miércoles, 30 de diciembre de 2009

¡¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!!



Iré introduciendo paginas del libro de Isabel Allende "Mi País Inventado",en varias etapas,
para aquellos que os guste esta gran Escritora.saludos.marian. 1ª PARTE:


MI PAÍS INVENTADO – ISABEL ALLENDE

El primer recuerdo que Isabel Allende tiene de Chile es el de una ca-sa que nunca conoció: la "casa grande y vieja" de la calle Cueto, donde nació su madre. Esta casa, evocada por su abuelo con tanta frecuencia que Isabel cree haber vivido allí, se convierte en la protagonista de su primera novela La Casa de los Espíritus. Dicha obra vuelve a aparecer al comienzo de las fascinantes y seductoras memorias, Mi País Inventa-do, que ahora nos ofrece esta talentosa escritora.

Los asiduos lectores de Allende reconocerán inmediatamente a los miembros de esta familia chilena –abuelos, bisabuelos, tías, tíos y ami-gos–, personajes de carácter mítico que pueblan este magnífico li-bro. A su vez, es un retrato inolvidable de la idiosincrasia del pueblo chileno, su historia violenta y su espíritu indomable. Aunque Isabel afirma haber sido una extranjera en su propio país –"Nunca encajé en ningún sitio, ni en mi familia, ni en mi clase social ni en la religión que se me confirió"–lleva consigo hasta hoy la marca de la política, y la ma-gia de su tierra natal. En Mi País Inventado explora el papel de la me-moria y la nostalgia que le ayudaron a dar forma a su vida y a sus libros. Dos acontecimientos vitales alteran la peripatética narrativa de este li-bro: el golpe militar y la violenta muerte de su tío, Salvador Allende Gossens el 11 de septiembre de 1973 que la condujeron a exiliarse y a convertirse en escritora, y el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001, en los Estados Unidos, que suscita en ella un sentimiento de leal-tad a su segunda patria. Mi País Inventado, cuya estructura sigue el funcionamiento de la memoria, recorre de acá para allá la distancia tem-poral en la que se acumulan las vidas pasadas y presentes de la auto-ra. Esta obra se dirige al inmigrante, ya que refleja su experiencia y su lucha por mantener una vida interior coherente en un mundo lleno de contradicciones.

Nacida en el Perú, Isabel Allende se crió en Chile. Sus libros, La Ca-sa de los Espíritus, De Amor y de Sombra, Eva Luna, Cuentos de Eva Luna, El Plan Infinito, Paula, Afrodita y, más recientemente Hija de la Fortuna, Retrato en Sepia y La Ciudad de las bestias, encabe-zan la lista de bestsellers en varios países del mundo entero.


…Por una razón u otra, yo soy un triste
desterrado. De alguna manera o de otra, yo
viajo con nuestro territorio y siguen viviendo
conmigo, allá lejos, las esencias longitudinales
de mi patria.

PABLO NERUDA, 1972

UNAS PALABRAS PARA COMENZAR

Nací en medio de la humareda y mortandad de la Segunda Guerra Mundial y la mayor parte de mi juventud transcurrió es-perando que el planeta volara en pedazos cuando alguien apre-tara distraídamente un botón y se dispararan las bombas ató-micas. Nadie esperaba vivir muy largo; andábamos apurados tragándonos cada momento antes de que nos sorprendiera el apocalipsis, de modo que no había tiempo para examinar el propio ombligo y tomar notas, como se usa ahora. Además cre-cí en Santiago de Chile, donde cualquier tendencia natural hacia la autocontemplación es cercenada en capullo. El refrán que define el estilo de vida de esa ciudad es: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente». En otras culturas más sofisti-cadas, como la de Buenos Aires o Nueva York, la visita al psicó-logo era una actividad normal; abstenerse se consideraba evi-dencia de incultura o simpleza mental. En Chile, sin embargo, sólo los locos peligrosos lo hacían, y sólo en una camisa de fuerza; pero eso cambió en los años setenta, junto con la llega-da de la revolución sexual. Tal vez exista una conexión... En mi familia nadie recurrió jamás a terapia, a pesar de que varios de nosotros éramos clásicos casos de estudio, porque la idea de confiar asuntos íntimos a un desconocido, a quien además se le pagaba para que escuchara, era absurda; para eso estaban los curas y las tías. Tengo poco entrenamiento para la reflexión, pero en las últimas semanas me he sorprendido pensando en mi pasado con una frecuencia que sólo puede explicarse como signo de senilidad prematura.
Dos sucesos recientes han desencadenado esta epidemia de recuerdos. El primero fue una observación casual de mi nie-to Alejandro, quien me sorprendió escrutando el mapa de mis arrugas frente al espejo y dijo compasivo: «No te preocupes, vieja, vas a vivir por lo menos tres años más». Decidí entonces que había llegado la hora de echar otra mirada a mi vida, para averiguar cómo deseo conducir esos tres años que tan genero-samente me han sido adjudicados. El otro acontecimiento fue una pregunta de un desconocido durante una conferencia de escritores de viajes, que me tocó inaugurar. Debo aclarar que no pertenezco a ese extraño grupo de personas que viaja a lu-gares remotos, sobrevive a la bacteria y luego publica libros para convencer a los incautos de que sigan sus pasos. Viajar es un esfuerzo desproporcionado, y más aún a lugares donde no hay servicio de habitaciones. Mis vacaciones ideales son en una silla bajo un quitasol en mi patio, leyendo libros sobre aventu-reros viajes que jamás haría a menos que fuera escapando de algo. Vengo del llamado Tercer Mundo (¿cuál es el segundo?) y tuve que atrapar un marido para vivir legalmente en el prime-ro; no tengo intención de regresar al subdesarrollo sin una buena razón. Sin embargo, y muy a pesar mío, he deambulado por cinco continentes y además me ha tocado ser autoexiliada e inmigrante. Algo sé de viajes y por eso me pidieron que hablara en aquella conferencia. Al terminar mi breve discurso, se levantó una mano entre el público y un joven me preguntó qué papel jugaba la nostalgia en mis novelas. Por un momento quedé muda. Nostalgia... según el diccionario es «la pena de verse ausente de la patria, la melancolía provocada por el re-cuerdo de una dicha perdida». La pregunta me cortó el aire, porque hasta ese instante no me había dado cuenta de que es-cribo como un ejercicio constante de añoranza. He sido foraste-ra durante casi toda mi vida, condición que acepto porque no me queda alternativa. Varias veces me he visto forzada a par-tir, rompiendo ataduras y dejando todo atrás, para comenzar de nuevo en otra parte; he sido peregrina por más caminos de los que puedo recordar. De tanto despedirme se me secaron las raíces y debí generar otras que, a falta de un lugar geográfico donde afincarse, lo han hecho en la memoria; pero, ¡cuidado!, la memoria es un laberinto donde acechan minotauros.
Si me hubieran preguntado hace poco de dónde soy, habría replicado, sin pensarlo mucho, que de ninguna parte, o lati-noamericana, o tal vez chilena de corazón. Hoy, sin embargo, digo que soy americana, no sólo porque así lo atestigua mi pa-saporte, o porque esa palabra incluye a América de norte a sur, o porque mi marido, mi hijo, mis nietos, la mayoría de mis amigos, mis libros y mi casa están en el norte de California, si-no también porque no hace mucho un atentado terrorista des-truyó las torres gemelas del World Trade Center y desde ese instante algunas cosas han cambiado. No se puede permanecer neutral en una crisis. Esta tragedia me ha confrontado con mi sentido de identidad; me doy cuenta que hoy soy una más de-ntro de la variopinta población norteamericana, tanto como an-tes fui chilena. Ya no me siento alienada en Estados Unidos. Al ver el colapso de las torres tuve la sensación de haber vivido esa pesadilla en forma casi idéntica. Por una escalofriante coin-cidencia –karma histórico– los aviones secuestrados en Estados Unidos se estrellaron contra sus objetivos un martes 11 de sep-tiembre, exactamente el mismo día de la semana y del mes –y casi a la misma hora de la mañana– en que ocurrió el golpe mi-litar de Chile, en 1973. Aquél fue un acto terrorista orquestado por la CIA contra una democracia. Las imágenes de los edificios ardiendo, del humo, las llamas y el pánico, son similares en ambos escenarios. Ese lejano martes de 1973 mi vida se partió, nada volvió a ser como antes, perdí a mi país. El martes fatídi-co de 2001 fue también un momento decisivo, nada volverá a ser como antes y yo gané un país.
Esas dos preguntas, la de mi nieto y la del desconocido en la conferencia, dieron origen a este libro, que no sé todavía hacia dónde va; por el momento divago, como siempre divagan los recuerdos, pero le ruego que me acompañe un poco más.

Escribo estas páginas en un altillo enclavado en un cerro empinado, vigilada por un centenar de robles torcidos, mirando la bahía de San Francisco, pero yo vengo de otra parte. La nos-talgia es mi vicio. Nostalgia es un sentimiento melancólico y un poco cursi, como la ternura; resulta casi imposible atacar el tema sin caer en el sentimentalismo, pero voy a intentarlo. Si resbalo y caigo en la cursilería, tenga usted la certeza de que me pondré de pie unas líneas más adelante. A mi edad –soy tan antigua como la penicilina sintética– una empieza a recor-dar cosas que se habían borrado por medio siglo. No pensé en mi infancia ni en mi adolescencia durante décadas; en realidad tan poco me importaban aquellos períodos del remoto pasado en que al ver los álbumes de fotografías de mi madre no reco-nocía a nadie, excepto una perra bulldog con el nombre impro-bable de Pelvina López-Pun, y la única razón por la cual se me quedó grabada es porque nos parecíamos de manera notable. Existe una fotografía de ambas, cuando yo tenía pocos meses de edad, en la cual mi madre debió indicar con una flecha quién era quién. Seguramente mi mala memoria se debe a que esos tiempos no fueron particularmente dichosos, pero supongo que así le sucede a la mayor parte de los mortales. La infancia feliz es un mito; para comprenderlo basta echar una mirada a los cuentos infantiles, en los cuales el lobo se come a la abuelita, luego viene un leñador y abre al pobre animal de arriba abajo con su cuchillo, extrae a la vieja viva y entera, rellena la barri-ga con piedras y enseguida cose la piel con hilo y aguja, indu-ciendo tal sed en el lobo, que éste sale corriendo a tomar agua al río, donde se ahoga con el peso de las piedras. ¿Por qué no lo eliminó de manera más simple y humana?, pienso yo. Segu-ramente porque nada es simple ni humano en la niñez. En esos tiempos no existía el término «abuso infantil», se suponía que la mejor forma de criar chiquillos era con la correa en una ma-no y la cruz en la otra, tal como se daba por sentado el derecho del hombre a sacudir a su mujer si la sopa llegaba fría a su me-sa. Antes de que los psicólogos y las autoridades intervinieran en el asunto, nadie dudaba de los efectos benéficos de una buena paliza. No me pegaban como a mis hermanos, pero igual vivía con miedo, como todos los demás niños a mi alrededor.
En mi caso la infelicidad natural de la infancia se agravaba por un montón de complejos tan enmarañados, que ya no pue-do ni siquiera enumerarlos, pero por suerte no me dejaron heridas que el tiempo no haya curado. Una vez oí decir a una famosa escritora afroamericana que desde niña se había senti-do extraña en su familia y en su pueblo; agregó que eso expe-rimentan casi todos los escritores, aunque no se muevan nunca de su ciudad natal. Es condición inherente a este trabajo, ase-guró; sin el desasosiego de sentirse diferente no habría necesi-dad de escribir. La escritura, al fin y al cabo, es un intento de comprender las circunstancias propias y aclarar la confusión de la existencia, inquietudes que no atormentan a la gente normal, sólo a los inconformistas crónicos, muchos de los cuales termi-nan convertidos en escritores después de haber fracasado en otros oficios. Esta teoría me quitó un peso de encima: no soy un monstruo, hay otros como yo.
Nunca calcé en parte alguna, ni en la familia, la clase social o la religión que me tocaron en suerte; no pertenecí a las pan-dillas que andaban en bicicleta por la calle; los primos no me incluían en sus juegos; era la chiquilla menos popular del cole-gio y después fui por mucho tiempo la que menos bailaba en las fiestas, más por tímida que por fea, prefiero suponer. Me encerraba en el orgullo, fingiendo que no me importaba, pero habría vendido el alma al diablo por ser del grupo, en caso que Satanás se hubiera presentado con tan atractiva propuesta. La raíz de mi problema siempre ha sido la misma: incapacidad pa-ra aceptar lo que a otros les parece natural y una tendencia irresistible a emitir opiniones que nadie desea oír, lo cual ha espantado a más de algún potencial pretendiente. (No deseo presumir, nunca fueron muchos.) Más tarde, durante mis años de periodista, la curiosidad y el atrevimiento tuvieron algunas ventajas. Por primera vez entonces fui parte de una comuni-dad, tenía patente de corso para hacer preguntas indiscretas y divulgar mis ideas, pero eso terminó bruscamente con el golpe militar de 1973, que desencadenó fuerzas incontrolables. De la noche a la mañana me convertí en extranjera en mi propia tie-rra, hasta que finalmente debí partir, porque no podía vivir y criar a mis hijos en un país donde imperaba el temor y donde no había lugar para disidentes como yo. En ese tiempo la curio-sidad y el atrevimiento estaban prohibidos por decreto. Fuera de Chile aguardé durante años que se reinstaurara la democra-cia para retomar, pero cuando eso sucedió no lo hice, porque estaba casada con un norteamericano, viviendo cerca de San Francisco. No he vuelto a residir en Chile, donde en realidad he pasado menos de la mitad de mi vida, aunque lo visito con fre-cuencia; pero para responder a la pregunta de aquel descono-cido sobre la nostalgia, debo referirme casi exclusivamente a mis años allí. Y para hacerlo debo mencionar a mi familia, por-que patria y tribu se confunden en mi mente.

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