sábado, 31 de julio de 2010

¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!



(Continuemos con el libro de Isabel Allende-6ª parte-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
De esas uniones desiguales nacían hijas humilladas que a su vez serían violadas, e hijos que temían y admiraban al padre soldado, irascible, veleidoso, poseedor de todos los derechos, incluso el de la vida y la muerte. Al crecer se identificaban con él, jamás con la raza vencida de la madre.
Algunos conquistadores llegaron a tener treinta concubinas, sin contar las mujeres que violaban y abandonaban en pocos minutos. La Inquisición se encarnizaba contra los mapuches por sus costumbres polígamas, pero hacía la vista gorda ante los serrallos de indias cautivas que acompañaban a los españoles, porque la multiplicación de mestizos significaba súbditos para la corona española y almas para la religión cristiana. De aquellos abrazos violentos proviene nuestro pueblo y hasta el día de hoy los hombres actúan como si estuvieran sobre su caballo mirando al mundo desde arriba, mandando, conquistando. Como teoría no está mal, ¿verdad?
Las chilenas son cómplices del machismo: educan a sus hijas para servir y a sus hijos para ser servidos. Mientras por una parte luchan por sus derechos y trabajan sin descanso, por otra atienden al marido y a los hijos varones, secundadas por sus hijas, a quienes les inculcan desde pequeñas sus obligaciones. Las chicas modernas se rebelan, por supuesto, pero apenas se enamoran repiten el esquema aprendido, confundiendo amor con servicio. Me entristece ver a esas muchachas espléndidas sirviendo a los novios como si éstos fueran inválidos. No sólo les ponen la comida en el plato, también se ofrecen para cortarles la carne. Me dan lástima porque yo era igual. Hace poco hubo un personaje cómico de la televisión que tuvo un gran éxito: un hombre vestido de mujer que imitaba a la esposa modelo. La pobre Elvira –así se llamaba– planchaba camisas, cocinaba platos complicadísimos, hacía las tareas de los niños, enceraba el piso a mano y, además, volaba a arreglarse antes de que llegara su hombre, para que no la hallara fea. No descansaba jamás y era culpable de todo. Incluso corría una maratón por la calle persiguiendo el autobús donde iba el marido, para entregarle el maletín que él había dejado atrás. El programa hacía reír a gritos a los hombres, pero las mujeres se molestaban tanto, que al final lo suprimieron: no les gustaba verse retratadas con tal fidelidad por la inefable Elvira.
Mi marido americano, que corre con la mitad de las labores domésticas en nuestra casa, se escandaliza con el machismo chileno. Cuando un hombre lava el plato que ha usado para comer, considera que «está ayudando» a su mujer o su madre, y espera ser celebrado por ello. Entre nuestras amistades chilenas siempre hay una mujer que lleva el desayuno en bandeja a la cama a los muchachos adolescentes, les lava la ropa y les tiende la cama. Si no hay una «nana», lo hace la madre o la hermana, cosa que jamás ocurriría en Estados Unidos. A Willie también le espanta la institución de la empleada doméstica. Prefiero no contarle que en décadas anteriores los deberes de estas mujeres solían ser bastante íntimos, aunque de eso jamás se hablaba: las madres hacían la vista ciega, mientras los padres se ufanaban de las proezas del joven en la pieza de servicio. Es «hijo de tigre», decían, recordando sus propias experiencias. La idea general era que, al desahogarse con la criada, el muchacho no se propasaba con alguna niña de su medio social y, en todo caso, estaba más seguro con ella que con una prostituta. En los campos existía una versión criolla del «derecho de pernada», que en tiempos feudales permitía al señor violar a las novias antes de su primera noche de casadas. Entre nosotros la cosa no era tan organizada: el patrón se acostaba con quien y cuando le daba la gana. Así sembraron sus tierras de bastardos; existen regiones donde prácticamente todo el mundo lleva el mismo apellido. (Uno de mis antepasados rezaba de rodillas después de cada violación: «Señor, no fornico por gusto o por vicio, sino por dar hijos a tu servicio...».) Hoy las «nanas» se han emancipado tanto, que las patronas prefieren contratar inmigrantes ilegales del Perú, a quienes todavía pueden maltratar como antes hacían con las chilenas.
En materia de educación y salud, las mujeres están a la par o por encima de los hombres, pero no así en lo que se refiere a oportunidades y poder político. Lo normal en el campo laboral es que ellas hagan el trabajo pesado y ellos manden. Pocas ocupan los puestos más altos del Gobierno, la industria, la empresa privada o la pública: topan con una lápida que les impide alcanzar la cima. Cuando alguna alcanza un nivel alto, digamos ministra en el Gobierno o gerente de un banco, es motivo de asombro y admiración. En los últimos diez años, sin embargo, la opinión pública tiene una percepción positiva de las mujeres como líderes políticos, las ve como una alternativa viable, porque han demostrado ser más honestas, eficientes y trabajadores que los hombres. ¡Vaya descubrimiento!
Cuando ellas se organizan logran ejercer gran influencia, pero parecen no tener conciencia de su propia fuerza. Se dio el caso, durante el gobierno de Salvador Allende, que las mujeres de la derecha salieron a golpear cacerolas protestando por el desabastecimiento y a lanzar plumas de gallina en la Escuela Militar, llamando a los soldados a la subversión. Así contribuyeron a provocar el golpe militar. Años después, otras mujeres fueron las primeras en salir a la calle para denunciar la represión de los militares, enfrentando chorros de agua, palos y balas. Formaron un grupo poderoso llamado Mujeres por la Vida, que desempeñó un papel fundamental en el derrocamiento de la dictadura, pero después de la elección decidieron disolver el movimiento. Una vez más cedieron su poder a los varones.
Debo aclarar que las chilenas, tan poco agresivas para pe-lear por el poder político, son verdaderas guerreras en lo que se refiere al amor. Enamoradas son muy peligrosas. Y, hay que decirlo, se enamoran muchísimo. Según las estadísticas, el cincuenta y ocho por ciento de las casadas son infieles. Se me ocurre que a menudo las parejas se cruzan: mientras el hombre seduce a la esposa de su mejor amigo, su propia mujer retoza en el mismo motel con el buen amigo. En tiempos de la colonia, cuando Chile dependía del virreinato de Lima, llegó un cura dominico del Perú, enviado por la Inquisi-ción, para acusar a unas señoras de la sociedad de practicar sexo oral con sus maridos (¿cómo lo averiguó?). El juicio no llegó a ninguna parte, porque las damas en cuestión no se dejaron apabullar. Esa noche mandaron a los maridos, quienes mal que mal también habían participado en el pecado, aunque a ellos nadie los juzgaba, a disuadir al inquisidor. Éstos lo sorprendieron en un callejón oscuro y sin más trámite lo caparon, como a un novillo. El pobre dominico volvió a Lima sin testículos y el asunto no volvió a mencionarse.
Sin llegar a tales extremos, tengo un amigo que no podía librarse de una amante apasionada y finalmente un día la dejó durmiendo siesta y salió escapando. Había empacado unas cuantas pertenencias en una mochila y corría por la calle detrás de un taxi, cuando sintió que un oso le caía encima por las espaldas, lanzándolo de bruces al suelo, donde quedó aplastado como una cucaracha: era la amante, quien había salido en su persecución completamente desnuda y dando alaridos. De las casas del barrio asomaron curiosos a gozar del espectáculo. Los hombres observaban divertidos, pero apenas otras mujeres comprendieron de qué se trataba ayudaron en la tarea de sujetar a mi escurridizo amigo. Por último lo llevaron en vilo entre varias de vuelta a la cama que había abandonado durante la siesta.
Puedo dar como trescientos ejemplos más, pero supongo que con éste basta.

A DIOS ROGANDO

Lo que acabo de contar sobre aquellas damas de la época colonial, que desafiaron a la Inquisición, es uno de esos mo-mentos excepcionales en nuestra historia, porque en realidad el poder de la Iglesia católica es incuestionable y ahora, con el auge de los movimientos fundamentalistas católicos, como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, es mucho peor.
Los chilenos son religiosos, aunque su práctica tiene mucho más de fetichismo y superstición que de inquietud mística o conocimiento teológico. Nadie se dice ateo, ni los comunistas de pura cepa, porque ese término se considera un insulto, se prefiere la palabra agnóstico. Por lo general, hasta los más incrédulos se convierten en el lecho de muerte, ya que arriesgan mucho si no lo hacen y una confesión a última hora no le hace mal a nadie. Esta compulsión espiritual proviene de la tierra misma: un pueblo que vive entre montañas, lógicamente vuelve los ojos al cielo. Las manifestaciones de fe son impresionantes. Convocados por la Iglesia salen millares y millares de jóvenes en largas procesiones, con velas y flores, alabando a la Virgen María o pidiendo por la paz a voz en cuello, con el mismo entusiasmo con que en otros países chillan en los conciertos de rock. El rosario en familia y el mes de María solían tener un éxito rotundo, pero ahora las telenovelas han ganado más adeptos.

Por supuesto, nunca faltaron esotéricos en mi familia. Uno de mis tíos ha pasado setenta años de su vida predicando el encuentro con la nada; tiene muchos seguidores. Si en mi ju-ventud yo le hubiera hecho caso, hoy no estaría estudiando budismo y tratando infructuosamente de pararme de cabeza en la clase de yoga. Aquella centenaria tía demente, disfrazada de monja, quien intentaba regenerar a las prostitutas de la calle Maipú, no le llegaba a los talones en materia de santidad a una hermana de mi abuela a la que le salieron alas. No eran alas con plumas áureas, como las de los ángeles renacentistas, que hubieran llamado la atención, sino discretos muñoncitos en los hombros, erróneamente diagnosticados por los médicos como deformación en los huesos. A veces, según por dónde le diera la luz, podíamos verle la aureola como un plato de luz flotando encima de su cabeza. He contado su historia en los Cuentos de Eva Luna y no es el caso repetirla; baste decir que, en contraste con la tendencia generalizada a quejarse por todo, característica de los chilenos, ella andaba siempre contenta, aunque tuvo un trágico destino. En otra persona esa actitud de injustificada felicidad habría sido imperdonable, pero en aquella mujer transparente se toleraba de lo más bien. Siempre he tenido su fotografía sobre mi mesa de trabajo, para reconocerla cuando entra disimuladamente en las páginas de un libro o se me aparece en algún rincón de la casa.
En Chile abundan santos de variados pelajes, lo cual no es raro, porque es el país más católico del mundo, más que Irlanda y ciertamente mucho más que el Vaticano. Hace algunos años tuvimos una doncella, muy parecida de facha a la estatua de San Sebastián el Mártir, quien realizaba notables curaciones. Le cayeron encima la prensa, la televisión y multitudes de peregrinos, que no la dejaban en paz a ninguna hora. Al ser examinada de cerca resultó ser un travesti, pero eso no le restó prestigio ni puso fin a los prodigios, por el contrario. Cada tanto despertamos con el anuncio de que otro santo o un nuevo Mesías ha hecho su aparición, lo cual siempre atrae esperanzadas multitudes. Me tocó hacer un reportaje en los años setenta, cuando trabajaba de periodista, sobre el caso de una muchacha a la cual se le atribuían profecías y el don de sanar animales y arreglar motores descompuestos sin tocarlos. La choza humilde donde vivía se llenaba de campesinos que acudían a diario, siempre a la misma hora, a presenciar aquellos discretos milagros. Aseguraban que una invisible lluvia de piedras se estrellaba sobre el techo de la choza con una sonajera de fin de mundo, la tierra temblaba y la chica caía en trance. Tuve oportunidad de asistir a un par de estos eventos y comprobé el trance, durante el cual la santa adquiría la descomunal fuerza física de un gladiador, pero no recuerdo que cayeran peñascos del cielo ni que se sacudiera el suelo. Es posible que, tal como explicó un predicador evangélico del lugar, eso no sucediera debido a mi presencia: yo era una descreída capaz de arruinar hasta el más legítimo milagro. En todo caso, el asunto salió en los periódicos y el interés popular por la santa fue subiendo de tono, hasta que llegó el ejército y le puso fin a su manera. La historia me sirvió diez años más tarde para incluirla en una de mis novelas.
Los católicos son mayoría en el país, aunque cada vez hay más evangélicos y pentecostales, que irritan a todo el mundo porque se entienden directamente con Dios, mientras que los demás deben pasar por la burocracia sacerdotal. Los mormo-nes, que también son muchos y muy poderosos, ayudan a sus adeptos como una verdadera agencia de empleo, tal como an-tes hacían los miembros del partido radical. El resto son judíos, unos pocos musulmanes y, entre los de mi generación, espiritualistas de la Nueva Era, un cóctel de ecología, cristianismo, prácticas budistas, unos cuantos ritos recientemente rescatados de las reservas indígenas y el acompañamiento habitual de gurús, astrólogos, psíquicos y otros guías del alma.
Desde que se privatizó el sistema de salud y los medica-mentos son un negocio inmoral, la medicina folklórica y orien-tal, las machis o meicas, los chamanes indígenas, el herbario autóctono y las curaciones milagrosas han reemplazado en parte a la medicina tradicional, con iguales resultados. La mitad de mis amigos está en manos de algún psíquico que les dirige el destino y los mantiene sanos lavándoles el aura, imponiéndoles las manos o conduciéndolos en viajes astrales. La última vez que estuve en Chile me hipnotizó un amigo, que está estudiando para curandero, y me hizo retroceder varias encarnaciones. No resultó fácil regresar al presente, porque mi amigo todavía no había concluido el curso, pero el experimento valió la pena, porque descubrí que en vidas anteriores no fui Gengis Khan, como cree mi madre.
No he logrado sacudirme por completo la religión y ante cualquier apuro lo primero que se me ocurre es rezar, por si acaso, como hacen todos los chilenos, incluso los ateos, perdón, agnósticos. Digamos que necesito un taxi; la experiencia me ha demostrado que basta un padrenuestro para hacerlo aparecer.
Hubo una época, entre la infancia y los quince años, en la cual alimenté la fantasía de ser monja, para disimular el hecho de que seguramente jamás conseguiría un marido, idea que no he descartado; aún me asalta la tentación de terminar mis días en la pobreza, el silencio y la soledad en una orden benedictina o en un monasterio budista. Las sutilezas teológicas no importan, lo que me gusta es el estilo de vida. A pesar de mi invencible frivolidad, la existencia monástica me parece atrayente. A los quince años me alejé para siempre de la Iglesia y adquirí horror por las religiones en general y las monoteístas en particular. No estoy sola en este predicamento, muchas mujeres de mi edad, guerrilleras de la liberación femenina, tampoco se sienten cómodas en las religiones patriarcales –¿hay alguna que no lo sea?– y han debido inventar sus propios cultos, aunque en Chile siempre tienen un tinte cristiano. Por animista que alguien se declare, siempre habrá una cruz en su casa o la llevará colgada al pecho. Mi religión, por si a alguien le interesa, se reduce a una pregunta simple: «¿Qué es lo más generoso que se puede hacer en ese caso?». Si la pregunta no se aplica, tengo otra: «¿Qué pensaría mi abuelo de esto?». Lo cual no quita que a la hora de una necesidad, me persigne.

Solía yo decir que Chile es un país fundamentalista, pero después de comprobar los excesos del Talibán, debo moderar mi juicio. Tal vez no somos fundamentalistas, pero poco nos falta. Hemos tenido la suerte, eso sí, de que a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, la Iglesia católica –con pocas lamentables excepciones– ha estado casi siempre del lado de los pobres, lo cual le ha ganado inmenso respeto y simpatía. En tiempos de la dictadura muchos curas y monjas asumieron la tarea de ayudar a las víctimas de la represión y lo pagaron caro. Como dijo Pinochet en 1979, «los únicos que andan llorando por restaurar la democracia en Chile son los políticos y uno o dos sacerdotes». (Ésa era la época en que, según los generales, Chile gozaba de una «democracia totalitaria».)
Las iglesias se llenan los domingos y el Papa es venerado, aunque casi nadie le hace caso en el tema de los anticoncepti-vos, porque se parte de la base que un anciano célibe, que no necesita ganarse la vida, no puede ser un experto en ese deli-cado asunto. La religión es colorida y ritualista. No tenemos carnavales, pero en cambio tenemos procesiones. Cada santo se distingue por su especialidad, como los dioses del Olimpo: para devolver la vista a los ciegos, para castigar maridos infie-les, para encontrar novio, para protección de conductores de vehículos; pero el más popular es sin duda el Padre Hurtado, que no es santo todavía, pero todos esperamos que pronto lo sea, aunque el Vaticano no se caracteriza por la celeridad en sus decisiones. Este extraordinario sacerdote fundó una obra llamada El Hogar de Cristo, que hoy es una empresa multimi-llonaria dedicada por entero a ayudar a los pobres. El Padre Hurtado es tan milagroso, que rara vez le he pedido algo que no se haya cumplido, mediante el pago de una justa suma a sus obras de caridad o de algún sacrificio importante.
Debo ser una de las pocas personas vivas que han leído los tres tomos completos de la eterna epopeya La Araucana, en verso rimado y español antiguo. No lo hice por curiosidad ni por presumir de culta, sino por cumplir una promesa al Padre Hurtado. Sostenía este hombre de claro corazón que la crisis moral se produce cuando los mismos católicos que viven en la opulencia van a misa mientras niegan a sus trabajadores un salario digno. Estas palabras debieran grabarse en los billetes de mil pesos, para no olvidarlas nunca.
Existen también varias representaciones de la Virgen María, que son rivales entre sí; los fieles de la Virgen del Carmen, patrona de las Fuerzas Armadas, consideran inferiores a la Virgen de Lourdes o a La Tirana, sentimiento que se paga con iguales finezas por los devotos de éstas. A propósito de esta última, vale la pena mencionar que en verano se celebra su fiesta en un santuario cerca de la ciudad de Iquique, en el norte, donde los grupos de devotos bailan en su honor. Se parece un poco a la idea del carnaval brasi-lero, pero guardando las proporciones porque, como ya he dicho antes, en Chile no somos gente extrovertida. Las escuelas de baile se preparan todo el año ensayando las coreografías y fabricando el vestuario, y el día señalado danzan ante La Tirana disfrazados, por ejemplo, de Batman. Las muchachas se ponen escotes reveladores, minifaldas que apenas les tapan el trasero y botas con tacones altos. No es raro, por lo tanto, que la Iglesia no propicie estas demostra-ciones de fe popular.
Por si el numeroso y variopinto santoral no bastara, además contamos con una sabrosa tradición oral de espíritus malignos, intervenciones del demonio, muertos que se levantan de las tumbas. Mi abuelo juraba que se le apareció el diablo en un autobús y que lo reconoció porque tenía patas verdes de macho cabrio.

En Chiloé, un conjunto de islas en el sur del país, frente a Puerto Montt, se cuentan historias de hechiceras y monstruos maléficos; de la Pincoya, una hermosa doncella que sale del agua para atrapar a los hombres incautos; del Caleuche, un barco encantado que se lleva a los difuntos. En las noches de luna llena brillan luces indicando los sitios donde hay tesoros escondidos. Se dice que en Chiloé existió por mucho tiempo un gobierno de brujos, llamado la Recta Provincia, que se reunía en cuevas por las noches. Los guardianes de esas cuevas eran los «imbunches», pavorosas criaturas que se alimentan de sangre, a quienes los brujos les han quebrado los huesos y cosido los párpados y el ano. La imaginación chilena para la crueldad nunca deja de espantarme...
Chiloé tiene una cultura diferente a la del resto del país y la gente está tan orgullosa de su aislamiento, que se opone a la construcción de un puente para unir la isla grande a Puerto Montt. Es un lugar tan extraordinario, que todos los chilenos y los turistas debieran visitarlo al menos una vez, aun a riesgo de quedarse para siempre. Los chilotes viven como hace cien años, dedicados a la agricultura, la pesca artesanal y la indus-tria del salmón. La construcción es íntegra de madera, y en el corazón de cada casa hay siempre una gran estufa a leña en-cendida día y noche para cocinar y dar calor a la familia, los amigos y enemigos reunidos a su alrededor. El olor de esas viviendas en invierno es un recuerdo imborrable: leña perfumada y ardiente, lana mojada, sopa en el caldero... Los chilotes fueron los últimos en plegarse a la república cuando Chile declaró su independencia de España y en 1826 pretendieron unirse a la corona de Inglaterra. Dicen que la Recta Provincia, atribuida a los brujos, fue en realidad un gobierno paralelo, en tiempos en que los habitantes se negaban a aceptar la autoridad de la república chilena.

Mi abuela Isabel no creía en brujas, pero no me extrañaría que alguna vez intentara volar en escoba, porque pasó su existencia practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse con el Más Allá, actividad que en aquella época la Iglesia católica veía con muy malos ojos. De algún modo la buena señora se las arregló para atraer misteriosas fuerzas que movían la mesa en sus sesiones de espiritismo. Esa mesa está hoy en mi casa, después de haber dado la vuelta al mundo varias veces, siguiendo a mi padrastro en su carrera diplomática, y de haberse perdido durante los años del exilio. Mi madre la recuperó mediante un golpe de astucia y me la envió por avión a California. Habría sido más barato mandar un elefante, porque se trata de un pesado mueble español de madera tallada, con una pata formidable al centro, formada por cuatro leones feroces. Se necesitan tres hombres para levantarla. No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a su descendencia que después de su muerte vendría de visita cuando la llamaran y supongo que ha mantenido su promesa. No presumo que su fantasma, o cualquier otro, me acompañe a diario –supongo que tendrá asuntos más importantes que atender–, pero me gusta la idea de que esté dispuesto a acudir en caso de necesidad imperiosa.
Esa buena mujer sostenía que todos poseemos poderes psíquicos, pero como no los practicamos, se atrofian –como los músculos– y finalmente desaparecen. Debo aclarar que sus experimentos parapsicológicos nunca fueron una actividad macabra, nada de piezas oscuras, candelabros mortuorios ni música de órgano, como en Transilvania. La telepatía, la ca-pacidad de mover objetos sin tocarlos, la clarividencia o la comunicación con las almas del Más Allá sucedían a cualquier hora del día y del modo más casual. Por ejemplo, mi abuela no confiaba en los teléfonos, que en Chile fueron un desastre hasta que se inventó el celular, y en cambio usaba telepatía para dictar recetas de tarta de manzana a las tres hermanas Morla, sus compinches de la Hermandad Blanca, quienes vivían al otro lado de la ciudad. Nunca pudieron comprobar si el método funcionaba porque las cuatro eran pésimas cocineras. La Hermandad Blanca estaba formada por esas excéntricas señoras y mi abuelo, quien no creía en nada de eso, pero insistía en acompañar a su mujer para protegerla en caso de peligro. El hombre era escéptico por naturaleza y nunca aceptó la posibilidad de que las almas de los muertos movieran la mesa, pero cuando su mujer sugirió que tal vez no eran ánimas, sino extraterrestres, él abrazó la idea con entusiasmo, porque le pareció una explicación más científica.
Nada de extraño hay en todo esto. Medio Chile se guía por el horóscopo, por adivinas o mediante los vagos pronósticos del I Chin, y la otra mitad se cuelga cristales al cuello o estudia fengshui. En el consultorio sentimental de la televisión resuelven los problemas con las cartas del Tarot. La mayor parte de los antiguos revolucionarios de la izquierda militante ahora están dedicados a prácticas espirituales. (Entre la guerrilla y el esoterismo hay un paso dialéctico que no logro precisar.) Las sesiones de mi abuela me parecen más razonables que las mandas a los santos, las compras de indulgencias para ganar el cielo, o las peregrinaciones de las beatas locales en buses atestados de gente. Muchas veces oí decir que mi abuela movía el azucarero sin tocarlo, sólo mediante su fuerza mental. Dudo si alguna vez vi esta proeza o si, de tanto oírla, he terminado por convencerme de que es cierta. No recuerdo el azucarero, pero me parece que había una campanilla de plata con un príncipe afeminado encima, que se usaba en el comedor para llamar al servicio entre plato y plato. No sé si he soñado el episodio, si lo he inventado o si en realidad sucedió: veo la campanilla deslizándose sobre el mantel silenciosamente, como si el príncipe hubiera cobrado vida propia, dar una vuelta olímpica, ante el estupor de los comensales, y regresar junto a mi abuela, en la cabecera de la mesa. Esto me ocurre con muchos eventos y anécdotas de mi existencia, que me parece haber vivido, pero que al ponerlos por escrito y confrontarlos con la lógica, resultan algo improbables, pero el problema no me inquieta. ¿Qué importa si en realidad sucedieron o si los he imaginado? De todos modos, la vida es sueño.

No heredé los poderes psíquicos de mi abuela, pero ella me abrió la mente a los misterios del mundo. Acepto que cualquier cosa es posible. Ella sostenía que existen múltiples dimensiones de la realidad y no es prudente confiar sólo en la razón y en nuestros limitados sentidos para entender la vida; existen otras herramientas de percepción, como el instinto, la imaginación, los sueños, las emociones, la intuición. Me introdujo al realismo mágico mucho antes que el llamado boom de la literatura latinoamericana lo pusiera de moda. Esto me ha servido en mi trabajo, porque enfrento cada libro con el mismo criterio con que ella conducía sus sesiones: llamando a los espíritus con delicadeza, para que me cuenten sus vidas. Los personajes literarios, como los aparecidos de mi abuela, son seres frágiles y asustadizos; deben ser tratados con prudencia, para que se sientan cómodos en las páginas.
Aparecidos, mesas que se mueven solas, santos milagrosos y diablos con las patas verdes en el transporte colectivo, hacen la vida y la muerte más interesantes. Las almas en pena no reconocen fronteras. Tengo un amigo en Chile que se despierta en las noches con la visita de unos africanos altos y flacos, vestidos con túnicas y armados de lanzas, que sólo él puede ver. Su mujer, que duerme a su lado, nunca ha visto a los africanos, sólo a dos señoras inglesas del siglo XIX que atraviesan las puertas. Y otra amiga mía, en cuya casa de Santiago se caían misteriosamente las lámparas y se volcaban las sillas, descubrió que la causa eran los huesos de un geógrafo danés, que desenterraron en el patio, junto a sus mapas y su libreta de notas. ¿Cómo llegó tan lejos el pobre muerto? Nunca lo sabremos, pero el hecho es que con rezarle varias novenas y decirle unas cuantas misas el infeliz geógrafo se fue. Parece que en vida era calvinista o luterano y no le gustaron los ritos papistas.
Mi abuela sostenía que el espacio está lleno de presencias, los muertos y los vivos, todos mezclados. Es una idea estupenda, por eso mi marido y yo hemos construido en el norte de California una casa grande, de techos altos, vigas y arcos, que invite a los fantasmas de varias épocas y latitudes, especialmente a los del sur. En un intento de imitar la casona de mis bisabuelos, la hemos deteriorado mediante la esforzada y dispendiosa labor de atacar las puertas a martillazos, manchar los muros con pintura, oxidar los hierros con ácido y pisotear las matas del jardín. El resultado es bastante convincente; creo que más de un ánima distraída puede instalarse entre nosotros, engañada por el aspecto de la propiedad. Durante el proceso de echarle siglos encima, los vecinos observaban desde la calle con la boca abierta, sin entender para qué construimos una casa nueva si queríamos una vieja. La razón es que en California no se da el estilo colonial chileno y, en todo caso, nada es realmente antiguo. No olvidemos que antes de 1849, San Francisco no existía, en su lugar había una aldea llamada Yerba Buena, poblada por un puñado de mexicanos y mormones, donde los únicos visitantes eran traficantes de pieles. Fue la fiebre del oro la que atrajo multitudes. Una casa con la apariencia de la nuestra es una imposibilidad histórica por estos lados.

EL PAISAJE DE LA INFANCIA

Es muy difícil determinar cómo es una familia chilena típica, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mía no lo era. Tampoco yo fui una típica señorita, de acuerdo a los cánones del medio en que me crié; escapé enjabonada, como quien dice. Describiré un poco mi juventud, a ver si en el proceso ilumino algunos aspectos de la sociedad de mi país, que en ese tiempo era bastante más intolerante que ahora, lo cual es mucho decir. La Segunda Guerra Mundial fue un cataclismo que sacudió al mundo y cambió todo, desde la geopolítica y la ciencia, hasta las costumbres, la cultura y el arte. Nuevas ideas barrieron sin contemplaciones aquellas que sostuvieron la sociedad durante los siglos anteriores, pero las innovaciones demoraban mucho en navegar por dos océanos o cruzar el muro infranqueable de la cordillera de los Andes. Todo llegaba a Chile con varios años de retraso.
Mi abuela clarividente murió súbitamente de leucemia. No luchó por vivir, se abandonó a la muerte con entusiasmo por-que sentía una gran curiosidad por ver el cielo. Durante su existencia en este mundo tuvo la suerte de ser amada y protegida por su marido, quien aguantó de buen talante sus extravagancias, de otro modo tal vez hubiera terminado recluida en un asilo para orates.

He leído algunas cartas que dejó de su puño y letra, donde aparece como una mujer melancólica, con una fascinación morbosa por la muerte; sin embargo la recuerdo como un ser luminoso, irónico y pleno de gusto por la vida. Su ausencia se sintió como un viento de catástrofe, la casa entró en duelo y yo aprendí a tener miedo. Temía al diablo que se aparecía en los espejos, a los fantasmas que deambulaban por los rincones, a los ratones en el sótano, a que se muriera mi madre y yo fuera a dar a un orfelinato, a que apareciera mi padre –ese hombre cuyo nombre no se podía pronunciar– y me llevara lejos, a cometer pecados e irme al infierno, a las gitanas y los cucos con los cuales me amenazaba la niñera; en fin, la lista era interminable, existían razones de sobra para vivir aterrada.
Mi abuelo, furioso al verse abandonado por el gran amor de su vida, se vistió de negro de pies a cabeza, pintó los muebles del mismo color y prohibió fiestas, música, flores y postres. Pasaba el día en la oficina, almorzaba en el centro, cenaba en el club de la Unión y los fines de semana jugaba al golf y a la pelota vasca o se iba a las montañas a esquiar. Era uno de los que iniciaron ese deporte en los tiempos en que subir a las canchas era una odisea equivalente a escalar el Everest; nunca imaginó que un día Chile sería la meca de los deportes de invierno, donde se entrenan los equipos olímpicos del mundo entero. Sólo lo veíamos un minuto por la mañana muy temprano; sin embargo, fue definitivo en mi formación. Antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo pasábamos a saludarlo; nos recibía en su habitación de muebles fúnebres, olorosa a un jabón inglés marca Lifebuoy. Jamás nos hizo un cariño –lo consideraba malsano–, pero una palabra suya de aprobación valía cualquier esfuerzo. Más tarde, como a los siete años, cuando empecé a leer el periódico y a hacer preguntas, notó mi presencia y entonces se inició una relación que habría de prolongarse mucho después de su muerte, porque hasta hoy llevo las huellas de su mano en mi carácter y me alimento de las anécdotas que me contó.
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