sábado, 31 de julio de 2010

¡¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!!




(Continuemos con el libro de Isabel Allende-7ª parte-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
Mi infancia no fue alegre, pero sí interesante. No me aburría gracias a los libros de mi tío Pablo, quien entonces estaba todavía soltero y vivía con nosotros. Era un lector impenitente; sus volúmenes se apilaban en el suelo, cubiertos de polvo y telarañas. Robaba libros de las librerías y de sus amigos sin cargo de conciencia, porque consideraba que todo material impreso –menos el suyo– era patrimonio de la humanidad. Me permitía leerlos porque se propuso traspasarme su vicio de la lectura a cualquier costo: me re-galó una muñeca cuando terminé de leer La guerra y la paz, un libro gordo con letra minúscula. No había censura en esa casa, pero mi abuelo no permitía las luces encendidas en mi habitación pasadas las nueve de la noche, por eso mi tío Pablo me regaló una linterna. Los mejores recuerdos de esos años son los libros que leí bajo las sábanas con mi linterna. Los niños chilenos leíamos las novelas de Emilio Salgari y Julio Verne, el Tesoro de la Juventud y colecciones de novelitas edificantes, que promovían la obediencia y la pureza como vir-tudes máximas; también la revista El Peneca, que se publi-caba los miércoles de cada semana. Desde el martes yo la esperaba en la puerta, para impedir que cayera en manos de mis hermanos antes que en las mías. Eso lo devoraba como aperitivo, luego me zampaba platos más suculentos, como Ana Karenina y Los Miserables. De postre saboreaba cuentos de hadas. Esos libros estupendos me permitieron escapar de la realidad más bien sórdida de aquella casa en duelo, donde los niños, como los gatos, éramos un estorbo.
Mi madre, convertida en joven soltera, gracias a que pudo anular su matrimonio, y viviendo a la sombra de su padre, contaba con algunos admiradores, calculo que una o dos docenas. Además de bella, tenía ese aspecto etéreo y vulnerable de algunas muchachas de antes, completamente perdido en estos tiempos en que las féminas levantan pesas. Su fragilidad resultaba muy atrayente, porque hasta el más enclenque de los hombres se sentía fuerte a su lado. Era una de esas mujeres a quienes dan ganas de proteger, exactamente lo contrario de mí, que soy un tanque en plena marcha. En vez de vestirse de negro y llorar por el abandono de su frívolo marido, como se esperaba de ella, procuraba divertirse en la medida a su alcance, que era mínima, porque entonces las damas no podían ir a un salón de té solas, mucho menos al cine. La censura clasificaba las películas de algún interés como «no recomendables para señoritas», lo cual significaba que sólo podían verlas en compañía de un hombre de la familia, quien se responsabilizaba por el daño moral que el espectáculo pudiera provocar en la sensible psique femenina. Se han preservado algunas fotografías de esos años en las que mi madre aparece como una hermana menor de la actriz Ava Gardner. Poseía una belleza sin artificios: la piel luminosa, la risa fácil, facciones clásicas y una gran elegancia natural, razones sobradas para que las malas lenguas no la dejaran en paz. Si sus platónicos pretendientes espantaban a la mojigata sociedad santiaguina, imagine usted el escándalo que se armó cuando se supo de sus amores con un hombre casado, padre de cuatro hijos y sobrino de un obispo.
Entre muchos candidatos, mi madre escogió al más feo de todos. Ramón Huidobro parecía un sapo verde, pero con el beso de amor se transformó en príncipe, como en el cuento, y ahora puedo jurar que es guapo. Relaciones clandestinas habían existido siempre, en eso los chilenos somos expertos, pero de clandestino ese romance nada tenía y pronto fue un secreto a voces. Ante la imposibilidad de disuadir a su hija o de impedir el escándalo, mi abuelo decidió salirle al paso y trajo al amante a vivir bajo su techo, desafiando a la sociedad entera y a la Iglesia. El obispo en persona vino a poner las cosas en su sitio, pero mi abuelo lo condujo de un ala amablemente hacia la puerta, con el argumento de que con sus pecados corría él y con los de su hija también. Con el tiempo ese amante habría de convertirse en mi padrastro, el incomparable tío Ramón, amigo, confidente, mi único y verdadero padre; pero cuando llegó a vivir a nuestra casa lo consideré mi enemigo y me propuse hacerle la vida imposible.
Cincuenta años más tarde él asegura que esto no es cierto, que jamás le declaré la guerra; pero lo dice de puro noble, para aliviarme la conciencia, porque recuerdo muy bien mis planes de darle una muerte lenta y dolorosa.
Chile es posiblemente el único país de la galaxia donde no existe el divorcio, porque nadie se atreve a desafiar a los curas, a pesar de que el setenta y uno por ciento de la población lo reclama desde hace mucho tiempo. Ningún parlamentario, ni siquiera los que se han separado de sus esposas y juntado con una serie de otras mujeres en rápida sucesión, enfrenta a los curas. El resultado es que la ley de divorcio duerme año tras año en el archivo de asuntos pendientes y cuando finalmente se apruebe tendrá tantas cortapisas y condiciones, que será más conveniente asesinar al cónyuge que divorciarse. Mi mejor amiga, cansada de esperar que saliera su nulidad matrimonial, consultaba a diario los obituarios de la prensa con la esperanza de ver en ellos el nombre de su marido. Nunca se atrevió a rezar para que el hombre recibiera la muerte que merecía, pero si se lo hubiera pedido buenamente al Padre Hurtado, sin duda éste la hubiera complacido. Los resquicios legales han servido por más de cien años a millares de parejas para anular sus matrimonios. Así lo hicieron mis padres. Bastaron la voluntad de mi abuelo y sus conexiones, para que mi padre desapareciera por obra de magia y mi madre fuera declarada soltera con tres hijos ilegítimos, que nuestra ley llama «putativos». Mi padre firmó los papeles sin chistar, una vez que le aseguraron que no tendría que mantener a sus chiquillos. La nulidad consiste en que una serie de testigos falsos jura en vano frente a un juez, quien finge creer que lo que le cuentan es cierto. Para obtener una nulidad se necesita por lo menos un abogado, para quien el tiempo es oro, porque gana por hora, de modo que no le conviene abreviar los trámites. El único requisito para que el abogado «saque» la nulidad es que la pareja se ponga de acuerdo, porque si uno de los dos se niega a participar en el engaño, como hizo la primera mujer de mi padrastro, no hay caso. El resultado es que hombres y mujeres se juntan y se separan sin papeles de ninguna clase, como ha hecho la casi totalidad de la gente que conozco. Mientras escribo estas reflexiones, en el tercer milenio, la ley de divorcio aún sigue pendiente, a pesar de que el presidente de la República anuló su primer matrimonio y se volvió a casar. Al paso que vamos mi madre y el tío Ramón, que ya están en los ochenta y han vivido juntos bastante más de medio siglo, morirán sin poder legalizar su situación. Ya no les importa a ninguno de los dos y aunque pudieran, no se casarían; prefieren ser recordados como amantes de leyenda.

El tío Ramón trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, como mi padre, y al poco tiempo de instalarse bajo el techo protector de mi abuelo en calidad de yerno ilegítimo, fue enviado en una misión diplomática a Bolivia. Eran los comienzos de los años cincuenta. Mi madre y nosotros, sus hijos, partimos tras él.
Antes de comenzar a viajar, yo estaba convencida de que todas las familias eran como la mía, que Chile era el centro del universo y que el resto de la humanidad tenía nuestro aspecto y hablaba castellano como primera lengua; el inglés y el francés eran asignaciones escolares, como la geometría. Apenas cruzamos la frontera tuve la primera sospecha de la vastedad del mundo y me di cuenta que nadie, absolutamente nadie, sabía cuán especial era mi familia. Aprendí rápido lo que se siente al ser rechazada. Desde el momento en que dejamos Chile y comenzamos a ir de un país a otro, me convertí en la niña nueva en el barrio, la extranjera en el colegio, la rara que se vestía diferente y ni siquiera podía hablar como los demás. No veía las horas de regresar a mi terreno conocido en Santiago, pero cuando finalmente eso ocurrió, varios años más tarde, tampoco me avine allí, porque había estado afuera demasiado tiempo. Ser extranjera, como lo he sido casi siempre, significa que debo esforzarme mucho más que los nativos, lo cual me ha mantenido alerta y me ha obligado a desarrollar flexibilidad para adaptarme a diversos ambientes. Esta condición tiene algunas ventajas para alguien que se gana la vida observando: nada me parece natural, casi todo me sorprende. Hago preguntas absurdas, pero a veces las hago a la gente adecuada y así consigo temas para mis novelas.
Francamente, una de las características de Willie que más me atraen es su actitud desafiante y confiada. No duda de sí mismo o de sus circunstancias. Siempre ha vivido en el mismo país, sabe comprar por catálogo, votar por correo, abrir un frasco de aspirina y dónde llamar cuando se inunda la cocina. Envidio su seguridad; él se siente totalmente a gusto en su cuerpo, en su lengua, en su país, en su vida. Hay cierta frescura e inocencia en la gente que ha permanecido siempre en el mismo lugar y cuenta con testigos de su paso por el mundo. En cambio aquellos de nosotros que nos hemos ido muchas veces desarrollamos por necesidad un cuero duro. Como carecemos de raíces y de testigos del pasado, debemos confiar en la memoria para dar continuidad a nuestras vidas; pero la memoria es siempre borrosa, no podemos fiarnos en ella.
Los acontecimientos de mi pasado no tienen contornos precisos, están esfumados, como si mi vida hubiera sido sólo una sucesión de ilusiones, de imágenes fugaces, de asuntos que no comprendo o que comprendo a medias. No tengo certezas de ninguna clase. Tampoco logro sentir a Chile como un lugar geográfico con ciertas características precisas, un sitio definible y real. Lo veo como se ven los caminos del campo al atardecer, cuando las sombras de los álamos engañan la vista y el paisaje parece sólo un sueño.

GENTE SOBERBIA Y SERIA

Una amiga mía dice que nosotros, los chilenos, somos po-bres, pero delicados de los pies. Se refiere, por supuesto, a nuestra injustificada susceptibilidad, siempre a flor de piel, a nuestro orgullo solemne, nuestra tendencia a convertirnos en tontos graves apenas nos dan la oportunidad. ¿De dónde nos vienen esas características? Supongo que un poco es atribuible a la madre patria, España, que nos legó una mezcla de pasión y severidad; otro tanto se lo debemos a la sangre de los sufridos araucanos, y del resto podemos culpar a la suerte.
Tengo algo de sangre francesa, por parte de mi padre, y sin duda algo de indígena, basta verme para adivinarlo, pero mis orígenes son principalmente castellano–vascos. Los fundadores de familias como la mía intentaron establecer dinastías y para eso algunos de ellos se atribuyeron un pasado aristocrático, aunque en realidad eran labriegos y aventureros españoles, llegados hace algunos siglos al rabo de América con una mano por delante y otra por detrás. De sangre azul, lo que se dice, nada. Eran ambiciosos y trabajadores, se apoderaron de las tierras más fértiles en las cercanías de Santiago y se abocaron a la tarea de convertirse en notables. Como inmigraron antes y se enriquecieron rápido, pudieron darse el lujo de mirar para abajo a los que llegaron después. Se casaban entre ellos y, como buenos católicos, producían copiosa descendencia. Los hijos normales se destinaban a la tierra, los ministerios y a la jerarquía eclesiástica, pero jamás al comercio, que era para otra clase de gente; los menos favorecidos intelectualmente iban a parar a la Marina. A menudo sobraba algún hijo para presidente de la República. Tenemos estirpes de presidentes, como si el cargo fuera hereditario, porque los chilenos votan por un nombre conocido. La familia Errázuriz, por ejemplo, tuvo tres presi-dentes, treinta y tantos senadores y no sé cuántos diputados, además de varios jerarcas de la Iglesia. Las hijas virtuosas de familias «conocidas» se casaban con sus primos o se convertían en beatas de dudosos milagros; de las hijas descarriadas se encargaban las monjas. Era gente conservadora, devota, honorable, soberbia y avara, pero en general de bondadosa disposición, no tanto por temperamento, sino por hacer méritos para ganar el cielo. Se vivía en el temor de Dios.
Me crié convencida de que cada privilegio trae como consecuencia natural una larga lista de responsabilidades. Esa clase social chilena mantenía cierta distancia con sus semejantes, porque había sido colocada en la Tierra para dar ejemplo, pesada carga que asumía con devoción cristiana. Debo aclarar, sin embargo, que a pesar de sus orígenes y apellidos, la rama de la familia de mi abuelo no formaba parte de esa oligarquía, gozaba de un buen pasar, pero carecía de fortuna o de tierras.
Una de las características de los chilenos en general y de los descendientes de castellanos y vascos en particular, es la sobriedad, que contrasta con el temperamento exuberante, tan común en el resto de América Latina. Crecí entre tías millonarias, primas de mi abuelo y mi madre, vestidas con ropones negros hasta los talones, quienes hacían alarde de «virar» los ternos de sus maridos, engorroso proceso que consistía en descoser el traje, planchar los pedazos y volver a unirlos por el revés para darles nueva vida. Era fácil distinguir a las víctimas, porque llevaban el bolsillo superior de la chaqueta a la derecha, en vez de a la izquierda. El resultado era siempre patético, pero el esfuerzo demostraba cuán ahorrativa y hacendosa era la buena señora. Eso de ser hacendosa es fundamental en mi país, donde la pereza es privilegio masculino. A los hombres se les perdona, igual como se tolera en ellos el alcoholismo, porque se supone que son inevitables características biológicas: el que nace así, nace así... No es el caso de las mujeres, se entiende. Las chilenas, incluso las de fortuna, no se pintan las uñas, porque eso indicaría que no trabajan con las manos y uno de los peores epítetos es ser tachada de holgazana. Antaño, al subir a un autobús, se veía a todas las mujeres tejiendo; pero eso ya no es así, porque ahora llegan toneladas de ropa de segunda mano de Estados Unidos y basura de poliéster de Taiwán, de modo que el tejido pasó a la historia.
Se ha especulado que nuestra tan ponderada sobriedad es herencia de agotados conquistadores españoles, que llegaban medio muertos de hambre y sed, impulsados más por desesperación que por codicia. Esos valientes capitanes –los últimos en el reparto del botín de la Conquista– debían cruzar la cordillera de los Andes por pasos traicioneros, o atravesar el desierto de Atacama bajo un sol de lava ardiente, o desafiar las olas y los vientos fatídicos del cabo de Hornos. La recompensa apenas valía la pena, porque Chile no ofrecía, como otras regiones del continente, la posibilidad de enrique-cimiento exorbitante. Las minas de oro y plata se contaban con los dedos de una mano y había que arrancar sus peñascos con un esfuerzo descomunal; tampoco daba el clima para prósperas plantaciones de tabaco, café o algodón. El nuestro siempre fue un país medio pobre; a lo más que el colono podía aspirar era a una existencia tranquila dedicada a la agricultura.
Antes la ostentación era inaceptable, como he dicho, pero por desgracia eso ha cambiado, al menos entre los santiagui-nos. Se han puesto tan pretenciosos, que van al automercado los domingos por la mañana, llenan el carrito con los productos más caros –caviar, champaña, filete–, se pasean un buen rato para que otros admiren sus compras, luego lo abandonan en un pasillo y salen discretamente con las manos vacías. También he oído que un buen porcentaje de los teléfonos celulares son de madera; sólo sirven para jactarse. Años atrás esto habría sido impensable; los únicos que vivían en mansiones eran los árabes nuevos ricos y nadie en su sano juicio se habría puesto un abrigo de piel, aunque hiciera un frío polar.
El lado positivo de tanta modestia –falsa o auténtica– era, por supuesto, la sencillez. Nada de celebraciones de quinceañeras con cisnes teñidos de rosa, nada de bodas imperiales con tortas de cuatro pisos, nada de fiestas con orquesta para perritos falderos, como en otras capitales de nuestro exuberante continente. La sobriedad nacional fue un rasgo notable, que desapareció con el capitalismo a ultranza impuesto en las últimas dos décadas, cuando ser rico y parecerlo se puso de moda, pero espero que pronto volvamos a lo conocido. El carácter de los pueblos es tenaz.
Ricardo Lagos, el actual presidente de la República (princi-pios del año 2002), vive con su familia en una casa alquilada en un barrio sin pretensiones. Cuando lo visitan dignatarios de otras naciones se quedan pasmados ante las reducidas dimen-siones de la casa y el asombro aumenta al ver al dignatario preparar los tragos y a la primera dama ayudando a servir la mesa. Aunque la derecha no perdona que Lagos no sea «gente como ellos», admira su sencillez. Esta pareja es un típico exponente de la clase media de antigua cepa, formada en escuelas y universidades estatales gratuitas, laicas y humanistas. Los Lagos son chilenos criados en los valores de igualdad y justicia social, a quienes la obsesión materialista de hoy parece no haber rozado. Es de suponer que el ejemplo servirá para terminar de una vez por todas con los carritos abandonados en el automercado y los teléfonos de madera.

Se me ocurre que esa sobriedad, tan arraigada en mi familia, así como la tendencia a disimular la alegría o el bienestar, provenía de la vergüenza que sentíamos al ver la miseria que nos rodeaba. Nos parecía que tener más que otros no sólo era una injusticia divina, sino también una especie de pecado personal. Debíamos hacer penitencia y caridad para compensar. La penitencia era comer a diario frijoles, lentejas o garbanzos y pasar frío en invierno. La caridad era una actividad familiar, que correspondía casi exclusivamente a las mujeres. Desde muy pequeñas las niñas íbamos de la mano con las madres o las tías, a repartir ropa y comida entre los pobres. Esa costumbre terminó hace como cincuenta años, pero ayudar al prójimo sigue siendo una obligación que los chilenos asumen con alegría, como corresponde en un país donde no faltan ocasiones de ejercerla. En Chile la pobreza y la solidaridad van de la mano.
No hay duda que existe una tremenda disparidad entre ri-cos y pobres, tal como ocurre en casi toda América Latina. El pueblo chileno, por pobre que sea, está más o menos bien educado, se mantiene informado y conoce sus derechos, aunque no siempre pueda hacerlos valer. Sin embargo, la pobreza asoma su fea cabeza a cada rato, sobre todo en tiempos de crisis. Para ilustrar la generosidad nacional, nada mejor que unos párrafos de una carta de mi madre desde Chile, con ocasión de las inundaciones del invierno de 2002, que sumergieron medio país en un océano de agua sucia y barro.

“Ha llovido varios días seguidos. De repente amaina y es una lluvia finita que sigue mojándonos y justo cuando el Ministerio del Interior dice que ya viene mejor tiempo, cae otro chubasco como tempestad y le vuela el sombrero. Ha sido otra dura prueba para la población. Hemos visto la verdadera cara de la miseria en Chile, la pobreza disfrazada de clase media baja, la que más sufre, porque tiene esperanzas. Esa gente trabaja una vida entera para obtener una vivienda decente y las empresas la estafan: pintan las casas muy lindas por fuera, pero no les hacen desagües y con la lluvia no sólo se inundan, sino que empiezan a deshacerse como miga de pan. Lo único que distrae del desastre es el campeonato mundial de fútbol. Iván Zamorano, nuestro ídolo futbolístico, donó una tonelada de alimento y pasa los días en las poblaciones anegadas entreteniendo a los niños y repartiendo pelotas. No te puedes imaginar las escenas de dolor; siempre son los de menos recursos los que sufren las peores inclemencias. El futuro se ve negro, porque el temporal ha sumergido los campos de verduras bajo el agua y el viento ha volado plantaciones enteras de frutales. En Magallanes mue-ren las ovejas por miles, atrapadas en la nieve a merced de los lobos. Por supuesto, la solidaridad de los chilenos se manifiesta en todas partes. Hombres, mujeres y adolescentes con el agua hasta las rodillas y cubiertos de lodo, cuidan niños, reparten ropa, apuntalan poblaciones enteras que el agua arrastra hacia las quebradas. En la Plaza Italia se ha ins-talado una enorme carpa; pasan los automóviles y sin detenerse lanzan paquetes de frazadas y alimentos a los brazos de los estudiantes que esperan. La Estación Mapocho está convertida en un enorme refugio de damnificados, con su escenario donde los artistas de Santiago, los grupos de rock y hasta la orquesta sinfónica amenizan, obligando a bailar a la gente entumida de frío, que así olvida por unos instantes su desgracia. Ésta es una lección de humildad muy grande. El presidente, acompañado por su mujer y los ministros, recorre los refugios y ofrecen consuelo. Lo mejor es que la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, hija de un asesinado por la dictadura, sacó al ejército a trabajar por los damnificados y anda encaramada a un carro de guerra con el comandante en jefe a su lado, ayudando día y noche. ¡En fin! Cada uno hace lo que puede. La cuestión será ver qué hacen los bancos, que son un escándalo de corrupción en este país.”

Tal como ante el éxito ajeno el chileno se irrita, igualmente es magnífico ante la desgracia; entonces pone de lado su mezquindad y se convierte de súbito en la persona más solidaria y generosa de este mundo. Hay varias maratones anuales por televisión destinadas a la caridad y todos, especialmente los más humildes, se lanzan en una verdadera competencia a ver quién da más. Ocasiones de apelar a la compasión pública no faltan en una nación permanentemente remecida por fatalidades que descalabran los cimientos de la vida, diluvios que arrastran pueblos enteros, olas descomunales que ponen barcos al medio de las plazas. Estamos hechos a la idea de que la vida es incierta, siempre aguardamos que nos caiga encima otro infortunio. Mi marido –quien mide un metro ochenta y es de rodillas poco flexibles– no podía entender por qué guardo las copas y los platos en las repisas más bajas de la cocina, donde él sólo al-canza acostado de espalda en el suelo, hasta que el terremoto de 1988 en San Francisco destruyó la vajilla de los vecinos, pero la nuestra quedó intacta.

No todo es golpearse el pecho con sentimiento de culpa y hacer caridad para compensar la injusticia económica. Nada de eso. Nuestra seriedad se compensa ampliamente con la glotonería; en Chile la existencia transcurre en torno a la mesa. La mayor parte de los empresarios que conozco están con diabetes, porque las reuniones de negocios son con desayuno, almuerzo o cena. Nadie firma un papel sin tomarse por lo menos un café con galletitas o un trago.
Si bien es cierto que comíamos legumbres a diario, el menú cambiaba los domingos. Un típico almuerzo dominical en casa de mi abuelo empezaba con contundentes empanadas, unos pasteles de carne con cebolla, capaces de provocar acidez al más sano; luego se servía cazuela, una sopa levantamuertos de carne, maíz, papa y verduras; enseguida un suculento chupe de mariscos, cuyo delicioso aroma llenaba la casa, y para terminar una colección de postres irresistibles, entre los cuales no podía faltar la tarta de manjar blanco o dulce de leche, antigua receta de la tía Cupertina, todo acompañado con litros de nuestro fatídico pisco sour, y varias botellas de buen vino tinto envejecido por años en el sótano de la casa. Al salir nos daban una cucharada de leche de magnesia. Esto se multiplicaba por cinco cuando se celebraba el cumpleaños de un adulto; los niños no merecíamos tal deferencia. Nunca oí mencionar la palabra co-lesterol. Mis padres, que tienen más de ochenta años, consu-men noventa huevos, un litro de crema, medio kilo de mante-quilla y dos de queso a la semana. Están sanos y frescos como chiquillos.

Aquella reunión familiar no sólo era buena ocasión para comer y beber con gula, sino también para pelear con saña. Al segundo vaso de pisco sour los gritos y los insultos entre mis parientes se oían por todo el barrio. Después partía cada cual por su lado jurando no volver a hablarse, pero al domingo si-guiente nadie se atrevía a faltar, mi abuelo no lo habría perdo-nado.
Entiendo que esta perniciosa costumbre se ha mantenido en Chile, a pesar de lo mucho que se ha evolucionado en otros aspectos. Siempre me espantaron esas reuniones obligatorias, pero resulta que ahora, en la madurez de mi existencia, las he reproducido en California. Mi fin de semana ideal es tener la casa llena de gente, cocinar para un regimiento y acabar el día discutiendo a voz en cuello.
Las peleas entre parientes se mantenían en privado. La privacidad es un lujo de las clases pudientes, porque la mayor parte de los chilenos no la tiene. Las familias de la clase media para abajo viven en promiscuidad, en muchos hogares duer-men varias personas en la misma cama. En caso que exista más de una habitación, los tabiques divisorios son tan delga-dos, que se oyen hasta los suspiros en la pieza de al lado. Para hacer el amor hay que esconderse en sitios inverosímiles: baños públicos, debajo de los puentes, en el zoológico, etc. En vista de que la solución al problema habitacional puede demorar veinte años, con suerte, se me ocurre que el Gobierno tiene la obligación de proporcionar moteles gratuitos para parejas desesperadas, así se evitarían muchos problemas mentales.
Cada familia cuenta con algún tarambana, pero la consigna siempre es cerrar filas en torno a la oveja negra y evitar el escándalo. Desde la cuna los chilenos aprendemos que «la ropa sucia se lava en casa» y no se habla de los parientes alcohólicos, los que se endeudan, los que apalean a su mujer o han pasado por la cárcel. Todo se esconde, desde la tía cleptómana hasta el primo que seduce viejecitas para quitarles sus míseros ahorros y, especialmente, aquel que canta en un cabaret vestido de Liza Minelli, porque en Chile cualquier originalidad en materia de preferencia sexual es imperdonable. Ha costado una batalla que se discuta públicamente el impacto del sida, porque nadie desea admitir las causas.



Imprimir