respuestas en voz alta y casi siempre acertaba, pues la aguja más aguda, la mejor Whitechapel[L28] , y con el ojo bien abierto, no superaba en agudeza a Scrooge, aun­que él se empeñaba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella actitud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le suplicó como un niño que le permitiera quedarse hasta que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que no era posible.
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Sólo media hora, espíritu; sólo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scrooge tenía que pensar en una cosa y los demás descubrir lo que era haciéndole preguntas que únicamente podía responder con un «sí» o un «no». Del continuo bombardeo de pregun­tas a que fue sometido se deducía que había pensado en un animal, un animal vivo, un animal bastante desagradable, un animal salvaje, un animal que a veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba, y vivía en Londres, y andaba por la ca­Ile, y no se le exhibía al público, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un zoológico, y nunca le mataron en un merca­do, y no era un caballo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a levan­tarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente, la hermana rellenita, que había caído en un ataque similar, exclamó: «¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro‑o‑o‑o‑oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general de ad­miración, aunque algunos objetaron que la respuesta a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la respuesta con­traria era suficiente para desviar el pensamiento del señor Scrooge, suponiendo que alguna vez se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred, «y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos prepara­das copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!», dijo el sobrino. «El no me lo aceptaría, pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemente tan contento y animado que habría correspondido bebien­do a la salud de la inconsciente reunión, y les habría dado las gracias con palabras inaudibles si el fantasma le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó con el hálito de las últimas palabras del sobrino, y él y el espíritu empren­dieron nuevos viajes.
Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos hoga­res, pero siempre con un desenlace feliz. El espíritu perma­neció junto al lecho de los enfermos y ellos se animaban; junto a los que estaban en tierra extraña y se sentían más cerca de la patria; junto a los hombres que luchaban, y les daba paciencia para alcanzar su mayor aspiración; junto a la pobreza y la convertía en riqueza. En hospicios, hospita­les, cárceles, en todos los refugios de la miseria donde la pe­queña y vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las puertas para dejar al espíritu fuera, les dejó su bendición y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una no­che, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas navide­ñas parecían haberse condensado en el período de tiempo que pasaron juntos. También era extraño que mientras la forma externa de Scrooge no se había alterado, el fantasma había envejecido, había envejecido a ojos vista. Scrooge ob­servó el cambio pero no habló de ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exterior observó que se le había encaneci­do el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó.
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fantas­ma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».
En aquel momento las campanas del reloj daban las doce menos cuarto.
«Perdóname si me equivoco», dijo Scrooge mirando con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una garra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del espíritu. «Mira esto».
De los pliegues del manto salieron dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos, miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos, pero también prosternados en su hu­mildad. Donde la gracia de la juventud debió haberles per­filado los rasgos y retocado con sus más frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había ator­mentado, retorcido y hecho trizas. Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cam­bio, degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación.
Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran unos niños agradables, pero su lengua se negó a pronunciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirándolos. «Y se aga­rran a mí apelando contra sus progenitores. Este chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a me­nos que se borre lo que lleva escrito. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señalando con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo dicen! Admítelo para tus propósitos tenden­ciosos y empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvación?», gimió Scrooge.
«¿No están las cárceles?», dijo el espíritu devolviéndole por última vez sus propias palabras. «¿No hay casas de miseri­cordia?»
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la predic­ción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne, envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.

CUARTA ESTROFA

EL ULTIMO DE LOS ESPIRITUS

El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosa­mente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas por­que hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que le ocul­taba la cabeza, el rostro, las formas, y sólo dejaba a la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría sido difícil vislumbrar su figura en la noche y diferenciarle de la oscuri­dad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su presencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada más podía dis­cernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante», prosiguió Scroo­ge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera inclinado la ca­beza. Esa fue la única respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la com­pañía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la silenciosa fi­gura que sus piernas le temblaban y se dio cuenta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando se dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si hubiera observa­do su condición y le concediera tiempo para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estremecer­se al saber que unos ojos fantasmales estaban fijamente cla­vados en él mientras sus propios ojos, forzados all máximo, no podían ver más que una mano espectral y un bulto ne­gro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto. Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la espe­ranza de vivir para convertirme en una persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón agradecido. ¿No vas a hablarme?»
No hubo contestación. La mano señalaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noche y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condúceme, espíritu! »
El fantasma se movió igual que se le había acercado. Scroo­ge le siguió a la sombra de su ropaje, que le sostenía ‑pensó‑ y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino que la city parecía haber brotado por su cuenta para circundar­les. Y allí estaban, en el mismo corazón de la city, en la Bol­sa, entre los hombres de negocios que se apresuraban de aquí para allá, hacían tintinear las monedas en sus bolsillos, con­versaban en grupos, miraban sus relojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge les había visto hacer con mucha frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de negocian­tes. Al observar que les estaba señalando con la mano, Scroo­ge avanzó para oír su conversación.
«No», decía un hombre muy gordo con una papada mons­truosa, «no estoy muy enterado. Lo único que sé es que está muerto».
«¿Cuándo murió?», preguntó otro.
«Anoche, creo. »
«¿De qué?, ¿que le pasaba?» «preguntó un tercero mien­tras sacaba una gran cantidad de rapé de una caja enorme. «Pensé que no se iba a morir nunca. »
«Sabe Dios», dijo el primero dando un bostezo.
«¿Qué ha hecho con el dinero? » preguntó un caballero de rostro enrojecido y con una penduleante excrecencia en la punta de la nariz que temblequeaba como el moco de un pavo.
«No he oído nadas dijo el hombre de la gran papada bos­tezando de nuevo. «Tal vez lo ha dejado a su Compañía. A mí no me lo ha dejado. Es todo lo que sé».
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
«Seguramente tendrá un funeral muy barato», dijo el mis­mo, «porque os aseguro que no conozco a nadie que vaya a ir. ¿Y si organizásemos una partida de voluntaríos? »
«No me importa ir si va a haber un almuerzo», observó el caballero de la excrecencia en la nariz. «Pero si voy, hay que darme de comer. »
Más carcajadas.
«Bueno, después de todo, yo soy el más desinteresado», dijo el primer interlocutor, «pues nunca llevo guantes ne­gros y nunca almuerzo. Pero yo me ofrezco a ir si va alguien más. Cuando me pongo a pensarlo, no estoy seguro de que no fuese yo su amigo más íntimo pues solíamos detenernos a charlas cuando nos encontrábamos. ¡Adiós! »
Todos se dispersaron y se mezclaron con otros grupos. Scrooge los conocía y miró al espíritu pidiendo una explicación.
El fantasma se deslizó hasta una calle. Señaló con los de­dos a dos personas que se encontraban. Scrooge volvió a pres­tar atención pensando que allí podría estar la explicación.
También conocía a esos dos hombres perfectamente. Eran hombres de negocios muy ricos e importantes. Siempre ha­bía considerado esencial que le tuvieran en su estima desde un punto de vista mercantil, claro está, exclusivamente des­de el punto de vista de los negocios.
«¿Cómo está Vd.?», dijo uno.
«¿Qué tal está Vd.?» respondió el otro.
«¡Bien!» dijo el primero. «Por fin le ha llegado la hora al viejo diablo, ¿eh?»
«Eso me han dicho», contestó el segundo. «Hace frío ¿ver­dad?»
«Normal para Navidad. ¿Querrá Vd. venir a patinar?»
«No, no. Tengo cosas que hacer. Buenos días.»
Ni otra palabra más. Ese fue el encuentro, la conversación y la despedida.
Al principio Scrooge estaba más bien sorprendido de que el espíritu concediera importancia a conversaciones tan tri­viales, en apariencia. Pero tenía la seguridad de que en ellas se ocultaba algún propósito y se puso a considerar cuál sería. Difícilmente podrían tener alguna relación con la muerte de Jacob, su antiguo socio, pues se había producido en el pasa­do y el campo de acción de este fantasma era el futuro. Tam­poco lograba relacionarlas con alguien muy vinculado a él mismo. Pero no le cabía duda de que, quienquiera que fue­se el objeto de las conversaciones, éstas contenían una mora­leja para su provecho; por eso resolvió atesorar cada palabra que escuchase y cada cosa que viese, y muy especialmente su propia imagen cuando apareciese. Tenía la esperanza de que encontraría en su conducta del futuro la clave que le faltaba para resolver fácilmente los acertijos.
Miró a su alrededor buscando su propia imagen pero en su esquina habitual estaba otro hombre, y aunque el reloj señalaba la hora en que él solía estar allí, no vio rastro de su persona entre las multitudes que cruzaban el porche. Sin embargo, no se sorprendió demasiado pues había tomado la resolución de cambiar de vida y pensaba y deseaba ­que esa resolución ya se empezaba a llevar a la práctica.
A su lado, silencioso y oscurecido, estaba el fantasma con la mano extendida. Cuando cesó la pensativa búsqueda, Scrooge creyó adivinar, por el giro de la mano y su posición en relación a él, que los ojos invisibles le estaban mirando inquisitavamente. Esto le hizo estremecerse y notar intenso frío.
Salieron del ajetreado escenario para llegar a una tenebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había penetrado Scroo­ge, aunque reconoció la localización y su mala reputación. Los caminos eran tortuosos y angostos, la tiendas y las caws miserables, la gente medio desnuda, borracha, desaseada, repugnante. Callejones y arcadas, como otros tantos pozos negros, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre las calles desparramadas, y el barrio entero apestaba a crimen, a inmundicia y a miseria.
Muy en el interior de este antro de citas infames había un tenducho que sobresalía bajo el tejado de un cobertizo y allí se compraba metal, trapos viejos, botellas, huesos y grasien­tos despojos de carne. En el suelo del interior se apilaban llaves herrumbrosas, clavos, cadenas, bisagras, limas, báscu­las, pesos y chatarra de toda clase. En aquellas montañas de trapos inmundos, montones de grasa putrefacta y sepulcros de huesos, se mantenían y ocultaban secretos que pocas per­sonas habrían querido desvelar. Un bribón canoso, de unos setenta años, estaba sentado en medio de sus mercaderías junto a una estufa de carbón hecha de ladrillos viejos, se pro­tegía del aire frío del exterior con una miscelánea de guiña­pos sucios colgados de una cuerda a modo de cortina, y esta­ba fumando su pipa con todo el bienestar de un tranquilo retiro.
Scrooge y el fantasma llegaron junto al hombre en el mo­mento en que se introducía subrepticiamente en la tienda una mujer con un pesado fardo. Apenas acababa de entrar cuando otra mujer, igualmente cargada, también se metió. Un hombre, vestido de negro descolorido, las siguió muy pronto y, al verlas; se sobresaltó tanto como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Tras una corta pausa de turbada consternación, en la cual se había acercado a ellos el viejo de la pipa, los tres estallaron en una carcajada.
«¡Qué sea la asistenta la primera!» exclamó la que había entrado en primer lugar. «La segunda, la lavandera, y el em­pleado de la funeraria el tercero. ¡Viejo Joe, mira que es ca­sualidad encontrarnos aquí los tres sin querer!»
«No hay mejor sitio para que os reunáis», dijo el viejo Joe sacando la pipa de la boca. «Vamos al salón. Tú hace ya mu­cho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos no son extrañas. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo rechina! Creo que en este sitio no hay un metal más herrumbroso que esas bisagras; y estoy seguro de que no hay aquí huesos más viejos que los mios. ¿Ja, ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala.»
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja varilla de al­fombra de escalera, despabiló la humeante lámpara (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un taburete con osten­sible complacencia cruzando los codos en sus rodillas y mi­rando con abierto desafio a los otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa señora Dilber», dijo la mu­jer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo. ¡El siempre lo hizo!»
«¡Esa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El más que nadie.»
«Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Supongo que no vamos a andamos con miramientos.»
«¡Claro que no!», dijeron a la vez la señora Dilber y el hom­bre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!», exclamó la mujer. «Ya bastó. ¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo que al muerto no.»
«Claro que no», dijo la señora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto, el viejo malvado y tacaño», prosiguió la mujer, «por qué no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hubiera sido, alguien se habría ocupado de él cuando estaba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dando las últimas boqueadas. »
«Esa es la mayor verdad que se haya dicho nunca», dijo la señora Dilber. «Fue un castigo de Dios.»
«Lástima qué no haya sido un castigo un poco más abun­dante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuánto vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que éstos lo vean. Antes de encon­trarnos aquí ya sabíamos de sobra que nos estábamos soco­rriendo a nosotros mismos, creo yo. No es ningún pecado. Abra el fardo, Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y el hom­bre de negro desteñido abrió la brecha el primero y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de sellos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había más, hizo la suma total.
«Esta es la cuenta», dijo Joe, «y no doy un céntimo más aunque me aspen. ¿Quién es el siguiente?»
La siguiente fue la señora Dilber. Sábanas y toallas, unas pocas prendas de vestir, dos viejas cucharillas de plata, un par de pinzas para el azúcar y unas cuantas botas. Su cuenta quedó expresada en la pared igual que la anterior.
«Siempre pago demasiado a las señoras. Es una debilidad que tengo y así es como me arruino», dijo el viejo Joe. «Esta es la cuenta, y si me discute por un penique más, me arre­pentiré de ser tan generoso y rebajo media corona.»
«Y ahora abra mí fardo, Joe, dijo la primera mujer.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con más comodidad, y tras deshacer muchísimos nudos, arrastró un rollo grande y pesado de una cosa oscura.
«¿Qué diréis que es ésto? », dijoJoe. «¡Cortinas de cama!»
¡«Ay!», exclamó la mujer riendo y echándose hacia delan­te sobre sus brazos cruzados. «¡Cortinajes de cama!»
«No me irá a decir que las descolgó con anillas y todo mien­tras él estaba allí acostado» dijo Joe.
«Sí, lo hice», replicó la mujer. «¿Por qué no iba a hacer­lo?»
«Usted ha nacido para hacer fortuna», dijo Joe, «y seguro que la hará. »
«Lo que sí es seguro, Joe, es que cuando alargo la mano a algo no lo voy a soltar por un hombre como era él, le doy mi palabrax, respondió la mujer fríamente. «¡Cuidado!, que no se caiga el aceite en las mantas.»
«¿Eran de él?» preguntó Joe.
«¿De quién piensa usted, si no?» replicó la mujer. «Me atrevo a decir que no va a coger frío sin ellas.»
«Supongo que no habrá muerto de algo contagioso, ¿ver­dad?», dijo el viejo Joe interrumpiendo el trabajo y mirando interrogativamente.
«No tema», respondió la mujer. «Yo no le tenía tanto ape­go como pata andar merodeando a su alrededor para que­darme con esas cosas si lo de él hubiera sido contagioso. ¡Ah! , puede sacarse los ojos mirando la camisa que no encontra.rá ni un agujero ni un hilo gastado. Es la mejor que él tenía y además es muy buena. De no ser por mi, la habrían des­perdiciado».
«¿A qué llama desperdiciar?» preguntó el viejo Joe.
«A ponérsela para enterrarlo, claro está», replicó la mujer con una risotada. «Alguien fue tonto como para hacerlo, pero yo se la volví a quitar. Si el percal no sirve para éso, no sirve para nada y al cadaver le sienta igual de bien; no podía estar más feo que con la otra».
Scrooge escuchaba este diálogo horrorizado. Se habían sen­tado agrupados en torno al botín a la escasa luz de la lámpa­ra del viejo, y Scrooge les contemplaba con un aborrecimiento y una repugnancia tales que no habrían sido mayores aun­que hubiera tratado de demonios obscenos comerciando con el mismísimo cadaver.
«Ja, ja», rió la misma mujer cuando el viejo Joe sacó una bolsa de franela con dinero y distribuyó en el suelo las diver­sas ganancias de cada uno. «¡Así se acaba, ya ven! El espan­taba a todos cuando estaba vivo para que nos aprovecháse­mos nosotros cuando estuviera muerto. ¡Ja, ja, ja!»
«¡Espíritu!», dijo Scrooge temblando de pies a cabeza. «Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgraciado podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin corti­nas, y en ella, bajo una sábana andrajosa yacía algo tapa­do que, aunque mudo, se anunciaba con espantoso len­guaje.
La habitación estaba muy oscura, demasiado oscura para ver con detalle aunque Scrooge, obediciendo a un impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de habitación era. Del exterior venía una pálida luz que caía directamente so­bre el lecho, y en éste yacía el cadaver de aquel hombre, des­pojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran.
Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano invariable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba colocada con tal descuido que la más ligera elevación, el movimiento de un dedo de Scrooge, habría bastado para dejar el rostro al des­cubierto. El lo pensó, sabía cuán fácil sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo no tenía más capacidad que para alejar al espectro de su lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan pa­rado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cáli­do y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea, sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida in­mortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles se­rían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en ver­dad!
Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hom­bre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra ama­ble sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escu­chaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes.
«¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de sa­lir de aquí no olvidaré la lección, creéme. ¡Vámonos!»
Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.
«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera capaz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor.»
Otra vez pareció que le miraba.
«Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emoción por la muerte de este hombre», dijo Scrooge dolido, «mués­tramela, espíritu, te lo suplico.»
El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos ins­tantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver una es­tancia iluminada por la luz del día, donde estaba una ma­dre con sus hijos.
Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un lado a otro de la habitación, se asomaba a la ventana, miraba el reloj, intentaba ‑en vano‑ hacer labor con la aguja y ape­nas podía soportar las voces de los niños que jugaban.
Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada. Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su marido, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupación y tristeza, aun­que era joven. Ahora tenía una expresión extraña, una espe­cie de intenso regocijo que le hacía sentirse avergonzado y que procuraba reprimir.
Se sentó a cenar lo que ella había reservado cuidadosamen­te para él junto al fuego y, tras un largo silencio, ella le pre­guntó tímidamente qué noticias había; él pareció incómodo al buscar una respuesta.
«¿Son buenas o malas?», dijo ella para ayudarle.
«Malas», respondió él.
«No, Caroline. Todavía hay esperanza.»
«¡Sólo la hay si él se conmueve!», dijo ella espantada. «Si ha ocurrido tal milagro aún nos queda una esperanza.»
«Ha hecho algo más que conmoverse», dijo el marido. «Se ha muerto.»
Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dulce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo más profun­do de su corazón y así lo expresó con las manos entrelaza­das. Al instante, pidió perdón y lo lamentó, pero el primero fue el sentimiento que le salió del alma.
«Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mujer me­dio borracha, que te conté anoche, cuando intenté verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo pensé que era una excusa para no recibirme, pero entonces él no sólo esta­ba muy enfermo sino que se estaba muriendo.»
' «¿A quién se traspasará nuestra deuda?»
«No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos el di­nero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala suerte dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dor­mir sin congoja, Caroline!»
Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los niños, enmudecidos y apiñados alrededor para oír algo que apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y el hogar era más feliz gracias a la muerte de aquel hombre. La única emo­ción que el fantasma pudo mostrar a Scrooge fue una emo­ción plancetera.
«Permíteme ver algo de cariño por un muerto», dijo Scroo­ge, «o jamás podré librarme, espíritu, de la siniestra cámara que acabamos de dejar.»
El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía y mien­tras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro buscándo­se, pero no se le veía. Entraron en la casa del pobre Bob Crat­chit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Crat­chit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas es­taban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.
«Y él puso a un niño en medio de ellos[L29] ».
¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!
«Ahora ya están mejor», dijo la esposa de Cratchit. «Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del mun­do, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora».
«Más bien pasa», respondió Peter cerrando el libro. «Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre.»
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa.»
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia.»
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordaban.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la la­bor, «y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufan­da de lana [L30] ‑la necesitaba el buen hombre‑ entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Des­pués, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No estés triste.»
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chi­cas. Quedaría terminada mucho antes del domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?», dijo su es­posa.
«Sí, queridab, respondió Bob. «Me habría gustado que hu­bieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño!», lloró Bob. «¡Mi niñito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hu­biera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.
Salió de la habitación y subió al cuarto de arriba, que es­taba alegremente iluminado y decorado con adornos navi­deños. Cerca del niño, había una silla y se notaba que al­guien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sentó, y después de meditar un momento se recuperó y besó aque­lla carita. Se sintió resignado con lo sucedido y volvió a bajar bastante animado.
Se agruparon junto al fuego y charlaron; las chicas y la madre continuaron trabajando. Bob les habló de la extraor­dinaria amabilidad del sobrino del señor Scrooge, al que ape­nas había visto una sola vez y sin embargo, al encontrárselo aquel día en la calle, se había dado cuenta de que Bob pare­cía un poco ‑«sólo un poco apagado, ¿verdad?»‑ y le pre­guntó qué le sucedía. «Se lo contés, dijo Bob, «porque es el caballero más amable que os podáis imaginar. «Lo lamen­to de todo corazón, señor Cratchit», dijo, «y lo lamento de todo corazón por su buena esposa. Por cierto, no se cómo podía saberlo.»
«¿Saber qué, cariño?»
«Pues eso, que tú eras una buena esposas, respondió Bob.
«¡Todo el mundo lo sabe!», dijo Peter.

«¡Muy bien dicho, hijo mio! » exclamó Bob. ‑Eso espero‑. «Lo lamento de todo corazón» ‑dijo él‑, «por su buena esposa. Si de algo les puedo servir» ‑dijo él dán­dome su tarjeta‑, «ahí es donde vivo. Le ruego que venga a verme, pero no se trata de lo que hubiera podido hacer por nosotros; era consolador por la manera tan afable de decirlo. Realmente parecía como si hubiese conocido a nuestro Tiny Tim y sintiera nuestro dolor. »
«Tengo la seguridad de que es un alma bondadosa», dijo la señora Cratchit. «Estarías más segura, querida, si le hu­bieras visto y hablado con él. No me sorprendería, escucha bien lo que te digo, si él consiguiera para Peter una coloca­ción mejor. »
«¿Has oído, Peter?», dijo la señora Cratchit.
«Y entonces», dijo una de las chicas, «Peter se asociará con otro y se establecerá por su cuenta. »
«¡Cállate ya! », replicó Peter gesticulando.
«Es probable que ocurra un día de éstos», dijo Bob, «aun­que para eso hay tiempo de sobra. Pero aunque nos separe­mos unos de otros, sea cuando sea, estoy seguro de que nin­guno se olvidará de Tiny Tim, ¿verdad?, la primera separación de uno de nosostros».
«¡Jamás, padre! », exclamaron todos.
«Y ahora yo sé, queridos míos», dijo Bob, «yo sé que cuan­do recordemos lo paciente y tranquilo que era, aunque era muy pequeño, un niño chiquitín, no reñiremos por nade­rías, olvidándonos así del pobre Tiny Tim».
«¡No, jamás, padre! », dijo el pobre Bob. «¡Estoy muy contento! »
La Sra. Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos jóvenes Cratchit le besaron, y Peter y él se estrecharon las manos. ¡Es­píritu de Tiny Tim, tu infantil esencia procedía de Dios!
«Espectro», dijo Scrooge, «presiento que ha llegado el mo­mento de separarnos. No se cómo, pero lo sé. Dime quién era el hómbre muerto que vimos».
El Fantasma de la Navidad del Futuro, igual que en ante­rior ocasión, le trasladó ‑aunque pensó que eran otros tiem­pos pues no parecía existir un orden en las últimas visiones, si bien todas se desarrollaban en el futuro‑ a los lugars frecuentados por los hombres de negocios, pero a él no se le vela por ninguna parte. Además, el espíritu no se detenía sino que seguía directamente, como si se encaminara a una meta ahora deseada, hasta que Scrooge le rogó que se detu­viera unos instantes.
«En este patios, dijo Scrooge, «que estamos atravesando rápidamente es donde tengo mi despacho y ahí he trabaja­do durante largo tiempo. Estoy viendo la casa. Déjame con­templar cómo estaré en el futuro».
El espíritu se detuvo pero la mano señalaba a otra parte.
«La casa está por allá», exclamó Scrooge. «¿Por qué seña­las a otro lado?»
El dedo inexorable no cambió.
Scrooge se precipitó hacia la ventana de su oficina y miró el interior. Seguía siendo una oficina, pero no la suya. Los muebles no eran los mismos y el personaje sentado no era él. El fantasma seguía señalando la misma dirección.
Scrooge se volvió a unir a él y, deseando saber por qué razón y a dónde iban, le acompañó hasta una verja. Antes de entrar se detuvo un momento para mirat a su alrededor.
Un cementerio parroquial. Así pues, aquí yacía bajo tie­rra el desdichado hombre cuyo nombre iba a conocer ahora. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edificios, cu­bierto de yerbajos ‑vegetación de la muerte, no de la vida‑, demasiado atiborrado de enterramientos, inflado de voraci­dad satisfecha. ¡Bonito lugar!
El espíritu se detuvo entre las rumbas y señaló una. Scrooge avanzó hacia ella temblando. El fantasma estaba exactamente igual que antes, pero Scrooge tenía miedo de ver una nueva significación en su solemne forma.
«Antes de que siga acercándome a esa losa que señalass, dijo Scrooge, «respóndeme a una pregunta. ¿Son las imáge­nes de cosas que van a suceder o solamente imágenes de co­sas que podrían suceder? »
Pero el fantasma señalaba, con el dedo hacia abajo, la rum­ba que tenía delante.
«El rumbo de la vida de un hombre presagia cierto final que se producirá si el hombre perseverax, dijo Scrooge. «Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará. ¡Dime que eso es lo que me estás enseñando!»
El espíritu permaneció tan incomovible como siempre.
Tembloroso, Scrooge se arrastró hacia él y, siguiendo la indicación del dedo, leyó en la losa de la abandonada rum­ba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE.
«¿Soy yo el hombre que yace en la cama?», gritó arro­dillado.
El dedo le señaló a él y otra vez a la tumba.
«¡No, espíritu! ¡No, no, no!»
Allí continuaba el dedo.
«¡Espíritu!', gritó agarrándose con fuerza al manto, «¡es­cúchame! Ya no soy como antes. Gracias a este encuentro ya no seré el mismo que antes. ¿Por qué me muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí»
Por vez primera la mano pareció vacilar.
« ¡Espíritu bueno! », continuó diciendo postrado en el sue­lo. «Tu benevolencia intercede en mi favor y me compade­ce. ¡Dime que todavía puedo modificar las imágenes que me has mostrado si cambio de vida! »
La mano benéfica temblaba.
«Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré man­tener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en el Pasa­do, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas. ¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripción de esta losa»
En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano tra­tó de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza implorante. El espíritu, aún con mayor fuerza, le rechazó.
Alzando sus manos en una postrer súplica para cambiar su destino, Scrooge vio una alteración en la capucha y túni­ca del fantasma, que se encogió, se desmoronó y se convirtió en la columna de una cama.


QUINTA ESTROFA

DESENLACE FINAL

¡Sí!, y la columna era suya, de su propia cama, y suya era la habitación. ¡Pero lo mejor de todo es que el tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía en­mendarse!
Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge repetía «Vi­viré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los tres espíritus del tiempo me ayudarán. ¡Oh, Jacob Marley! El Cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de rodillas, viejo Jacob, de rodillas! »
Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos propó­sitos que su quebrada voz apenas le salía. Durante un con­flicto con el espíritu había sollozado violentamente y su ros­tro aún seguía humedecido por las lágrimas.
«¡No las han arrancado! », exclamó Scrooge acunando en los brazos una de las coronas de su cama, «¡no las han arran­cado con anillas y todo. Están aquí; yo estoy aquí y se disi­parán las sombras de las cosas que podrían haber sucedido. Sí, se desvanecerán, lo sé!»

Todo este tiempo tenía las manos ocupadas en hurgar sus ropas, volviéndolas al revés, poniendo lo de arriba para aba­jo, arrancándolas, poniéndoselas mal y haciendo con ellas toda clase de extravagancias.
«¡No sé qué hacer!., decía Scrooge llorando y riendo al mismo tiempo, y haciendo con sus calzas una perfecta re­presentación de Laoconte. «Me siento tan ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan conrento como un colegial. Estoy tan embriagado como un borracho. ¡Feliz Na­vidad a todos, feliz Año Nuevo para el mundo entero! ¡Hola eh! ¡Yuupy! ¡Hola!»
Entró en el salón brincando y allí se quedó de pie, com­pletamente enredado.
«¡Ahí está el bol de las gachas!», exclamó empezando nue­vamente a brincar junto a la chimenea. «¡La puerta por dón­de entró el fantasma de Jacob Marley! ¡La esquina donde se sentó el fantasma de la Navidad del presente! ¡La ventana dónde vi a los espíritus errantes! ¡Todo es verdad, todo ha sucedido de verdad. Ja, ja, ja!»
Para un hombre que llevaba sin practicar durante largos años, era realmente una risa espléndida, una risa de lo más insigne. ¡La madre de una larga, larga descendencia de ra­diantes carcajadas!
«¡No sé en qué fecha estamos!», dijo. «No sé cuanto tiem­po he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!»
Su paroxismo fue moderado por los repiques de campa­nas de iglesia más fragorosos que había escuchado en toda su vida. ¡Tilín, talán, ding, dong, tilín, tolón! ¡Ah, glorio­so, glorioso!
Corrió a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Ni bru­ma, ni niebla; claro, despejado, alegre, estimulante, frío; frío como el sonido de una gaita que invita a la sangre a bailar. Sol dorado, cielo azul, dulce aire fresco, alegres campana­das. ¡Ah, glorioso, glorioso!
«¿Qué día es hoy?», gritó Scrooge a un chico que estaba abajo muy endomingado y que tal vez deambulaba por allí para fisgarle.
«¿Qué?», respondió el chico con el mayor asombro.
«Qué día es hoy, amiguito?», preguntó Scrooge.
«¡Hoy!», respondió el muchacho. «Bueno, NAVIDAD.»
«¡Es el día de Navidad!», dijo Scrooge hablando consigo mismo. «No me lo he perdido. Los espíritus lo hicieron todo en una sola noche. Pueden hacer lo que quieran. Natural­mente. Claro que pueden. ¡Hola, amiguito!»
«Hola», replicó el chico.
«¿Conoces la pollería que está a dos calles, en la esqui­na?», inquirió Scrooge.
«Desearía haberla conocido», replicó el chaval.
«¡Qué chico mas inteligente!», dijo Scrooge. «¡Un mucha­cho notable! ¿Sabes si han vendido el pavo caro que tenían allí colgado? No digo el barato sino el pavo grande.»
«¡Cuál?, ¿uno que es tan grande como yo?», dijo el mu­chacho.
«¡Qué encanto de chico!», dijo Scrooge. «¡Da gusto ha­blar con él. Sí, caballerete!»
«Allí está colgado ahora», respondió el chico.
«¿De veras?», dijo Scrooge. «Vete a comprarlo.»
«¡Amos anda!», exclamó el muchacho.
«No, no», dijo Scrooge, «hablo en serio. Vete y cómpralo y diles que lo traigan aquí, que yo les daré la dirección a la que deben llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré un che­lín. ¡Si vuelves con él en menos de cinco minutos te daré media corona! »
El chico salió disparado, como si hubiera tenido una mano firme apretando un gatillo.
«¡Se lo enviaré a la familia de Bob Cratchit!», musitó Scroo­ge, frotándose las manos y desternillándose de risa. «No sa­brá quién se lo manda. Es de un tamaño doble que Tiny Tim. ¿Joe Miller [L31] nunca gastó una broma tan graciosa!»
No estaba firme la mano con que escribió la dirección, pero la escribió como pudo y bajó para abrir la puerta de la calle antes de que llegara el hombre de la pollería. Cuando esta­ba esperando, la aldaba llamó su atención.
«¡La amaré mientras viva!», exclamó dándole palmaditas. «Apenas me había fijado en ella anteriormente. ¡Qué expre­sión tan honrada tiene en el rostro! ¡Es una aldaba maravi­llosa! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Yuupy! ¿Cómo está us­ted? ¡Felices fiestas!»
¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse soste­nido sobre sus patas; las habría reventado en un momento como si fuesen palillos de lacre.
«Oiga, es imposible cargar con esto hasta Camdem Town», dijo Scrooge. «Tendrá que ir en coche.»
La risa ahogada con que dijo eso, y la risa ahogada con que pagó el pavo, y la risa ahogada con que pagó el coche, y la risa ahogada con que recompensó al muchacho, sola­mente fue superada por la risa ahogada con que se sentó, sin aliento, otra vez en su butaca, y continuó riéndose aho­gadamente hasta que lloró.
Afeitarse no era una tarea fácil porque su mano seguía muy temblorosa y para afeitarse es necesario prestar atención, in­cluso aunque no se esté bailando mientras uno se afeita. Pero aunque se hubiera cortado la punta de la nariz, se habría puesto un esparadrapo y seguiría tan satisfecho.
Se vistió, «con sus mejores galas» y, por fin, salió a la ca­lle, llena de gente a aquellas horas, tal como él había visto con el Fantasma del Presente. Caminando con las manos a la espalda, Scrooge miraba a todos con sonrisa embelesada. Ofrecía un aspecto tan entrañable que tres o cuatro personas simpáticas le dijeron «¡Buenos días, señor! ¡Que tenga feliz Navidad!» Y Scrooge solía decir después que esos habían sido los sonidos más alegres que jamás había escuchado.
No había llegado lejos cuando vio venir hacia él el caba­llero solemne que, el día anterior, había entrado en su des­pacho diciendo: «De Scrooge y Marley, creo». El corazón le latió con violencia al pensar cómo le miraría aquel viejo ca­ballero cuando se cruzasen; pero también sabía cuál era el paso a dar, y lo dio.

«Estimado señor», dijo Scrooge acelerando el paso y asiendo al viejo caballero por ambas manos. «¿Cómo está Ud.? Es­pero que haya tenido éxito ayer. Fue muy amable por su par­te. ¡Feliz Navidad, señor!»
«¿El señor Scrooge?»
«Sí», dijo Scrooge. «Ese es mi nombre y me temo que no le resulte grato. Permítame pedirle perdón. Y tenga usted la bondad de...». Scrooge le murmuró algo al oído.
«¡Dios mío!», exclamó el caballero como si se le hubiera cortado la respiración. «Mi estimado señor Scrooge, ¿lo dice en serio?»
«Se lo ruego», dijo Scrooge. «Ni un ochavo menos. Le ase­guro que van incluidos muchos atrasos. ¿Me hará Vd. este favor?»
«Mi estimado señor», dijo el otro estrechándole las manos. «¡No sé qué decir ante tal munifi...»
«No diga nada, por favor, atajó Scrooge. «Venga a ver­me. ¿Vendrá a visitarme?»
«¡Lo haré!», exclamó el caballero, y estaba claro que esa era su intención.
«Gracias», dijo Scrooge. «Muy agradecido. Un millón de gracias. ¡Adiós!»
Estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contempló a la gente apresurándose de un lado para otro, dio palmadi­tas en la cabeza de los niños, se interesó por los mendigos, miró las cocinas de las casas, abajo, y las ventanas de arriba, y descubrió que todo le resultaba un placer. Nunca había imaginado que un paseo le pudiera reportar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la puerta una docena de veces antes de acumular el valor suficiente para subir y llamar. Peto tuvo el atranque y lo hizo.
«¿Está el señor en casa, guapa?», dijo Scrooge a la chica. «¡Guapa chica, en verdad!»
«Sí, señor»
«¿Dónde está, cariño? », dijo Scrooge.
«Está en el comedor, señor, con la señora. Le acompañaré arriba, por favor. »
«Gracias. Ya me conoce», dijo Scrooge con la mano pues­ta en la manilla del comedor. «Voy a entrar, guapa».
Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos estaban revisando la mesa (magníficamente puesta), pues estas pa­rejas jóvenes siempre se ponen nerviosos con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!, dijo Scrooge.
«¡Ay, Señor, qué susto se llevó la sobrina política! Scroo­ge había olvidado que estaba sentada en el rincón, con el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho. »
«¡Válgame Dios! ¿Quién es? », exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo que­darme, Fred? »
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía como en su casa. Nada podía ser más entrañable. La sobrina era igual que la había visto. Y Topper, cuando llegó. Y la hermana relleni­ta, y todos los demás. ¡Maravillosa reunión, maravillosos jue­gos, maravillosa concordia, ma‑ra‑vi‑llo‑sa felicidad!
Pero a la mañana seguiente llegó temprano a la oficina. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit lle­gando con retraso! En ello había puesto todo su empeño.
¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nue­ve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto. Bob sin apa­recer. Llegó con diciocho minutos y medio de retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para verle entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en su ta­burete, trabajando intensamente con el lapicero como si in­tentara dar marcha atrás al tiempo.
«¡Hola! », gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas horas? »
«Lo siento mucho, señor», dijo Bob. «Me he retrasado» «¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo. Haga el favor de venir».
«Es la única vez en todo el año, señor», se excusó Bob sa­liendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor».
«Pues le diré una cosa, amigo mio», dijo Scrooge, «no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguien­te», prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón en el chaleco que le hizo retroceder tambaleándo­se hasta la Cisterna otra vez, «y por consiguiente ¡estoy a pun­to de subirle el sueldo! »
Bob temblaba y se acercó un poco más a la vara de medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob! » dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. «¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesitada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde ante un bol navideño de «obis­po» humeante [L32] , Bob! ¡Atice las estufas y compre otro cubo de carbón antes de ponerse a escribir ni el punto de una «i», Bob Cratchit!»
Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y mu­chísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mun­do. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención pues era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bueno sucede en este globo sin que determinadas personas se harten de reír al principio; sabía que tales personas siempre estarían ciegas y considera­ba el malicioso brillo y arrugas de sus ojos como una enfer­medad cualquiera, con manifestaciones menos atractivas. Su propio corazón reía y con eso le bastaba.
No volvió a tener trato con aparecidos, pero en adelante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como na­die. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosostros!

FIN