viernes, 29 de enero de 2010

¡¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!!



MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE

Continuemos con el libro de Isabel Allende-4ª parte-"MI PAIS INVENTADO" (la primera, segunda y tercera parte la encontrais en mis etiquetas de novela)
Sus parientes no daban que hablar, excepto el tío Jorge, buen mozo y elegante como un príncipe, con un futuro brillante a sus pies, codiciado por varias de las señoritas en edad de casarse, quien tuvo la debilidad de enamorarse de una mujer «de medio pelo», como llaman en Chile a la esforzada clase media baja. En otro país tal vez habrían podido amarse sin tragedia, pero en el ambiente en que les tocó vivir estaban condenados al ostracismo. Ella adoró al tío Jorge durante cincuenta años, pero usaba una estola de zorros apolillados, se pintaba el cabello color zanahoria, fumaba con desenfado y tomaba cerveza directo de la botella, razones sobradas para que mi bisabuela Ester le declarara la guerra y prohibiera a su hijo mencionarla en su presencia. Él obedeció calladamente, pero al día siguiente de la muerte de su madre, se casó con su amada, quien para entonces era una mujer madura y enferma de los pulmones, aunque siempre encantadora. Se amaron en la miseria sin que na-da pudiera separarlos: dos días después de que él se despachara de un ataque al corazón, a ella la encontraron muerta en la cama, envuelta en la vieja bata de su marido.

Debo decir unas palabras sobre la bisabuela Ester, porque creo que su poderosa influencia es la explicación de algunos aspectos del carácter de su descendencia y, de alguna manera, representa a la matriarca intransigente, tan común entonces y ahora. La figura materna tiene proporciones mitológicas en nuestro país, así es que no me extraña la actitud sumisa del tío Jorge. La madre judía y la mamma italiana son diletantes comparadas con las chilenas. Acabo de descubrir por casualidad que el marido de doña Ester tenía mala cabeza para los negocios y perdió las tierras y la fortuna que había heredado; parece que los acreedores eran sus propios hermanos. Al verse arruinado, se fue a la casa del campo y se destrozó el pecho de un escopetazo. Digo que acabo de saber este hecho, porque la familia lo ocultó por cien años y todavía se menciona sólo en susurros; el suicidio era considerado un pecado particularmente deleznable, porque el cuerpo no podía enterrarse en la tierra consagrada de un cementerio católico. Para evitar la vergüenza, sus parientes vistieron el cadáver con chaqueta de levita y sombrero de copa, lo sentaron en un coche con caballos y se lo llevaron a Santiago, donde pudieron darle cristiana sepultura gracias a que todo el mundo, incluso el cura, hizo la vista gorda.
Este hecho dividió a la familia entre los descendientes directos, que aseguran que lo del suicidio es calumnia, y los descendientes de los hermanos del muerto, quienes finalmente se quedaron con sus bienes. En cualquier caso, la viuda se sumió en la depresión y la pobreza. Había sido una mujer alegre y bo-nita, virtuosa del piano, pero a la muerte de su marido se vistió de luto riguroso, le puso llave al piano y desde ese día en adelante sólo salía de su casa para asistir a misa diaria. Con el tiempo la artritis y la gordura la convirtieron en una monstruosa estatua atrapada entre cuatro paredes. Una vez por semana el párroco le llevaba la comunión a la casa. Esa viuda sombría inculcó a sus hijos la idea de que el mundo es un valle de lágrimas y aquí estamos sólo para sufrir. Presa en su sillón de inválida, juzgaba las vidas ajenas; nada escapaba a sus ojitos de halcón y su lengua de profeta. Para la filmación de la película de La casa de los espíritus debieron trasladar, desde Inglaterra hasta el estudio en Copenhague, a una actriz del tamaño de una ballena para ese papel, después de quitar varios asientos del avión para contener su inverosímil corpulencia. Aparece apenas un instante en la pantalla, pero produce una impresión memorable.

Al contrario de doña Ester y su descendencia, gente solemne y seria, mis tíos maternos eran alegres, exuberantes, derrochadores, enamoradizos, buenos para apostar a los caballos, tocar música y bailar la polca. (Esto de bailar es poco usual en-tre los chilenos, que en general carecen de sentido del ritmo. Uno de los grandes descubrimientos que hice en Venezuela, donde fui a vivir en 1975, es el poder terapéutico del baile. Apenas se juntan tres venezolanos, uno tamborea o toca la gui-tarra y los otros dos bailan; no hay pena que resista ese tratamiento. Nuestras fiestas, en cambio, se parecen a los funerales: los hombres se arrinconan para hablar de negocios y las mujeres se aburren. Sólo bailan los jóvenes, seducidos por la música norteamericana, pero apenas se casan se ponen solemnes, como sus padres.) La mayor parte de las anécdotas y per-sonajes de mis libros se basan en la original familia Barros. Las mujeres eran delicadas, espirituales y divertidas. Los varones eran altos, guapos y siempre dispuestos para una pelea a puñetes; también eran «chineros», como llamaban a los aficionados a los burdeles, y más de uno acabó con alguna enfermedad misteriosa. Imagino que la cultura del prostíbulo es importante en Chile, porque aparece una y otra vez en la literatura, como si nuestros autores vivieran obsesionados con ello. A pesar de que no me considero una experta en el tema, no me libré de crear a una prostituta con corazón de oro, Tránsito Soto, en mi primera novela.
Tengo una centenaria tía abuela que aspira a la santidad y cuyo único deseo es entrar al convento, pero ninguna congregación, ni siquiera las Hermanitas de la Caridad, la tolera más de un par semanas, así es que la familia ha tenido que hacerse cargo de ella. Créame, no hay nada tan insoportable como un santo, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. En los almuerzos dominicales en casa de mi abuelo, mis tíos hacían planes para asesinarla, pero siempre lograba escapar ilesa y aún está viva. En su juventud esta dama usaba un hábito de su invención, cantaba a todas horas himnos religiosos con voz angélica y al menor descuido se escapaba para ir a la calle Maipú a catequi-zar a gritos a las niñas de vida alegre, que la recibían con una lluvia de verduras podridas. En la misma calle el tío Jaime, primo de mi madre, se ganaba el dinero para sus estudios de medicina aporreando un acordeón en las «casas de mala vida». Amanecía cantando a todo pulmón una canción llamada «Yo quiero una mujer desnuda», lo cual causaba tal escándalo que salían las beatas a protestar.
En esos tiempos la lista negra de la Iglesia católica incluía libros como El conde de Montecristo; imagine el espanto que puede haber causado el deseo por una mujer desnuda vociferado por mi tío. Jaime llegó a ser el pediatra más célebre y queri-do del país, el político más pintoresco capaz de recitar sus discursos en verso rimado en el Senado y sin duda el más radical de mis parientes, comunista a la izquierda de Mao, cuando Mao todavía estaba en pañales. Hoy es un anciano hermoso y lúci-do, que usa calcetines color rojo encendido como símbolo de sus ideas políticas. Otro de mis parientes se quitaba los pantalones en la calle para dárselos a los pobres y su fotografía en calzoncillos, pero con sombrero, chaqueta y corbata, solía aparecer en los periódicos. Tenía tan alta idea de sí mismo, que en su testamento dejó instrucciones para ser enterrado de pie, así podría mirar a Dios directo a los ojos cuando tocara la puerta del cielo.

Nací en Lima, donde mi padre era uno de los secretarios de la embajada. La razón por la cual me crié en casa de mi abuelo en Santiago es que el matrimonio de mis padres fue un desastre desde el principio. Un día, cuando yo tenía alrededor de cuatro años, mi padre salió a comprar cigarrillos y no regresó más. La verdad es que no fue a comprar cigarrillos, como siempre se dijo, sino que partió de parranda disfrazado de india peruana, con polleras multicolores y una peluca de trenzas lar-gas. Dejó a mi madre en Lima, con un montón de cuentas impagas y tres niños, el menor recién nacido. Supongo que ese primer abandono hizo alguna muesca en mi psique, porque en mis libros hay tantas criaturas abandonadas, que podría fundar un orfelinato; los padres de mis personajes están muertos, desaparecidos o son tan autoritarios y distantes, que es como si existieran en otro planeta. Al encontrarse sin marido y a la deriva en un país extranjero, mi madre debió vencer el monumental orgullo en que había sido criada y regresar al hogar de mi abuelo. Mis primeros años en Lima están borrados por la niebla del olvido; todos los recuerdos de mi infancia están ligados a Chile.
Crecí en una familia patriarcal en la cual mi abuelo era como Dios: infalible, omnipresente y todopoderoso. Su casa en el barrio de Providencia no era ni sombra de la mansión de mis bisabuelos en la calle Cueto, pero durante mis primeros años fue mi universo. No hace mucho fue a Santiago un periodista japonés con la intención de fotografiar la supuesta «gran casa de la esquina» que aparece en mi primera novela. Fue inútil explicarle que era ficción. Al cabo de tan largo viaje, el pobre hombre se llevó un tremendo chasco, porque Santiago ha sido demolido y vuelto a construir varias veces desde entonces. Nada dura en esta ciudad. La casa que construyó mi abuelo ahora es una discoteca de mala muerte, un deprimente engendro de plástico negro y luces psicodélicas. La residencia de la calle Cueto, que fuera de mis bisabuelos, desapareció hace muchos años y en su sitio se alzan unas torres modernas para inquilinos de bajos ingresos, irreconocibles entre tantas docenas de edificios similares.

Permítame un comentario sobre aquella demolición, como capricho sentimental. Un día las máquinas del progreso llegaron con la misión de pulverizar la casona de mis antepasados y du-rante semanas los implacables dinosaurios de hierro aplanaron el suelo con sus patas dentadas. Cuando por fin se asentó la polvareda de beduinos, los pasantes pudieron comprobar asombrados que en ese descampado todavía se erguían intactas varias palmeras. Solitarias, desnudas, con sus melenas mustias y un aire de humildes cenicientas, esperaban su fin; pero, en vez del temido verdugo, aparecieron unos trabajado-res sudorosos y, como diligentes hormigas, cavaron trincheras alrededor de cada árbol, hasta desprenderlo del suelo. Los esbeltos árboles aferraban puñados de tierra seca con sus delgadas raíces. Las grúas se llevaron las palmeras heridas hasta unos hoyos, que los jardineros habían preparado en otro lugar, y allí las plantaron. Los troncos gimieron sordamente, las hojas se cayeron en hilachas amarillas y por un tiempo parecía que nada podría salvarlas de tanta agonía, pero son criaturas tenaces. Una lenta rebelión subterránea fue extendiendo la vida, los tentáculos vegetales se abrieron paso, mezclando los restos de tierra de la calle Cueto con el nuevo suelo. En una primavera inevitable amanecieron las palmeras agitando sus pelucas y contorneando la cintura, vivas y renovadas, a pesar de todo. La imagen de esos árboles de la casa de mis antepasados me viene con frecuencia a la mente cuando pienso en mi destino de desterrada. Mi suerte es andar de un sitio para otro y adaptar-me a nuevos suelos. Creo que lo logro porque tengo puñados de mi tierra en las raíces y siempre los llevo conmigo. En todo caso, el periodista japonés que fue al fin del mundo a fotografiar una mansión de novela regresó a su patria con las manos vacías.

La casa de mi abuelo era igual a las de mis tíos y a la de cualquier otra familia de un medio similar. Los chilenos no se caracterizan por la originalidad: por dentro sus casas son todas más o menos iguales. Me dicen que ahora los ricos contratan decoradores y compran hasta las llaves de los baños en el extranjero, pero en aquellos tiempos nadie había oído hablar de decoración interior. En el salón, barrido por inexplicables corrientes de aire, había cortinajes de felpa color sangre de toro, lámparas de lágrimas, un desafinado piano de cola y un gran reloj de bulto, negro como un ataúd, que marcaba las horas con campanazos fúnebres. También había dos horrendas figu-ras de porcelana francesa de unas damiselas con pelucas empolvadas y unos caballeros de tacones altos. Mis tíos las usaban para afinar los reflejos: se las lanzaban por la cabeza unos a otros, con la vana esperanza de que cayeran al suelo y se hicieran pedazos. La casa estaba habitada por humanos excéntricos, mascotas medio salvajes y algunos fantasmas amigos de mi abuela, quienes la habían seguido desde la mansión de la calle Cueto y que, incluso después de su muerte, siguieron rondándonos.
Mi abuelo Agustín era un hombre sólido y fuerte como un guerrero, a pesar de que nació con una pierna más corta que la otra. Nunca se le pasó por la mente consultar a un médico por ese asunto, prefería a un «componedor». Se trataba de un ciego que arreglaba las patas de los caballos accidentados en el Club Hípico y sabía más de huesos que cualquier traumatólogo. Con el tiempo la cojera de mi abuelo empeoró, le dio artritis y se le deformó la columna vertebral, de modo que cada movimiento era un suplicio, pero nunca lo oí quejarse de sus dolores o sus problemas, aunque como cualquier chileno que se respete, se quejaba de todo lo demás. Aguantaba el tormento de su pobre esqueleto con puñados de aspirinas y largos tragos de agua. Después supe que no era agua inocente, sino ginebra, que bebía como un pirata, sin que le afectara la conducta o la salud. Vivió casi un siglo sin perder ni un solo tornillo de su cerebro. El dolor no lo disculpaba de sus deberes de caballerosidad y hasta el fin de sus días, cuando era sólo un atado de huesos y pellejo, se levantaba trabajosamente de su silla para saludar y despedir a las señoras.
Sobre mi mesa de trabajo tengo su fotografía. Parece un campesino vasco. Está de perfil, con una boina negra en la cabeza, que acentúa su nariz de águila y la expresión firme de su rostro marcado de caminos. Envejeció armado por la inteligencia y reforzado por la experiencia. Murió con una mata de pelo blanco y su mirada azul tan perspicaz como en la juventud. ¡Qué difícil es morirse!, me dijo un día, cuando ya estaba muy cansado del dolor de huesos. Hablaba en proverbios, sabía cientos de cuentos populares y recitaba de memoria largos poemas. Este hombre formidable me dio el don de la disciplina y el amor por el lenguaje, sin los cuales hoy no podría dedicarme a la escritura. También me enseñó a observar la naturaleza y amar el paisaje de Chile. Decía que, tal como los romanos viven entre estatuas y fuentes sin percatarse de ellas, los chilenos vivimos en el país más deslumbrante del planeta sin apre-ciarlo. No percibimos la quieta presencia de las montañas nevadas, los volcanes dormidos y los cerros inacabables que nos cobijan en monumental abrazo; no nos sorprende la espumante furia del Pacífico estrellándose en las costas, ni los quietos lagos del sur y sus sonoras cascadas; no veneramos como peregrinos la milenaria naturaleza de nuestro bosque nativo, los paisajes lunares del norte, los fecundos ríos araucanos, o los glaciares azules donde el tiempo se ha trizado.
Estamos hablando de los años cuarenta y cincuenta... ¡cuánto he vivido, Dios mío! Envejecer es un proceso paulatino y solapado. A veces se me olvida el paso del tiempo, porque por dentro aún no he cumplido los treinta; pero inevitablemen-te mis nietos me confrontan con la dura verdad cuando me preguntan si en «mi época» había electricidad. Estos mismos nietos sostienen que hay un pueblo dentro de mi cabeza donde los personajes de mis libros viven sus historias. Cuando les cuento anécdotas de Chile creen que me refiero a ese pueblo inventado.

UN PASTEL DE MILHOJAS

¿Quiénes somos los chilenos? Me resulta difícil definirnos por escrito, pero de una sola mirada puedo distinguir a un compatriota a cincuenta metros de distancia. Además me los encuentro en todas partes. En un templo sagrado de Nepal, en la selva del Amazonas, en un carnaval de Nueva Orleans, sobre los hielos radiantes de Islandia, donde usted quiera, allí hay algún chileno con su inconfundible manera de caminar y su acento cantadito. Aunque a lo largo de nuestro delgado país estamos separados por miles de kilómetros, somos tenazmente parecidos; compartimos el mismo idioma y costumbres similares. Las únicas excepciones son la clase alta, que desciende sin muchas distracciones de europeos, y los indígenas, aymaras y algunos quechuas en el norte, y mapuches en el sur, que luchan por mantener sus identidades en un mundo donde hay cada vez menos espacio para ellos.
Crecí con el cuento de que en Chile no hay problemas raciales. No me explico cómo nos atrevemos a repetir semejante falsedad. No hablamos de racismo, sino de «sistema de clases» (nos gustan los eufemismos), pero son prácticamente la misma cosa. No sólo hay racismo y/o clasismo, sino que están enraizados como muelas. Quien sostenga que es cosa del pasado se equivoca de medio a medio, como acabo de comprobar en mi última visita, cuando me enteré que uno de los alumnos más brillantes de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile fue rechazado en un destacado bufete de abogados, porque «no calzaba con el perfil corporativo». En otra palabras, era mestizo y tenía un apellido mapuche. A los clientes de la firma no les daría confianza ser representados por él; tampoco aceptarían que saliera con alguna de sus hijas. Tal como ocurre en el resto de América Latina, nuestra clase alta es relativamente blanca y mientras más se desciende en la empinada escala social, más acentuados son los rasgos indígenas. Sin embargo, a falta de otras referencias, la mayoría de los chilenos nos consideramos blancos; fue una sorpresa para mí descubrir que en Estados Unidos soy «persona de color». (En una ocasión, en la cual debí llenar un formulario de inmigración, me abrí la blusa para mostrarle mi color a un funcionario afroamericano, quien pretendía colocarme en la última categoría racial de su lista: «Otra». Al hombre no le pareció divertido.)
Aunque no quedan muchos indios puros –más o menos un diez por ciento de la población– su sangre corre por las venas de nuestro pueblo mestizo. Los mapuches son por lo general de baja estatura, piernas cortas, tronco largo, piel morena, pelo y ojos oscuros, pómulos marcados. Sienten una desconfianza atávica –y justificada– contra los no indios, a quienes llaman «huincas», que no significa «blancos», sino «ladrones de tierra». Estos indios, divididos en varias tribus, contribuyeron fuertemente a forjar el carácter nacional, aunque antes nadie que se respetara admitía ni la menor asociación con ellos; tení-an fama de borrachos, perezosos y ladrones. No es ésa la opinión de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, notable soldado y escritor español, quien estuvo en Chile a mediados del siglo XVI y escribió La Araucana, un largo poema épico sobre la conquista española y la feroz resistencia de los indígenas. En el prólogo se dirige al rey, su señor, diciendo de los araucanos que: «... con puro valor y porfiada determinación hayan redimido y sustentado su libertad, derramando en sacrificio de ella tanta sangre, así suya como de españoles, que con verdad se puede decir, haber pocos lugares que no estén de ella teñidos, y poblados de huesos ... Y es tanta la falta de gente, por la mucha que ha muerto en esta demanda, que para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones vienen también las mujeres a la guerra, y peleando algunas veces como varones, se entregan con grande ánimo a la muerte».
En los últimos años algunas tribus mapuches se han suble-vado y el país no puede ignorarlos por más tiempo.

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