domingo, 3 de enero de 2010

¡¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!!

Continuemos con el libro de Isabel Allende-2ª parte "MI PAÍS INVENTADO" (la primera parte la encontráis en mis etiquetas de NOVELA)




PAÍS DE ESENCIAS LONGITUDINALES

Empecemos por el principio, por Chile, esa tierra remota que pocos pueden ubicar en el mapa porque es lo más lejos que se puede ir sin caerse del planeta. «¿Por qué no vendemos Chile y compramos algo más cerca de París...?», preguntaba uno de nuestros escritores. Nadie pasa casualmente por esos lados, por muy perdido que ande, aunque muchos visitantes deciden quedarse para siempre, enamorados de la tierra y la gente. Es el fin de todos los caminos, una lanza al sur del sur de América, cuatro mil trescientos kilómetros de cerros, valles, lagos y mar. Así la describe Neruda en su ardiente poesía:

Noche, nieve y arena hacen la forma
de mi delgada patria,
todo el silencio está en su larga línea,
toda la espuma sale de su barba marina,
todo el carbón la llena
de misteriosos besos.

Este esbelto territorio es como una isla, separada del resto del continente al norte por el desierto de Atacama, el más seco del mundo, según les gusta decir a sus habitantes, aunque debe ser falso, porque en primavera una parte de ese cascote lunar suele arroparse con un manto de flores, como una prodigiosa pintura de Monet; al este por la cordillera de los Andes, formidable macizo de roca y nieves eternas; al oeste por las abruptas costas del océano Pacífico; abajo por la solitaria An-tártida. Este país de topografía dramática y climas diversos, salpicado de caprichosos obstáculos y sacudido por los suspiros de centenares de volcanes, que existe como un milagro geoló-gico entre las alturas de la cordillera y las profundidades del mar, está unido de punta a rabo por el empecinado sentimiento de nación de sus habitantes.
Los chilenos seguimos conectados a la tierra, como los campesinos que antes fuimos. La mayoría de nosotros sueña con tener un pedazo de tierra, aunque sea para plantar cuatro apolilladas lechugas. El diario más importante, El Mercurio, publica un suplemento semanal de agricultura que informa a la población en general sobre el último bicho insignificante que ha aparecido en las papas, o la producción de leche que se obtiene con determinado forraje. Los lectores, que viven en el asfalto y el cemento, lo leen apasionadamente, aunque jamás hayan visto a una vaca viva.
A grandes rasgos se puede decir que cuatro climas muy distintos existen a lo largo de este mi espigado Chile. El país está dividido en provincias de nombres hermosos, a los cuales los militares, que posiblemente tenían cierta dificultad en me-morizarlos, agregaron un número. Me niego a usarlos, porque no es posible que una nación de poetas tenga el mapa salpicado de números, como un delirio aritmético. Hablemos de las cuatro grandes regiones, empezando por el norte grande, in-hóspito y rudo, vigilado por altas montañas, que ocupa una cuarta parte del territorio y esconde en sus entrañas un tesoro inagotable de minerales.
Fui al norte en la infancia y no lo he olvidado, a pesar de que ha transcurrido medio siglo desde entonces. Más tarde en mi vida me tocó atravesar un par de veces el desierto de Atacama y, aunque siempre la experiencia es extraordinaria, los recuerdos más persistentes son los de esa primera vez. En mi memoria, Antofagasta, que en lengua quechua quiere decir «pueblo del salar grande», no es la ciudad moderna de hoy, sino un puerto anticuado y pobretón, con olor a yodo, salpicado de botes pesqueros, gaviotas y pelícanos. Antofagasta surgió en el siglo XIX como un espejismo en el desierto, gracias a la industria del salitre, que fue uno de los principales productos de exportación del país durante varias décadas. Más tarde, cuando se inventó el nitrato sintético, el puerto no perdió su importancia, porque ahora exporta cobre, pero las compañías salitreras fueron cerrándose una a una y la pampa quedó sembrada de pueblos fantasmas. Aquellas dos palabras, «pueblo fantasma», echaron a volar mi imaginación en aquel primer viaje.
Recuerdo que mi familia y yo subimos, cargados de bultos, a un tren que iba a paso de tortuga por el inclemente desierto de Atacama hacia Bolivia. Sol, piedras calcinadas, kilómetros y kilómetros de espectral soledad, de vez en cuando un cementerio abandonado, unos edificios en ruinas de adobe o de madera. Hacía un calor seco al que ni las moscas sobrevivían. La sed era inextinguible; tomábamos agua por galones, chupábamos na-ranjas y nos defendíamos a duras penas del polvo, que se introducía por cada resquicio. Se nos partían los labios hasta sangrar, nos dolían los oídos, estábamos deshidratados. Por la noche caía un frío duro como cristal, mientras la luna alumbraba el paisaje con un resplandor azul. Muchos años más tarde visité Chuquicamata, la mayor mina de cobre a tajo abierto del mundo, un inmenso anfiteatro donde millares de hombres del color de la tierra, como hormigas, arrancan el mineral de las piedras. El tren ascendió a más de cuatro mil metros de altura y la temperatura descendió hasta el punto que el agua se helaba en los vasos. Pasamos por el salar de Uyuni, un blanco mar donde reina un silencio puro y no vuelan pájaros, y otros salares donde vimos elegantes flamencos. Parecían brochazos de pintura entre los cristales formados, como piedras preciosas, en la sal.
El llamado norte chico, que algunos no consideran propiamente una región, divide el norte seco de la fértil zona central. Aquí está el valle de Elqui, uno de los centros espirituales de la Tierra que, según dicen, es mágico. Las fuerzas misteriosas de Elqui atraen peregrinos que acuden a conectarse con la energía cósmica del universo y muchos se quedan a vivir en comunidades esotéricas. Meditación, religiones orientales, gurús de di-versos pelajes, de todo hay en Elqui; es como un rincón de California. Allí también se hace nuestro pisco, un licor de uva de moscatel, translúcido, virtuoso y sereno como la fuerza angélica que emana de esa tierra. Es la materia prima del pisco sour, nuestra dulce y traicionera bebida nacional, que se toma con confianza, pero al segundo vaso suelta una patada capaz de voltear al más valiente. El nombre de este licor se lo usurpamos sin contemplaciones a la ciudad de Pisco, en Perú. Si cualquier vino con burbujas suele llamarse champaña, aunque el auténtico sólo sea de Champagne, en Francia, supongo que también nuestro pisco puede apropiarse de un nombre ajeno. En el norte chico se construyó La Silla, uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo, porque el aire es tan límpido, que ninguna estrella ni muerta ni por nacer escapa al ojo del gigantesco telescopio. A propósito de esto, me contó alguien que ha trabajado allí por tres décadas que los más célebres astrónomos del mundo esperan durante años su turno para escudriñar el universo. Le comenté que debía ser estupendo trabajar con científicos que tienen los ojos siempre puestos en el infinito y viven despegados de las miserias terrenales; pero me informó que es todo lo contrario: los astrónomos son tan mezquinos como los poetas. Dice que pelean por la mermelada del desayuno. La condición humana es sorprendente.
El valle central es la zona más próspera del país, tierra de uva y manzanas, donde se aglomeran las industrias y un tercio de la población, que vive en la capital. Santiago fue fundado en este lugar por Pedro de Valdivia en 1541, porque después de caminar durante meses por las sequedades del norte, le pareció que había alcanzado el jardín del Edén. En Chile todo está cen-tralizado en la capital, a pesar de los esfuerzos de diversos go-biernos, que durante medio siglo han tratado de dar poder a las provincias. Parece que lo que no sucede en Santiago no tenga importancia, aunque la vida en el resto del país es mil veces más agradable y tranquila.
La zona sur empieza en Puerto Montt, a cuarenta grados de latitud sur, una región encantada de bosques, lagos, ríos y volcanes. Lluvia y más lluvia alimenta la enmarañada vegetación de la selva fría, donde crecen nuestros árboles nativos, de mil años de antigüedad y hoy amenazados por la industria maderera. Hacia el sur el viajero recorre pampas azotadas por vientos inclementes; luego el país se desgrana en un rosario de islas despobladas y brumas lechosas, un laberinto de fiordos, islotes, canales, agua por todas partes. La última ciudad continental es Punta Arenas, mordida por todos los vientos, áspera y orgullosa, de cara a los páramos y los ventisqueros.

Chile posee un trozo del ignoto continente antártico, un mundo de hielo y soledad, de infinita blancura, donde nacen las fábulas y perecen los hombres; en el polo sur hemos plantado nuestra bandera. Por mucho tiempo nadie le atribuyó valor a la Antártida, pero ahora sabemos cuántas riquezas minerales es-conde, además de ser un paraíso de fauna marina, así es que no hay país que no le haya puesto el ojo encima. Un crucero permite visitarla con relativa comodidad en verano, pero cuesta caro y por el momento sólo hacen el viaje los turistas ricos y los ecólogos pobres, pero determinados.
En 1888 nos adjudicamos la misteriosa Isla de Pascua, «el ombligo del mundo», o Rapanui, como se llama en el idioma pascuence. Está perdida en la inmensidad del océano Pacífico, a dos mil quinientas millas de distancia del Chile continental, más o menos a seis horas en avión desde Valparaíso o Tahití. No estoy segura de por qué nos pertenece. En esos tiempos bastaba que un capitán de barco plantara una bandera para apoderarse legalmente de una tajada del planeta, aunque sus habitantes, en este caso de apacible raza polinésica, no estuvieran de acuerdo. Así lo hacían las naciones europeas; Chile no podía quedarse atrás.
Para los pascuences el contacto con Sudamérica fue fatal. A mediados del siglo XIX la mayor parte de la población masculina fue llevada al Perú a trabajar como esclavos en las guaneras, mientras Chile se encogía de hombros ante la suerte de aquellos olvidados ciudadanos. Fue tal el maltrato que recibió esa pobre gente, que en Europa se levantó una protesta internacional y, después de una larga lucha diplomática, los últimos quince sobrevivientes fueron devueltos a sus familias. Iban infectados de viruela y en poco tiempo la enfermedad exterminó al ochenta por ciento de los pascuences que quedaban en la isla.
El destino de los demás no fue mucho mejor. Las ovejas se comieron la vegetación, convirtiendo el terreno en un pelado cascote de lava, y la desidia de las autoridades en este caso, la marina chilen asumió a los habitantes en la miseria. En las últimas dos décadas el turismo y el interés del mundo científico han rescatado a Rapanui.
Diseminados por la isla, hay monumentales estatuas de piedra volcánica, algunas de más de veinte toneladas de peso. Estos moais han intrigado a los expertos por siglos. Tallarlos en las laderas de los volcanes y luego arrastrarlos por un terreno irregular, erguirlos en una plataforma a menudo inaccesible y colocarles encima un sombrero de piedra roja, fue tarea de titanes. ¿Cómo lo hicieron? No hay rastros de una civilización avanzada que expliquen semejante proeza.
Dos razas diferentes poblaron la isla y, según la leyenda, una de ellas, los arikis, poseía poderes mentales superiores, mediante los cuales hacía levitar a los moais y los trasladaba flotando sin esfuerzo físico hasta sus empinados altares. Es una lástima que esa técnica se haya perdido. En 1940, el antropólo-go noruego Thor Heyerdahl fabricó una balsa, llamada Kon Tiki, con la que navegó desde Sudamérica hasta Isla de Pascua, para probar que existió contacto entre los incas y los pascuences.

Fui a Isla de Pascua en el verano de 1974, cuando sólo había un vuelo semanal y el turismo casi no existía. Enamorada del lugar, me quedé tres semanas más de lo planeado y así coincidí con el estreno de la televisión y una visita del general Pinochet, quien encabezaba la junta militar que había reemplazado a la democracia unos meses antes. La televisión fue recibida con más entusiasmo que el flamante dictador. La estadía del general fue de lo más pintoresca, pero no es ésta la oportunidad de entrar en detalles. Baste decir que una nube traviesa se colocaba estratégicamente encima de su cabeza cada vez que quiso hablar en público, empapándolo como un estropajo. Llevaba el propósito de entregar títulos de propiedad a los pascuences, pero nadie se interesó demasiado por recibirlos, ya que desde tiempos muy antiguos cada uno sabía qué pertenecía a quién y temían, con razón, que ese papelito del gobierno sólo sirviera para complicarles la existencia.
Chile también posee la isla de Juan Fernández, donde en 1704 fue abandonado el marinero escocés Alexander Selkirk, quien inspiró la novela de Daniel Defoe Robinson Crusoe. Sel-kirk vivió en la isla más de cuatro años, sin un loro amaestrado y sin la compañía de un nativo llamado Viernes, como en el libro, hasta que lo rescató otro capitán y lo llevó de vuelta a Inglaterra, donde su destino no fue mucho mejor que digamos. El turista empecinado, después de un agitado vuelo en avioneta o una interminable travesía en bote, puede visitar la cueva donde el escocés sobrevivió comiendo hierbas y pescado.

La lejanía nos da a los chilenos una mentalidad insular y la portentosa belleza de la tierra nos hace engreídos. Nos creemos el centro del mundo consideramos que Greenwich debiera estar en Santiago y damos la espalda a América Latina, siempre comparándonos con Europa. Somos autorreferentes, el resto del universo sólo existe para consumir nuestros vinos y producir equipos de fútbol a los cuales podamos ganar.
Al visitante le aconsejo no poner en duda las maravillas que oiga sobre el país, su vino y sus mujeres, porque al extranjero no se le permite criticar, para eso hay más de quince millones de nativos que lo hacen todo el tiempo. Si Marco Polo hubiera desembarcado en nuestras costas después de treinta años de aventuras por Asia, lo primero que le habrían dicho es que nuestras empanadas son mucho más sabrosas que toda la co-cina del Celeste Imperio. (¡Ah! Ésta es otra característica nuestra: opinamos sin fundamento, pero en un tono de tal certeza, que nadie lo pone en duda.) Confieso que también padezco de ese escalofriante chovinismo. La primera vez que visité San Francisco y tuve ante mis ojos los suaves cerros dorados, la majestad de los bosques y el espejo verde de la bahía, mi único comentario fue que se parecía a la costa chilena. Después com-probé que la fruta más dulce, los vinos más delicados y el pescado más fino son importados de Chile, naturalmente.
Para ver a mi país con el corazón hay que leer a Pablo Neruda, el poeta nacional que inmortalizó en sus versos los soberbios paisajes, los aromas y amaneceres, la lluvia tenaz y la pobreza digna, el estoicismo y la hospitalidad. Ése es el país de mis nostalgias, el que invoco en mis soledades, el que aparece como telón de fondo en tantas de mis historias, el que se me aparece en sueños. Hay otras caras de Chile, por supuesto: una materialista y arrogante, cara de tigre, que vive contándose las rayas y peinándose los bigotes; otra deprimida, cruzada por las brutales cicatrices del pasado; una que se le presenta sonriente a turistas y banqueros; aquella que espera resignada el próximo cataclismo geológico o político. Chile da para todo.

DULCE DE LECHE, ORGANILLOS Y GITANAS

Mi familia es de Santiago, pero eso no explica todos mis traumas, hay lugares peores bajo el sol. Allí me crié, pero ahora apenas lo reconozco y me pierdo en las calles. La capital fue fundada por soldados a golpes de espada y pala, con el trazado clásico de las ciudades españolas de antaño: una plaza de armas al centro, de donde salían calles paralelas y perpendiculares. De eso queda apenas el recuerdo. Santiago se ha desparramado como un pulpo demente, extendiendo sus tentáculos ansiosos en todas direcciones; hoy alberga cinco millones y medio de personas que sobreviven como mejor pueden. Sería una ciudad bonita, porque es limpia y no le faltan parques, si no tuviera encima un sombrero pardo de polución, que en invierno mata infantes en las cunas, ancianos en los asilos y pá-jaros en el aire. Los santiaguinos se han acostumbrado a seguir el índice diario del smog tal como llevan la cuenta de la bolsa de valores y el resultado del fútbol. En los días en que el índice se encumbra demasiado, la circulación de vehículos se restringe según el número de la licencia, los niños no hacen deportes en la escuela y el resto de los ciudadanos procura respirar lo me-nos posible. La primera lluvia del año lava la mugre de la atmósfera y cae como ácido sobre la ciudad; si usted anda sin paraguas sentirá como si le echaran jugo de limón
en los ojos; pero no se preocupe, nadie se ha quedado ciego por eso todavía. No todos los días son así, a veces amanece despejado y se puede apreciar el espectáculo magnífico de las montañas nevadas.

Hay ciudades, como Caracas o el D.F. en México, donde pobres y ricos se mezclan, pero en Santiago los límites son claros. La distancia entre las mansiones de los ricos en los faldeos cordilleranos, con guardias en la puerta y cuatro garajes, y las casuchas de las poblaciones proletarias, donde viven quince personas hacinadas en dos habitaciones sin baño, es astronó-mica. Siempre que voy a Santiago me llama la atención que una parte de la ciudad sea en blanco y negro y la otra en tecni-color. En el centro y en las poblaciones de obreros todo parece gris, los pocos árboles que existen están exhaustos, los muros deslavados, la gente cansada; hasta los perros que vagan entre los tarros de basura son unos quiltros pulguientos de color indefinido. En los sectores de la clase media hay árboles frondosos y las casas son modestas, pero bien tenidas. En los barrios de los ricos sólo se aprecia la vegetación: las mansiones se ocultan tras infranqueables paredes, nadie anda por las calles y los perros son mastines que sólo sueltan de noche para cuidar las propiedades.
Largo, seco y caliente es el verano en la capital. Un polvillo amarillento cubre la ciudad en esos meses; el sol derrite el asfalto y afecta al humor de los santiaguinos, por eso quien puede procura escapar. Cuando yo era niña, mi familia partía por dos meses a la playa, un verdadero safari en el automóvil de mi abuelo, cargado con una tonelada de bultos sobre la parrilla y tres chiquillos completamente mareados dentro. Entonces los caminos eran pésimos y debíamos culebrear cerro arriba y ce-rro abajo con un esfuerzo descomunal para el vehículo. Siempre había que cambiar por lo menos uno o dos neumáticos, faena que requería descargar todos los bultos. Mi abuelo llevaba sobre las rodillas un pistolón de aquellos que se usaban antaño para los duelos, porque creía que en la cuesta de Curacaví, llamada apropiadamente de La Sepultura, solían apostarse unos bandidos.




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