sábado, 31 de julio de 2010

¡¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!!




(Continuemos con el libro de Isabel Allende-7ª parte-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
Mi infancia no fue alegre, pero sí interesante. No me aburría gracias a los libros de mi tío Pablo, quien entonces estaba todavía soltero y vivía con nosotros. Era un lector impenitente; sus volúmenes se apilaban en el suelo, cubiertos de polvo y telarañas. Robaba libros de las librerías y de sus amigos sin cargo de conciencia, porque consideraba que todo material impreso –menos el suyo– era patrimonio de la humanidad. Me permitía leerlos porque se propuso traspasarme su vicio de la lectura a cualquier costo: me re-galó una muñeca cuando terminé de leer La guerra y la paz, un libro gordo con letra minúscula. No había censura en esa casa, pero mi abuelo no permitía las luces encendidas en mi habitación pasadas las nueve de la noche, por eso mi tío Pablo me regaló una linterna. Los mejores recuerdos de esos años son los libros que leí bajo las sábanas con mi linterna. Los niños chilenos leíamos las novelas de Emilio Salgari y Julio Verne, el Tesoro de la Juventud y colecciones de novelitas edificantes, que promovían la obediencia y la pureza como vir-tudes máximas; también la revista El Peneca, que se publi-caba los miércoles de cada semana. Desde el martes yo la esperaba en la puerta, para impedir que cayera en manos de mis hermanos antes que en las mías. Eso lo devoraba como aperitivo, luego me zampaba platos más suculentos, como Ana Karenina y Los Miserables. De postre saboreaba cuentos de hadas. Esos libros estupendos me permitieron escapar de la realidad más bien sórdida de aquella casa en duelo, donde los niños, como los gatos, éramos un estorbo.
Mi madre, convertida en joven soltera, gracias a que pudo anular su matrimonio, y viviendo a la sombra de su padre, contaba con algunos admiradores, calculo que una o dos docenas. Además de bella, tenía ese aspecto etéreo y vulnerable de algunas muchachas de antes, completamente perdido en estos tiempos en que las féminas levantan pesas. Su fragilidad resultaba muy atrayente, porque hasta el más enclenque de los hombres se sentía fuerte a su lado. Era una de esas mujeres a quienes dan ganas de proteger, exactamente lo contrario de mí, que soy un tanque en plena marcha. En vez de vestirse de negro y llorar por el abandono de su frívolo marido, como se esperaba de ella, procuraba divertirse en la medida a su alcance, que era mínima, porque entonces las damas no podían ir a un salón de té solas, mucho menos al cine. La censura clasificaba las películas de algún interés como «no recomendables para señoritas», lo cual significaba que sólo podían verlas en compañía de un hombre de la familia, quien se responsabilizaba por el daño moral que el espectáculo pudiera provocar en la sensible psique femenina. Se han preservado algunas fotografías de esos años en las que mi madre aparece como una hermana menor de la actriz Ava Gardner. Poseía una belleza sin artificios: la piel luminosa, la risa fácil, facciones clásicas y una gran elegancia natural, razones sobradas para que las malas lenguas no la dejaran en paz. Si sus platónicos pretendientes espantaban a la mojigata sociedad santiaguina, imagine usted el escándalo que se armó cuando se supo de sus amores con un hombre casado, padre de cuatro hijos y sobrino de un obispo.
Entre muchos candidatos, mi madre escogió al más feo de todos. Ramón Huidobro parecía un sapo verde, pero con el beso de amor se transformó en príncipe, como en el cuento, y ahora puedo jurar que es guapo. Relaciones clandestinas habían existido siempre, en eso los chilenos somos expertos, pero de clandestino ese romance nada tenía y pronto fue un secreto a voces. Ante la imposibilidad de disuadir a su hija o de impedir el escándalo, mi abuelo decidió salirle al paso y trajo al amante a vivir bajo su techo, desafiando a la sociedad entera y a la Iglesia. El obispo en persona vino a poner las cosas en su sitio, pero mi abuelo lo condujo de un ala amablemente hacia la puerta, con el argumento de que con sus pecados corría él y con los de su hija también. Con el tiempo ese amante habría de convertirse en mi padrastro, el incomparable tío Ramón, amigo, confidente, mi único y verdadero padre; pero cuando llegó a vivir a nuestra casa lo consideré mi enemigo y me propuse hacerle la vida imposible.
Cincuenta años más tarde él asegura que esto no es cierto, que jamás le declaré la guerra; pero lo dice de puro noble, para aliviarme la conciencia, porque recuerdo muy bien mis planes de darle una muerte lenta y dolorosa.
Chile es posiblemente el único país de la galaxia donde no existe el divorcio, porque nadie se atreve a desafiar a los curas, a pesar de que el setenta y uno por ciento de la población lo reclama desde hace mucho tiempo. Ningún parlamentario, ni siquiera los que se han separado de sus esposas y juntado con una serie de otras mujeres en rápida sucesión, enfrenta a los curas. El resultado es que la ley de divorcio duerme año tras año en el archivo de asuntos pendientes y cuando finalmente se apruebe tendrá tantas cortapisas y condiciones, que será más conveniente asesinar al cónyuge que divorciarse. Mi mejor amiga, cansada de esperar que saliera su nulidad matrimonial, consultaba a diario los obituarios de la prensa con la esperanza de ver en ellos el nombre de su marido. Nunca se atrevió a rezar para que el hombre recibiera la muerte que merecía, pero si se lo hubiera pedido buenamente al Padre Hurtado, sin duda éste la hubiera complacido. Los resquicios legales han servido por más de cien años a millares de parejas para anular sus matrimonios. Así lo hicieron mis padres. Bastaron la voluntad de mi abuelo y sus conexiones, para que mi padre desapareciera por obra de magia y mi madre fuera declarada soltera con tres hijos ilegítimos, que nuestra ley llama «putativos». Mi padre firmó los papeles sin chistar, una vez que le aseguraron que no tendría que mantener a sus chiquillos. La nulidad consiste en que una serie de testigos falsos jura en vano frente a un juez, quien finge creer que lo que le cuentan es cierto. Para obtener una nulidad se necesita por lo menos un abogado, para quien el tiempo es oro, porque gana por hora, de modo que no le conviene abreviar los trámites. El único requisito para que el abogado «saque» la nulidad es que la pareja se ponga de acuerdo, porque si uno de los dos se niega a participar en el engaño, como hizo la primera mujer de mi padrastro, no hay caso. El resultado es que hombres y mujeres se juntan y se separan sin papeles de ninguna clase, como ha hecho la casi totalidad de la gente que conozco. Mientras escribo estas reflexiones, en el tercer milenio, la ley de divorcio aún sigue pendiente, a pesar de que el presidente de la República anuló su primer matrimonio y se volvió a casar. Al paso que vamos mi madre y el tío Ramón, que ya están en los ochenta y han vivido juntos bastante más de medio siglo, morirán sin poder legalizar su situación. Ya no les importa a ninguno de los dos y aunque pudieran, no se casarían; prefieren ser recordados como amantes de leyenda.

El tío Ramón trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, como mi padre, y al poco tiempo de instalarse bajo el techo protector de mi abuelo en calidad de yerno ilegítimo, fue enviado en una misión diplomática a Bolivia. Eran los comienzos de los años cincuenta. Mi madre y nosotros, sus hijos, partimos tras él.
Antes de comenzar a viajar, yo estaba convencida de que todas las familias eran como la mía, que Chile era el centro del universo y que el resto de la humanidad tenía nuestro aspecto y hablaba castellano como primera lengua; el inglés y el francés eran asignaciones escolares, como la geometría. Apenas cruzamos la frontera tuve la primera sospecha de la vastedad del mundo y me di cuenta que nadie, absolutamente nadie, sabía cuán especial era mi familia. Aprendí rápido lo que se siente al ser rechazada. Desde el momento en que dejamos Chile y comenzamos a ir de un país a otro, me convertí en la niña nueva en el barrio, la extranjera en el colegio, la rara que se vestía diferente y ni siquiera podía hablar como los demás. No veía las horas de regresar a mi terreno conocido en Santiago, pero cuando finalmente eso ocurrió, varios años más tarde, tampoco me avine allí, porque había estado afuera demasiado tiempo. Ser extranjera, como lo he sido casi siempre, significa que debo esforzarme mucho más que los nativos, lo cual me ha mantenido alerta y me ha obligado a desarrollar flexibilidad para adaptarme a diversos ambientes. Esta condición tiene algunas ventajas para alguien que se gana la vida observando: nada me parece natural, casi todo me sorprende. Hago preguntas absurdas, pero a veces las hago a la gente adecuada y así consigo temas para mis novelas.
Francamente, una de las características de Willie que más me atraen es su actitud desafiante y confiada. No duda de sí mismo o de sus circunstancias. Siempre ha vivido en el mismo país, sabe comprar por catálogo, votar por correo, abrir un frasco de aspirina y dónde llamar cuando se inunda la cocina. Envidio su seguridad; él se siente totalmente a gusto en su cuerpo, en su lengua, en su país, en su vida. Hay cierta frescura e inocencia en la gente que ha permanecido siempre en el mismo lugar y cuenta con testigos de su paso por el mundo. En cambio aquellos de nosotros que nos hemos ido muchas veces desarrollamos por necesidad un cuero duro. Como carecemos de raíces y de testigos del pasado, debemos confiar en la memoria para dar continuidad a nuestras vidas; pero la memoria es siempre borrosa, no podemos fiarnos en ella.
Los acontecimientos de mi pasado no tienen contornos precisos, están esfumados, como si mi vida hubiera sido sólo una sucesión de ilusiones, de imágenes fugaces, de asuntos que no comprendo o que comprendo a medias. No tengo certezas de ninguna clase. Tampoco logro sentir a Chile como un lugar geográfico con ciertas características precisas, un sitio definible y real. Lo veo como se ven los caminos del campo al atardecer, cuando las sombras de los álamos engañan la vista y el paisaje parece sólo un sueño.

GENTE SOBERBIA Y SERIA

Una amiga mía dice que nosotros, los chilenos, somos po-bres, pero delicados de los pies. Se refiere, por supuesto, a nuestra injustificada susceptibilidad, siempre a flor de piel, a nuestro orgullo solemne, nuestra tendencia a convertirnos en tontos graves apenas nos dan la oportunidad. ¿De dónde nos vienen esas características? Supongo que un poco es atribuible a la madre patria, España, que nos legó una mezcla de pasión y severidad; otro tanto se lo debemos a la sangre de los sufridos araucanos, y del resto podemos culpar a la suerte.
Tengo algo de sangre francesa, por parte de mi padre, y sin duda algo de indígena, basta verme para adivinarlo, pero mis orígenes son principalmente castellano–vascos. Los fundadores de familias como la mía intentaron establecer dinastías y para eso algunos de ellos se atribuyeron un pasado aristocrático, aunque en realidad eran labriegos y aventureros españoles, llegados hace algunos siglos al rabo de América con una mano por delante y otra por detrás. De sangre azul, lo que se dice, nada. Eran ambiciosos y trabajadores, se apoderaron de las tierras más fértiles en las cercanías de Santiago y se abocaron a la tarea de convertirse en notables. Como inmigraron antes y se enriquecieron rápido, pudieron darse el lujo de mirar para abajo a los que llegaron después. Se casaban entre ellos y, como buenos católicos, producían copiosa descendencia. Los hijos normales se destinaban a la tierra, los ministerios y a la jerarquía eclesiástica, pero jamás al comercio, que era para otra clase de gente; los menos favorecidos intelectualmente iban a parar a la Marina. A menudo sobraba algún hijo para presidente de la República. Tenemos estirpes de presidentes, como si el cargo fuera hereditario, porque los chilenos votan por un nombre conocido. La familia Errázuriz, por ejemplo, tuvo tres presi-dentes, treinta y tantos senadores y no sé cuántos diputados, además de varios jerarcas de la Iglesia. Las hijas virtuosas de familias «conocidas» se casaban con sus primos o se convertían en beatas de dudosos milagros; de las hijas descarriadas se encargaban las monjas. Era gente conservadora, devota, honorable, soberbia y avara, pero en general de bondadosa disposición, no tanto por temperamento, sino por hacer méritos para ganar el cielo. Se vivía en el temor de Dios.
Me crié convencida de que cada privilegio trae como consecuencia natural una larga lista de responsabilidades. Esa clase social chilena mantenía cierta distancia con sus semejantes, porque había sido colocada en la Tierra para dar ejemplo, pesada carga que asumía con devoción cristiana. Debo aclarar, sin embargo, que a pesar de sus orígenes y apellidos, la rama de la familia de mi abuelo no formaba parte de esa oligarquía, gozaba de un buen pasar, pero carecía de fortuna o de tierras.
Una de las características de los chilenos en general y de los descendientes de castellanos y vascos en particular, es la sobriedad, que contrasta con el temperamento exuberante, tan común en el resto de América Latina. Crecí entre tías millonarias, primas de mi abuelo y mi madre, vestidas con ropones negros hasta los talones, quienes hacían alarde de «virar» los ternos de sus maridos, engorroso proceso que consistía en descoser el traje, planchar los pedazos y volver a unirlos por el revés para darles nueva vida. Era fácil distinguir a las víctimas, porque llevaban el bolsillo superior de la chaqueta a la derecha, en vez de a la izquierda. El resultado era siempre patético, pero el esfuerzo demostraba cuán ahorrativa y hacendosa era la buena señora. Eso de ser hacendosa es fundamental en mi país, donde la pereza es privilegio masculino. A los hombres se les perdona, igual como se tolera en ellos el alcoholismo, porque se supone que son inevitables características biológicas: el que nace así, nace así... No es el caso de las mujeres, se entiende. Las chilenas, incluso las de fortuna, no se pintan las uñas, porque eso indicaría que no trabajan con las manos y uno de los peores epítetos es ser tachada de holgazana. Antaño, al subir a un autobús, se veía a todas las mujeres tejiendo; pero eso ya no es así, porque ahora llegan toneladas de ropa de segunda mano de Estados Unidos y basura de poliéster de Taiwán, de modo que el tejido pasó a la historia.
Se ha especulado que nuestra tan ponderada sobriedad es herencia de agotados conquistadores españoles, que llegaban medio muertos de hambre y sed, impulsados más por desesperación que por codicia. Esos valientes capitanes –los últimos en el reparto del botín de la Conquista– debían cruzar la cordillera de los Andes por pasos traicioneros, o atravesar el desierto de Atacama bajo un sol de lava ardiente, o desafiar las olas y los vientos fatídicos del cabo de Hornos. La recompensa apenas valía la pena, porque Chile no ofrecía, como otras regiones del continente, la posibilidad de enrique-cimiento exorbitante. Las minas de oro y plata se contaban con los dedos de una mano y había que arrancar sus peñascos con un esfuerzo descomunal; tampoco daba el clima para prósperas plantaciones de tabaco, café o algodón. El nuestro siempre fue un país medio pobre; a lo más que el colono podía aspirar era a una existencia tranquila dedicada a la agricultura.
Antes la ostentación era inaceptable, como he dicho, pero por desgracia eso ha cambiado, al menos entre los santiagui-nos. Se han puesto tan pretenciosos, que van al automercado los domingos por la mañana, llenan el carrito con los productos más caros –caviar, champaña, filete–, se pasean un buen rato para que otros admiren sus compras, luego lo abandonan en un pasillo y salen discretamente con las manos vacías. También he oído que un buen porcentaje de los teléfonos celulares son de madera; sólo sirven para jactarse. Años atrás esto habría sido impensable; los únicos que vivían en mansiones eran los árabes nuevos ricos y nadie en su sano juicio se habría puesto un abrigo de piel, aunque hiciera un frío polar.
El lado positivo de tanta modestia –falsa o auténtica– era, por supuesto, la sencillez. Nada de celebraciones de quinceañeras con cisnes teñidos de rosa, nada de bodas imperiales con tortas de cuatro pisos, nada de fiestas con orquesta para perritos falderos, como en otras capitales de nuestro exuberante continente. La sobriedad nacional fue un rasgo notable, que desapareció con el capitalismo a ultranza impuesto en las últimas dos décadas, cuando ser rico y parecerlo se puso de moda, pero espero que pronto volvamos a lo conocido. El carácter de los pueblos es tenaz.
Ricardo Lagos, el actual presidente de la República (princi-pios del año 2002), vive con su familia en una casa alquilada en un barrio sin pretensiones. Cuando lo visitan dignatarios de otras naciones se quedan pasmados ante las reducidas dimen-siones de la casa y el asombro aumenta al ver al dignatario preparar los tragos y a la primera dama ayudando a servir la mesa. Aunque la derecha no perdona que Lagos no sea «gente como ellos», admira su sencillez. Esta pareja es un típico exponente de la clase media de antigua cepa, formada en escuelas y universidades estatales gratuitas, laicas y humanistas. Los Lagos son chilenos criados en los valores de igualdad y justicia social, a quienes la obsesión materialista de hoy parece no haber rozado. Es de suponer que el ejemplo servirá para terminar de una vez por todas con los carritos abandonados en el automercado y los teléfonos de madera.

Se me ocurre que esa sobriedad, tan arraigada en mi familia, así como la tendencia a disimular la alegría o el bienestar, provenía de la vergüenza que sentíamos al ver la miseria que nos rodeaba. Nos parecía que tener más que otros no sólo era una injusticia divina, sino también una especie de pecado personal. Debíamos hacer penitencia y caridad para compensar. La penitencia era comer a diario frijoles, lentejas o garbanzos y pasar frío en invierno. La caridad era una actividad familiar, que correspondía casi exclusivamente a las mujeres. Desde muy pequeñas las niñas íbamos de la mano con las madres o las tías, a repartir ropa y comida entre los pobres. Esa costumbre terminó hace como cincuenta años, pero ayudar al prójimo sigue siendo una obligación que los chilenos asumen con alegría, como corresponde en un país donde no faltan ocasiones de ejercerla. En Chile la pobreza y la solidaridad van de la mano.
No hay duda que existe una tremenda disparidad entre ri-cos y pobres, tal como ocurre en casi toda América Latina. El pueblo chileno, por pobre que sea, está más o menos bien educado, se mantiene informado y conoce sus derechos, aunque no siempre pueda hacerlos valer. Sin embargo, la pobreza asoma su fea cabeza a cada rato, sobre todo en tiempos de crisis. Para ilustrar la generosidad nacional, nada mejor que unos párrafos de una carta de mi madre desde Chile, con ocasión de las inundaciones del invierno de 2002, que sumergieron medio país en un océano de agua sucia y barro.

“Ha llovido varios días seguidos. De repente amaina y es una lluvia finita que sigue mojándonos y justo cuando el Ministerio del Interior dice que ya viene mejor tiempo, cae otro chubasco como tempestad y le vuela el sombrero. Ha sido otra dura prueba para la población. Hemos visto la verdadera cara de la miseria en Chile, la pobreza disfrazada de clase media baja, la que más sufre, porque tiene esperanzas. Esa gente trabaja una vida entera para obtener una vivienda decente y las empresas la estafan: pintan las casas muy lindas por fuera, pero no les hacen desagües y con la lluvia no sólo se inundan, sino que empiezan a deshacerse como miga de pan. Lo único que distrae del desastre es el campeonato mundial de fútbol. Iván Zamorano, nuestro ídolo futbolístico, donó una tonelada de alimento y pasa los días en las poblaciones anegadas entreteniendo a los niños y repartiendo pelotas. No te puedes imaginar las escenas de dolor; siempre son los de menos recursos los que sufren las peores inclemencias. El futuro se ve negro, porque el temporal ha sumergido los campos de verduras bajo el agua y el viento ha volado plantaciones enteras de frutales. En Magallanes mue-ren las ovejas por miles, atrapadas en la nieve a merced de los lobos. Por supuesto, la solidaridad de los chilenos se manifiesta en todas partes. Hombres, mujeres y adolescentes con el agua hasta las rodillas y cubiertos de lodo, cuidan niños, reparten ropa, apuntalan poblaciones enteras que el agua arrastra hacia las quebradas. En la Plaza Italia se ha ins-talado una enorme carpa; pasan los automóviles y sin detenerse lanzan paquetes de frazadas y alimentos a los brazos de los estudiantes que esperan. La Estación Mapocho está convertida en un enorme refugio de damnificados, con su escenario donde los artistas de Santiago, los grupos de rock y hasta la orquesta sinfónica amenizan, obligando a bailar a la gente entumida de frío, que así olvida por unos instantes su desgracia. Ésta es una lección de humildad muy grande. El presidente, acompañado por su mujer y los ministros, recorre los refugios y ofrecen consuelo. Lo mejor es que la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, hija de un asesinado por la dictadura, sacó al ejército a trabajar por los damnificados y anda encaramada a un carro de guerra con el comandante en jefe a su lado, ayudando día y noche. ¡En fin! Cada uno hace lo que puede. La cuestión será ver qué hacen los bancos, que son un escándalo de corrupción en este país.”

Tal como ante el éxito ajeno el chileno se irrita, igualmente es magnífico ante la desgracia; entonces pone de lado su mezquindad y se convierte de súbito en la persona más solidaria y generosa de este mundo. Hay varias maratones anuales por televisión destinadas a la caridad y todos, especialmente los más humildes, se lanzan en una verdadera competencia a ver quién da más. Ocasiones de apelar a la compasión pública no faltan en una nación permanentemente remecida por fatalidades que descalabran los cimientos de la vida, diluvios que arrastran pueblos enteros, olas descomunales que ponen barcos al medio de las plazas. Estamos hechos a la idea de que la vida es incierta, siempre aguardamos que nos caiga encima otro infortunio. Mi marido –quien mide un metro ochenta y es de rodillas poco flexibles– no podía entender por qué guardo las copas y los platos en las repisas más bajas de la cocina, donde él sólo al-canza acostado de espalda en el suelo, hasta que el terremoto de 1988 en San Francisco destruyó la vajilla de los vecinos, pero la nuestra quedó intacta.

No todo es golpearse el pecho con sentimiento de culpa y hacer caridad para compensar la injusticia económica. Nada de eso. Nuestra seriedad se compensa ampliamente con la glotonería; en Chile la existencia transcurre en torno a la mesa. La mayor parte de los empresarios que conozco están con diabetes, porque las reuniones de negocios son con desayuno, almuerzo o cena. Nadie firma un papel sin tomarse por lo menos un café con galletitas o un trago.
Si bien es cierto que comíamos legumbres a diario, el menú cambiaba los domingos. Un típico almuerzo dominical en casa de mi abuelo empezaba con contundentes empanadas, unos pasteles de carne con cebolla, capaces de provocar acidez al más sano; luego se servía cazuela, una sopa levantamuertos de carne, maíz, papa y verduras; enseguida un suculento chupe de mariscos, cuyo delicioso aroma llenaba la casa, y para terminar una colección de postres irresistibles, entre los cuales no podía faltar la tarta de manjar blanco o dulce de leche, antigua receta de la tía Cupertina, todo acompañado con litros de nuestro fatídico pisco sour, y varias botellas de buen vino tinto envejecido por años en el sótano de la casa. Al salir nos daban una cucharada de leche de magnesia. Esto se multiplicaba por cinco cuando se celebraba el cumpleaños de un adulto; los niños no merecíamos tal deferencia. Nunca oí mencionar la palabra co-lesterol. Mis padres, que tienen más de ochenta años, consu-men noventa huevos, un litro de crema, medio kilo de mante-quilla y dos de queso a la semana. Están sanos y frescos como chiquillos.

Aquella reunión familiar no sólo era buena ocasión para comer y beber con gula, sino también para pelear con saña. Al segundo vaso de pisco sour los gritos y los insultos entre mis parientes se oían por todo el barrio. Después partía cada cual por su lado jurando no volver a hablarse, pero al domingo si-guiente nadie se atrevía a faltar, mi abuelo no lo habría perdo-nado.
Entiendo que esta perniciosa costumbre se ha mantenido en Chile, a pesar de lo mucho que se ha evolucionado en otros aspectos. Siempre me espantaron esas reuniones obligatorias, pero resulta que ahora, en la madurez de mi existencia, las he reproducido en California. Mi fin de semana ideal es tener la casa llena de gente, cocinar para un regimiento y acabar el día discutiendo a voz en cuello.
Las peleas entre parientes se mantenían en privado. La privacidad es un lujo de las clases pudientes, porque la mayor parte de los chilenos no la tiene. Las familias de la clase media para abajo viven en promiscuidad, en muchos hogares duer-men varias personas en la misma cama. En caso que exista más de una habitación, los tabiques divisorios son tan delga-dos, que se oyen hasta los suspiros en la pieza de al lado. Para hacer el amor hay que esconderse en sitios inverosímiles: baños públicos, debajo de los puentes, en el zoológico, etc. En vista de que la solución al problema habitacional puede demorar veinte años, con suerte, se me ocurre que el Gobierno tiene la obligación de proporcionar moteles gratuitos para parejas desesperadas, así se evitarían muchos problemas mentales.
Cada familia cuenta con algún tarambana, pero la consigna siempre es cerrar filas en torno a la oveja negra y evitar el escándalo. Desde la cuna los chilenos aprendemos que «la ropa sucia se lava en casa» y no se habla de los parientes alcohólicos, los que se endeudan, los que apalean a su mujer o han pasado por la cárcel. Todo se esconde, desde la tía cleptómana hasta el primo que seduce viejecitas para quitarles sus míseros ahorros y, especialmente, aquel que canta en un cabaret vestido de Liza Minelli, porque en Chile cualquier originalidad en materia de preferencia sexual es imperdonable. Ha costado una batalla que se discuta públicamente el impacto del sida, porque nadie desea admitir las causas.



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¡MI PAIS INVENTADO-ISABEL ALLENDE!



(Continuemos con el libro de Isabel Allende-6ª parte-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
De esas uniones desiguales nacían hijas humilladas que a su vez serían violadas, e hijos que temían y admiraban al padre soldado, irascible, veleidoso, poseedor de todos los derechos, incluso el de la vida y la muerte. Al crecer se identificaban con él, jamás con la raza vencida de la madre.
Algunos conquistadores llegaron a tener treinta concubinas, sin contar las mujeres que violaban y abandonaban en pocos minutos. La Inquisición se encarnizaba contra los mapuches por sus costumbres polígamas, pero hacía la vista gorda ante los serrallos de indias cautivas que acompañaban a los españoles, porque la multiplicación de mestizos significaba súbditos para la corona española y almas para la religión cristiana. De aquellos abrazos violentos proviene nuestro pueblo y hasta el día de hoy los hombres actúan como si estuvieran sobre su caballo mirando al mundo desde arriba, mandando, conquistando. Como teoría no está mal, ¿verdad?
Las chilenas son cómplices del machismo: educan a sus hijas para servir y a sus hijos para ser servidos. Mientras por una parte luchan por sus derechos y trabajan sin descanso, por otra atienden al marido y a los hijos varones, secundadas por sus hijas, a quienes les inculcan desde pequeñas sus obligaciones. Las chicas modernas se rebelan, por supuesto, pero apenas se enamoran repiten el esquema aprendido, confundiendo amor con servicio. Me entristece ver a esas muchachas espléndidas sirviendo a los novios como si éstos fueran inválidos. No sólo les ponen la comida en el plato, también se ofrecen para cortarles la carne. Me dan lástima porque yo era igual. Hace poco hubo un personaje cómico de la televisión que tuvo un gran éxito: un hombre vestido de mujer que imitaba a la esposa modelo. La pobre Elvira –así se llamaba– planchaba camisas, cocinaba platos complicadísimos, hacía las tareas de los niños, enceraba el piso a mano y, además, volaba a arreglarse antes de que llegara su hombre, para que no la hallara fea. No descansaba jamás y era culpable de todo. Incluso corría una maratón por la calle persiguiendo el autobús donde iba el marido, para entregarle el maletín que él había dejado atrás. El programa hacía reír a gritos a los hombres, pero las mujeres se molestaban tanto, que al final lo suprimieron: no les gustaba verse retratadas con tal fidelidad por la inefable Elvira.
Mi marido americano, que corre con la mitad de las labores domésticas en nuestra casa, se escandaliza con el machismo chileno. Cuando un hombre lava el plato que ha usado para comer, considera que «está ayudando» a su mujer o su madre, y espera ser celebrado por ello. Entre nuestras amistades chilenas siempre hay una mujer que lleva el desayuno en bandeja a la cama a los muchachos adolescentes, les lava la ropa y les tiende la cama. Si no hay una «nana», lo hace la madre o la hermana, cosa que jamás ocurriría en Estados Unidos. A Willie también le espanta la institución de la empleada doméstica. Prefiero no contarle que en décadas anteriores los deberes de estas mujeres solían ser bastante íntimos, aunque de eso jamás se hablaba: las madres hacían la vista ciega, mientras los padres se ufanaban de las proezas del joven en la pieza de servicio. Es «hijo de tigre», decían, recordando sus propias experiencias. La idea general era que, al desahogarse con la criada, el muchacho no se propasaba con alguna niña de su medio social y, en todo caso, estaba más seguro con ella que con una prostituta. En los campos existía una versión criolla del «derecho de pernada», que en tiempos feudales permitía al señor violar a las novias antes de su primera noche de casadas. Entre nosotros la cosa no era tan organizada: el patrón se acostaba con quien y cuando le daba la gana. Así sembraron sus tierras de bastardos; existen regiones donde prácticamente todo el mundo lleva el mismo apellido. (Uno de mis antepasados rezaba de rodillas después de cada violación: «Señor, no fornico por gusto o por vicio, sino por dar hijos a tu servicio...».) Hoy las «nanas» se han emancipado tanto, que las patronas prefieren contratar inmigrantes ilegales del Perú, a quienes todavía pueden maltratar como antes hacían con las chilenas.
En materia de educación y salud, las mujeres están a la par o por encima de los hombres, pero no así en lo que se refiere a oportunidades y poder político. Lo normal en el campo laboral es que ellas hagan el trabajo pesado y ellos manden. Pocas ocupan los puestos más altos del Gobierno, la industria, la empresa privada o la pública: topan con una lápida que les impide alcanzar la cima. Cuando alguna alcanza un nivel alto, digamos ministra en el Gobierno o gerente de un banco, es motivo de asombro y admiración. En los últimos diez años, sin embargo, la opinión pública tiene una percepción positiva de las mujeres como líderes políticos, las ve como una alternativa viable, porque han demostrado ser más honestas, eficientes y trabajadores que los hombres. ¡Vaya descubrimiento!
Cuando ellas se organizan logran ejercer gran influencia, pero parecen no tener conciencia de su propia fuerza. Se dio el caso, durante el gobierno de Salvador Allende, que las mujeres de la derecha salieron a golpear cacerolas protestando por el desabastecimiento y a lanzar plumas de gallina en la Escuela Militar, llamando a los soldados a la subversión. Así contribuyeron a provocar el golpe militar. Años después, otras mujeres fueron las primeras en salir a la calle para denunciar la represión de los militares, enfrentando chorros de agua, palos y balas. Formaron un grupo poderoso llamado Mujeres por la Vida, que desempeñó un papel fundamental en el derrocamiento de la dictadura, pero después de la elección decidieron disolver el movimiento. Una vez más cedieron su poder a los varones.
Debo aclarar que las chilenas, tan poco agresivas para pe-lear por el poder político, son verdaderas guerreras en lo que se refiere al amor. Enamoradas son muy peligrosas. Y, hay que decirlo, se enamoran muchísimo. Según las estadísticas, el cincuenta y ocho por ciento de las casadas son infieles. Se me ocurre que a menudo las parejas se cruzan: mientras el hombre seduce a la esposa de su mejor amigo, su propia mujer retoza en el mismo motel con el buen amigo. En tiempos de la colonia, cuando Chile dependía del virreinato de Lima, llegó un cura dominico del Perú, enviado por la Inquisi-ción, para acusar a unas señoras de la sociedad de practicar sexo oral con sus maridos (¿cómo lo averiguó?). El juicio no llegó a ninguna parte, porque las damas en cuestión no se dejaron apabullar. Esa noche mandaron a los maridos, quienes mal que mal también habían participado en el pecado, aunque a ellos nadie los juzgaba, a disuadir al inquisidor. Éstos lo sorprendieron en un callejón oscuro y sin más trámite lo caparon, como a un novillo. El pobre dominico volvió a Lima sin testículos y el asunto no volvió a mencionarse.
Sin llegar a tales extremos, tengo un amigo que no podía librarse de una amante apasionada y finalmente un día la dejó durmiendo siesta y salió escapando. Había empacado unas cuantas pertenencias en una mochila y corría por la calle detrás de un taxi, cuando sintió que un oso le caía encima por las espaldas, lanzándolo de bruces al suelo, donde quedó aplastado como una cucaracha: era la amante, quien había salido en su persecución completamente desnuda y dando alaridos. De las casas del barrio asomaron curiosos a gozar del espectáculo. Los hombres observaban divertidos, pero apenas otras mujeres comprendieron de qué se trataba ayudaron en la tarea de sujetar a mi escurridizo amigo. Por último lo llevaron en vilo entre varias de vuelta a la cama que había abandonado durante la siesta.
Puedo dar como trescientos ejemplos más, pero supongo que con éste basta.

A DIOS ROGANDO

Lo que acabo de contar sobre aquellas damas de la época colonial, que desafiaron a la Inquisición, es uno de esos mo-mentos excepcionales en nuestra historia, porque en realidad el poder de la Iglesia católica es incuestionable y ahora, con el auge de los movimientos fundamentalistas católicos, como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, es mucho peor.
Los chilenos son religiosos, aunque su práctica tiene mucho más de fetichismo y superstición que de inquietud mística o conocimiento teológico. Nadie se dice ateo, ni los comunistas de pura cepa, porque ese término se considera un insulto, se prefiere la palabra agnóstico. Por lo general, hasta los más incrédulos se convierten en el lecho de muerte, ya que arriesgan mucho si no lo hacen y una confesión a última hora no le hace mal a nadie. Esta compulsión espiritual proviene de la tierra misma: un pueblo que vive entre montañas, lógicamente vuelve los ojos al cielo. Las manifestaciones de fe son impresionantes. Convocados por la Iglesia salen millares y millares de jóvenes en largas procesiones, con velas y flores, alabando a la Virgen María o pidiendo por la paz a voz en cuello, con el mismo entusiasmo con que en otros países chillan en los conciertos de rock. El rosario en familia y el mes de María solían tener un éxito rotundo, pero ahora las telenovelas han ganado más adeptos.

Por supuesto, nunca faltaron esotéricos en mi familia. Uno de mis tíos ha pasado setenta años de su vida predicando el encuentro con la nada; tiene muchos seguidores. Si en mi ju-ventud yo le hubiera hecho caso, hoy no estaría estudiando budismo y tratando infructuosamente de pararme de cabeza en la clase de yoga. Aquella centenaria tía demente, disfrazada de monja, quien intentaba regenerar a las prostitutas de la calle Maipú, no le llegaba a los talones en materia de santidad a una hermana de mi abuela a la que le salieron alas. No eran alas con plumas áureas, como las de los ángeles renacentistas, que hubieran llamado la atención, sino discretos muñoncitos en los hombros, erróneamente diagnosticados por los médicos como deformación en los huesos. A veces, según por dónde le diera la luz, podíamos verle la aureola como un plato de luz flotando encima de su cabeza. He contado su historia en los Cuentos de Eva Luna y no es el caso repetirla; baste decir que, en contraste con la tendencia generalizada a quejarse por todo, característica de los chilenos, ella andaba siempre contenta, aunque tuvo un trágico destino. En otra persona esa actitud de injustificada felicidad habría sido imperdonable, pero en aquella mujer transparente se toleraba de lo más bien. Siempre he tenido su fotografía sobre mi mesa de trabajo, para reconocerla cuando entra disimuladamente en las páginas de un libro o se me aparece en algún rincón de la casa.
En Chile abundan santos de variados pelajes, lo cual no es raro, porque es el país más católico del mundo, más que Irlanda y ciertamente mucho más que el Vaticano. Hace algunos años tuvimos una doncella, muy parecida de facha a la estatua de San Sebastián el Mártir, quien realizaba notables curaciones. Le cayeron encima la prensa, la televisión y multitudes de peregrinos, que no la dejaban en paz a ninguna hora. Al ser examinada de cerca resultó ser un travesti, pero eso no le restó prestigio ni puso fin a los prodigios, por el contrario. Cada tanto despertamos con el anuncio de que otro santo o un nuevo Mesías ha hecho su aparición, lo cual siempre atrae esperanzadas multitudes. Me tocó hacer un reportaje en los años setenta, cuando trabajaba de periodista, sobre el caso de una muchacha a la cual se le atribuían profecías y el don de sanar animales y arreglar motores descompuestos sin tocarlos. La choza humilde donde vivía se llenaba de campesinos que acudían a diario, siempre a la misma hora, a presenciar aquellos discretos milagros. Aseguraban que una invisible lluvia de piedras se estrellaba sobre el techo de la choza con una sonajera de fin de mundo, la tierra temblaba y la chica caía en trance. Tuve oportunidad de asistir a un par de estos eventos y comprobé el trance, durante el cual la santa adquiría la descomunal fuerza física de un gladiador, pero no recuerdo que cayeran peñascos del cielo ni que se sacudiera el suelo. Es posible que, tal como explicó un predicador evangélico del lugar, eso no sucediera debido a mi presencia: yo era una descreída capaz de arruinar hasta el más legítimo milagro. En todo caso, el asunto salió en los periódicos y el interés popular por la santa fue subiendo de tono, hasta que llegó el ejército y le puso fin a su manera. La historia me sirvió diez años más tarde para incluirla en una de mis novelas.
Los católicos son mayoría en el país, aunque cada vez hay más evangélicos y pentecostales, que irritan a todo el mundo porque se entienden directamente con Dios, mientras que los demás deben pasar por la burocracia sacerdotal. Los mormo-nes, que también son muchos y muy poderosos, ayudan a sus adeptos como una verdadera agencia de empleo, tal como an-tes hacían los miembros del partido radical. El resto son judíos, unos pocos musulmanes y, entre los de mi generación, espiritualistas de la Nueva Era, un cóctel de ecología, cristianismo, prácticas budistas, unos cuantos ritos recientemente rescatados de las reservas indígenas y el acompañamiento habitual de gurús, astrólogos, psíquicos y otros guías del alma.
Desde que se privatizó el sistema de salud y los medica-mentos son un negocio inmoral, la medicina folklórica y orien-tal, las machis o meicas, los chamanes indígenas, el herbario autóctono y las curaciones milagrosas han reemplazado en parte a la medicina tradicional, con iguales resultados. La mitad de mis amigos está en manos de algún psíquico que les dirige el destino y los mantiene sanos lavándoles el aura, imponiéndoles las manos o conduciéndolos en viajes astrales. La última vez que estuve en Chile me hipnotizó un amigo, que está estudiando para curandero, y me hizo retroceder varias encarnaciones. No resultó fácil regresar al presente, porque mi amigo todavía no había concluido el curso, pero el experimento valió la pena, porque descubrí que en vidas anteriores no fui Gengis Khan, como cree mi madre.
No he logrado sacudirme por completo la religión y ante cualquier apuro lo primero que se me ocurre es rezar, por si acaso, como hacen todos los chilenos, incluso los ateos, perdón, agnósticos. Digamos que necesito un taxi; la experiencia me ha demostrado que basta un padrenuestro para hacerlo aparecer.
Hubo una época, entre la infancia y los quince años, en la cual alimenté la fantasía de ser monja, para disimular el hecho de que seguramente jamás conseguiría un marido, idea que no he descartado; aún me asalta la tentación de terminar mis días en la pobreza, el silencio y la soledad en una orden benedictina o en un monasterio budista. Las sutilezas teológicas no importan, lo que me gusta es el estilo de vida. A pesar de mi invencible frivolidad, la existencia monástica me parece atrayente. A los quince años me alejé para siempre de la Iglesia y adquirí horror por las religiones en general y las monoteístas en particular. No estoy sola en este predicamento, muchas mujeres de mi edad, guerrilleras de la liberación femenina, tampoco se sienten cómodas en las religiones patriarcales –¿hay alguna que no lo sea?– y han debido inventar sus propios cultos, aunque en Chile siempre tienen un tinte cristiano. Por animista que alguien se declare, siempre habrá una cruz en su casa o la llevará colgada al pecho. Mi religión, por si a alguien le interesa, se reduce a una pregunta simple: «¿Qué es lo más generoso que se puede hacer en ese caso?». Si la pregunta no se aplica, tengo otra: «¿Qué pensaría mi abuelo de esto?». Lo cual no quita que a la hora de una necesidad, me persigne.

Solía yo decir que Chile es un país fundamentalista, pero después de comprobar los excesos del Talibán, debo moderar mi juicio. Tal vez no somos fundamentalistas, pero poco nos falta. Hemos tenido la suerte, eso sí, de que a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, la Iglesia católica –con pocas lamentables excepciones– ha estado casi siempre del lado de los pobres, lo cual le ha ganado inmenso respeto y simpatía. En tiempos de la dictadura muchos curas y monjas asumieron la tarea de ayudar a las víctimas de la represión y lo pagaron caro. Como dijo Pinochet en 1979, «los únicos que andan llorando por restaurar la democracia en Chile son los políticos y uno o dos sacerdotes». (Ésa era la época en que, según los generales, Chile gozaba de una «democracia totalitaria».)
Las iglesias se llenan los domingos y el Papa es venerado, aunque casi nadie le hace caso en el tema de los anticoncepti-vos, porque se parte de la base que un anciano célibe, que no necesita ganarse la vida, no puede ser un experto en ese deli-cado asunto. La religión es colorida y ritualista. No tenemos carnavales, pero en cambio tenemos procesiones. Cada santo se distingue por su especialidad, como los dioses del Olimpo: para devolver la vista a los ciegos, para castigar maridos infie-les, para encontrar novio, para protección de conductores de vehículos; pero el más popular es sin duda el Padre Hurtado, que no es santo todavía, pero todos esperamos que pronto lo sea, aunque el Vaticano no se caracteriza por la celeridad en sus decisiones. Este extraordinario sacerdote fundó una obra llamada El Hogar de Cristo, que hoy es una empresa multimi-llonaria dedicada por entero a ayudar a los pobres. El Padre Hurtado es tan milagroso, que rara vez le he pedido algo que no se haya cumplido, mediante el pago de una justa suma a sus obras de caridad o de algún sacrificio importante.
Debo ser una de las pocas personas vivas que han leído los tres tomos completos de la eterna epopeya La Araucana, en verso rimado y español antiguo. No lo hice por curiosidad ni por presumir de culta, sino por cumplir una promesa al Padre Hurtado. Sostenía este hombre de claro corazón que la crisis moral se produce cuando los mismos católicos que viven en la opulencia van a misa mientras niegan a sus trabajadores un salario digno. Estas palabras debieran grabarse en los billetes de mil pesos, para no olvidarlas nunca.
Existen también varias representaciones de la Virgen María, que son rivales entre sí; los fieles de la Virgen del Carmen, patrona de las Fuerzas Armadas, consideran inferiores a la Virgen de Lourdes o a La Tirana, sentimiento que se paga con iguales finezas por los devotos de éstas. A propósito de esta última, vale la pena mencionar que en verano se celebra su fiesta en un santuario cerca de la ciudad de Iquique, en el norte, donde los grupos de devotos bailan en su honor. Se parece un poco a la idea del carnaval brasi-lero, pero guardando las proporciones porque, como ya he dicho antes, en Chile no somos gente extrovertida. Las escuelas de baile se preparan todo el año ensayando las coreografías y fabricando el vestuario, y el día señalado danzan ante La Tirana disfrazados, por ejemplo, de Batman. Las muchachas se ponen escotes reveladores, minifaldas que apenas les tapan el trasero y botas con tacones altos. No es raro, por lo tanto, que la Iglesia no propicie estas demostra-ciones de fe popular.
Por si el numeroso y variopinto santoral no bastara, además contamos con una sabrosa tradición oral de espíritus malignos, intervenciones del demonio, muertos que se levantan de las tumbas. Mi abuelo juraba que se le apareció el diablo en un autobús y que lo reconoció porque tenía patas verdes de macho cabrio.

En Chiloé, un conjunto de islas en el sur del país, frente a Puerto Montt, se cuentan historias de hechiceras y monstruos maléficos; de la Pincoya, una hermosa doncella que sale del agua para atrapar a los hombres incautos; del Caleuche, un barco encantado que se lleva a los difuntos. En las noches de luna llena brillan luces indicando los sitios donde hay tesoros escondidos. Se dice que en Chiloé existió por mucho tiempo un gobierno de brujos, llamado la Recta Provincia, que se reunía en cuevas por las noches. Los guardianes de esas cuevas eran los «imbunches», pavorosas criaturas que se alimentan de sangre, a quienes los brujos les han quebrado los huesos y cosido los párpados y el ano. La imaginación chilena para la crueldad nunca deja de espantarme...
Chiloé tiene una cultura diferente a la del resto del país y la gente está tan orgullosa de su aislamiento, que se opone a la construcción de un puente para unir la isla grande a Puerto Montt. Es un lugar tan extraordinario, que todos los chilenos y los turistas debieran visitarlo al menos una vez, aun a riesgo de quedarse para siempre. Los chilotes viven como hace cien años, dedicados a la agricultura, la pesca artesanal y la indus-tria del salmón. La construcción es íntegra de madera, y en el corazón de cada casa hay siempre una gran estufa a leña en-cendida día y noche para cocinar y dar calor a la familia, los amigos y enemigos reunidos a su alrededor. El olor de esas viviendas en invierno es un recuerdo imborrable: leña perfumada y ardiente, lana mojada, sopa en el caldero... Los chilotes fueron los últimos en plegarse a la república cuando Chile declaró su independencia de España y en 1826 pretendieron unirse a la corona de Inglaterra. Dicen que la Recta Provincia, atribuida a los brujos, fue en realidad un gobierno paralelo, en tiempos en que los habitantes se negaban a aceptar la autoridad de la república chilena.

Mi abuela Isabel no creía en brujas, pero no me extrañaría que alguna vez intentara volar en escoba, porque pasó su existencia practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse con el Más Allá, actividad que en aquella época la Iglesia católica veía con muy malos ojos. De algún modo la buena señora se las arregló para atraer misteriosas fuerzas que movían la mesa en sus sesiones de espiritismo. Esa mesa está hoy en mi casa, después de haber dado la vuelta al mundo varias veces, siguiendo a mi padrastro en su carrera diplomática, y de haberse perdido durante los años del exilio. Mi madre la recuperó mediante un golpe de astucia y me la envió por avión a California. Habría sido más barato mandar un elefante, porque se trata de un pesado mueble español de madera tallada, con una pata formidable al centro, formada por cuatro leones feroces. Se necesitan tres hombres para levantarla. No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a su descendencia que después de su muerte vendría de visita cuando la llamaran y supongo que ha mantenido su promesa. No presumo que su fantasma, o cualquier otro, me acompañe a diario –supongo que tendrá asuntos más importantes que atender–, pero me gusta la idea de que esté dispuesto a acudir en caso de necesidad imperiosa.
Esa buena mujer sostenía que todos poseemos poderes psíquicos, pero como no los practicamos, se atrofian –como los músculos– y finalmente desaparecen. Debo aclarar que sus experimentos parapsicológicos nunca fueron una actividad macabra, nada de piezas oscuras, candelabros mortuorios ni música de órgano, como en Transilvania. La telepatía, la ca-pacidad de mover objetos sin tocarlos, la clarividencia o la comunicación con las almas del Más Allá sucedían a cualquier hora del día y del modo más casual. Por ejemplo, mi abuela no confiaba en los teléfonos, que en Chile fueron un desastre hasta que se inventó el celular, y en cambio usaba telepatía para dictar recetas de tarta de manzana a las tres hermanas Morla, sus compinches de la Hermandad Blanca, quienes vivían al otro lado de la ciudad. Nunca pudieron comprobar si el método funcionaba porque las cuatro eran pésimas cocineras. La Hermandad Blanca estaba formada por esas excéntricas señoras y mi abuelo, quien no creía en nada de eso, pero insistía en acompañar a su mujer para protegerla en caso de peligro. El hombre era escéptico por naturaleza y nunca aceptó la posibilidad de que las almas de los muertos movieran la mesa, pero cuando su mujer sugirió que tal vez no eran ánimas, sino extraterrestres, él abrazó la idea con entusiasmo, porque le pareció una explicación más científica.
Nada de extraño hay en todo esto. Medio Chile se guía por el horóscopo, por adivinas o mediante los vagos pronósticos del I Chin, y la otra mitad se cuelga cristales al cuello o estudia fengshui. En el consultorio sentimental de la televisión resuelven los problemas con las cartas del Tarot. La mayor parte de los antiguos revolucionarios de la izquierda militante ahora están dedicados a prácticas espirituales. (Entre la guerrilla y el esoterismo hay un paso dialéctico que no logro precisar.) Las sesiones de mi abuela me parecen más razonables que las mandas a los santos, las compras de indulgencias para ganar el cielo, o las peregrinaciones de las beatas locales en buses atestados de gente. Muchas veces oí decir que mi abuela movía el azucarero sin tocarlo, sólo mediante su fuerza mental. Dudo si alguna vez vi esta proeza o si, de tanto oírla, he terminado por convencerme de que es cierta. No recuerdo el azucarero, pero me parece que había una campanilla de plata con un príncipe afeminado encima, que se usaba en el comedor para llamar al servicio entre plato y plato. No sé si he soñado el episodio, si lo he inventado o si en realidad sucedió: veo la campanilla deslizándose sobre el mantel silenciosamente, como si el príncipe hubiera cobrado vida propia, dar una vuelta olímpica, ante el estupor de los comensales, y regresar junto a mi abuela, en la cabecera de la mesa. Esto me ocurre con muchos eventos y anécdotas de mi existencia, que me parece haber vivido, pero que al ponerlos por escrito y confrontarlos con la lógica, resultan algo improbables, pero el problema no me inquieta. ¿Qué importa si en realidad sucedieron o si los he imaginado? De todos modos, la vida es sueño.

No heredé los poderes psíquicos de mi abuela, pero ella me abrió la mente a los misterios del mundo. Acepto que cualquier cosa es posible. Ella sostenía que existen múltiples dimensiones de la realidad y no es prudente confiar sólo en la razón y en nuestros limitados sentidos para entender la vida; existen otras herramientas de percepción, como el instinto, la imaginación, los sueños, las emociones, la intuición. Me introdujo al realismo mágico mucho antes que el llamado boom de la literatura latinoamericana lo pusiera de moda. Esto me ha servido en mi trabajo, porque enfrento cada libro con el mismo criterio con que ella conducía sus sesiones: llamando a los espíritus con delicadeza, para que me cuenten sus vidas. Los personajes literarios, como los aparecidos de mi abuela, son seres frágiles y asustadizos; deben ser tratados con prudencia, para que se sientan cómodos en las páginas.
Aparecidos, mesas que se mueven solas, santos milagrosos y diablos con las patas verdes en el transporte colectivo, hacen la vida y la muerte más interesantes. Las almas en pena no reconocen fronteras. Tengo un amigo en Chile que se despierta en las noches con la visita de unos africanos altos y flacos, vestidos con túnicas y armados de lanzas, que sólo él puede ver. Su mujer, que duerme a su lado, nunca ha visto a los africanos, sólo a dos señoras inglesas del siglo XIX que atraviesan las puertas. Y otra amiga mía, en cuya casa de Santiago se caían misteriosamente las lámparas y se volcaban las sillas, descubrió que la causa eran los huesos de un geógrafo danés, que desenterraron en el patio, junto a sus mapas y su libreta de notas. ¿Cómo llegó tan lejos el pobre muerto? Nunca lo sabremos, pero el hecho es que con rezarle varias novenas y decirle unas cuantas misas el infeliz geógrafo se fue. Parece que en vida era calvinista o luterano y no le gustaron los ritos papistas.
Mi abuela sostenía que el espacio está lleno de presencias, los muertos y los vivos, todos mezclados. Es una idea estupenda, por eso mi marido y yo hemos construido en el norte de California una casa grande, de techos altos, vigas y arcos, que invite a los fantasmas de varias épocas y latitudes, especialmente a los del sur. En un intento de imitar la casona de mis bisabuelos, la hemos deteriorado mediante la esforzada y dispendiosa labor de atacar las puertas a martillazos, manchar los muros con pintura, oxidar los hierros con ácido y pisotear las matas del jardín. El resultado es bastante convincente; creo que más de un ánima distraída puede instalarse entre nosotros, engañada por el aspecto de la propiedad. Durante el proceso de echarle siglos encima, los vecinos observaban desde la calle con la boca abierta, sin entender para qué construimos una casa nueva si queríamos una vieja. La razón es que en California no se da el estilo colonial chileno y, en todo caso, nada es realmente antiguo. No olvidemos que antes de 1849, San Francisco no existía, en su lugar había una aldea llamada Yerba Buena, poblada por un puñado de mexicanos y mormones, donde los únicos visitantes eran traficantes de pieles. Fue la fiebre del oro la que atrajo multitudes. Una casa con la apariencia de la nuestra es una imposibilidad histórica por estos lados.

EL PAISAJE DE LA INFANCIA

Es muy difícil determinar cómo es una familia chilena típica, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mía no lo era. Tampoco yo fui una típica señorita, de acuerdo a los cánones del medio en que me crié; escapé enjabonada, como quien dice. Describiré un poco mi juventud, a ver si en el proceso ilumino algunos aspectos de la sociedad de mi país, que en ese tiempo era bastante más intolerante que ahora, lo cual es mucho decir. La Segunda Guerra Mundial fue un cataclismo que sacudió al mundo y cambió todo, desde la geopolítica y la ciencia, hasta las costumbres, la cultura y el arte. Nuevas ideas barrieron sin contemplaciones aquellas que sostuvieron la sociedad durante los siglos anteriores, pero las innovaciones demoraban mucho en navegar por dos océanos o cruzar el muro infranqueable de la cordillera de los Andes. Todo llegaba a Chile con varios años de retraso.
Mi abuela clarividente murió súbitamente de leucemia. No luchó por vivir, se abandonó a la muerte con entusiasmo por-que sentía una gran curiosidad por ver el cielo. Durante su existencia en este mundo tuvo la suerte de ser amada y protegida por su marido, quien aguantó de buen talante sus extravagancias, de otro modo tal vez hubiera terminado recluida en un asilo para orates.

He leído algunas cartas que dejó de su puño y letra, donde aparece como una mujer melancólica, con una fascinación morbosa por la muerte; sin embargo la recuerdo como un ser luminoso, irónico y pleno de gusto por la vida. Su ausencia se sintió como un viento de catástrofe, la casa entró en duelo y yo aprendí a tener miedo. Temía al diablo que se aparecía en los espejos, a los fantasmas que deambulaban por los rincones, a los ratones en el sótano, a que se muriera mi madre y yo fuera a dar a un orfelinato, a que apareciera mi padre –ese hombre cuyo nombre no se podía pronunciar– y me llevara lejos, a cometer pecados e irme al infierno, a las gitanas y los cucos con los cuales me amenazaba la niñera; en fin, la lista era interminable, existían razones de sobra para vivir aterrada.
Mi abuelo, furioso al verse abandonado por el gran amor de su vida, se vistió de negro de pies a cabeza, pintó los muebles del mismo color y prohibió fiestas, música, flores y postres. Pasaba el día en la oficina, almorzaba en el centro, cenaba en el club de la Unión y los fines de semana jugaba al golf y a la pelota vasca o se iba a las montañas a esquiar. Era uno de los que iniciaron ese deporte en los tiempos en que subir a las canchas era una odisea equivalente a escalar el Everest; nunca imaginó que un día Chile sería la meca de los deportes de invierno, donde se entrenan los equipos olímpicos del mundo entero. Sólo lo veíamos un minuto por la mañana muy temprano; sin embargo, fue definitivo en mi formación. Antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo pasábamos a saludarlo; nos recibía en su habitación de muebles fúnebres, olorosa a un jabón inglés marca Lifebuoy. Jamás nos hizo un cariño –lo consideraba malsano–, pero una palabra suya de aprobación valía cualquier esfuerzo. Más tarde, como a los siete años, cuando empecé a leer el periódico y a hacer preguntas, notó mi presencia y entonces se inició una relación que habría de prolongarse mucho después de su muerte, porque hasta hoy llevo las huellas de su mano en mi carácter y me alimento de las anécdotas que me contó.
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martes, 27 de julio de 2010

¡¡Y SI EN ALGUN MOMENTO APARECIESE ¡ALADINO! CON SU LAMPARA MARAVILLOSA.....


Y si en algún momento apareciese !ALADINO! con su lampara maravillosa, y me preguntase:


¿Te concedo un deseo? aquello que mas te gustaría poder realizar?

yo sin dudar por un instante en estos momentos de mi existencia, quizá tan determinante de cara a un futuro incierto.......le respondería:

-Ahora lo que mas desearía:

-¡CONOCER EL MUNDO EN EL QUE HABITO!

-sus gentes, sus inquietudes, su forma de vida, sus carencias......sus vivencias, sus alegrías, y sus tristezas......

-compartir con todos ellos amaneceres para mi desconocidos, sus puestas de sol, la belleza que entraña cada lugar en el mundo, contemplar aquello que nos brinda la naturaleza.....

-en definitiva crecer como persona, amar sin esperar nada a cambio, vivir con tanta intensidad....que al fin mi alma alcance la razón por la que un día de otoño, mi madre me instalo aquí......en esta tierra de todos, propiedad de algunos tan solo.......

-Este seria mi mayor y mas codiciado deseo.

-Y ahora mi pregunta......

-Me sera concedido? ¡ALADINO! mi genio imaginario.


Marian.son las 20:36 -27 de julio de 2010.



¡PECHUGAS TROPICALES DE POLLO¡ Receta de Directo al Paladar

Pechugas tropicales de pollo. (RECETA DE DIRECTO AL PALADAR)




Los ingredientes:

800 gramos de pechugas de pollo,
100 gramos de beicon ahumado,
4 rodajas de piña al natural,
1 vaso del jugo de la piña,
aceite,
1 cucharada de harina,
tomillo, laurel, clavo aromático, sal, pimienta.

Cómo hacer las pechugas tropicales de pollo:

En una olla con unas cucharadas de aceite, doramos ligeramente el beicon ahumado cortado en trozos.


Antes de que empiecen a coger color le agregamos las pechugas de pollo, troceadas y salpimentadas. Dejamos que se vaya dorando todo.

Troceamos las rodajas de piña y le agregamos una pizca de tomillo, 1/2 hoja de laurel y 2 clavos de olor.

En el vaso del jugo de piña desleímos la cucharada de harina, removemos hasta que no tenga grumos.

Cuando las pechugas estén doradas agregamos los trozos de piña con las especias y hierbas aromáticas y el jugo de piña con la harina.

Tapamos y dejamos cocer todo durante unos 20 minutos.

(El mejor acompañamiento para este plato es un arroz hervido. )

lunes, 26 de julio de 2010

¡ELABORACION DEL PAN CASERO MARROQUI!


/PAN CASERO MARROQUÍ/

Ingredientes:

500 g de harina de sémola fina. (también se puede sustituir por harina de media fuerza)
5 g de levadura de panadería.
1/4 l. de agua templada.
1 cucharadita de sal.

-Si se desea se puede pintar con huevo batido.

Elaboración:

En un bol se pone la harina y se añade la sal, la mitad de agua templada con la levadura diluida.


Se va amasando poco a poco hasta obtener una masa blanda y elástica. Se va añadiendo poco a poco el agua restante hasta obtenerla masa anteriormente citada. El tiempo aproximado que amasaremos sera de 10 minutos.

Dividiremos la masa en dos bolas y allanaremos o aplastaremos.

Con la ayuda de un cuchillo afilado y muy suavemente dibujaremos unos cuadrados o rombos,

y dejaremos fermentar tapadas con un paño enharinado durante 1 hora.

Introduciremos en el horno a 180ºC. durante 25 minutos.


(Si queremos pintar la masa con huevo, debemos hacerlo antes de introducir en el horno)


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jueves, 22 de julio de 2010

¡EL CARACTER Y CUIDADOS DE DIFERENTES RAZAS DE GATOS!



SIAMES:

Los gatos Siameses solían tener un papel importante en los funerales de los reyes tailandeses en siglos pasados. Se les colocaba dentro de la tumba y cuando salían por un orificio (hecho para este fin), se decía que el alma del monarca había entrado en el gato. Luego se llevaba el gato a la ceremonia de coronación del nuevo rey, con el objetivo que el rey anterior pudiera presenciar la posesión de su sucesor.
Rasgos Físicos
El siamés es de un tamaño mediano. Su cuerpo es largo y esbelto. Las patas son largas y esbeltas, aunque las traseras están ligeramente más elevadas que las delanteras. La cola es larga y estrechándose hacia la punta.
La cabeza es larga y bien proporcionada. Gato con orejas erguidas, grandes y anchas en la base. Los ojos son almendrados, rasgados, distanciados entre sí y siempre azules, de un color muy intenso.


¡MI GATO GING!

El pelo del gato siamés es corto, lustroso y de textura muy suave.

CarácterEs un gato muy sensible y también bastante nervioso. Posee una gran personalidad: además de poseer un humor inagotable, es bastante celoso y muy exigente. Su maullido, es característico de esta raza, ya que es muy ronco.
CuidadosEsta raza es muy propensa a sufrir trastornos psíquicos si al gato no se le trata como es debido.


¡MI GATO GING!

El cepillado en esta raza depende de las características del gato: si es de manto corto, no exige cuidados excesivos. Con un cepillado semanal será más que suficiente. En cambio, un gato con el pelaje largo exige un cepillado exhaustivo cada 2 o 3 días.
La dieta del gato es carnívora, y debe estar compuesta de un alto porcentaje de proteínas. Pero cuidado con el estado de su comedero, no se sentirá a gusto, si éste despide algún tipo de olor o aroma raro.

El gato persadesciende del gato turco de angora; y geográficamente su origen se sitúa en la zona de la antigua Persia (actualmente Irán) y Ankara en Turquía. De ahí su nombre.
Los gatos persas actuales surgieron en Inglaterra en el Siglo XIX, producto del cruce entre el gato persa de raza pura (procedente de Persia), que fue introducido en Europa a través de Italia, y el angora turco blanco. De esta forma se obtuvo un pelo más sedoso y se multiplicaron los colores del manto. El persa ha ido evolucionando a más rechoncho y menos esbelto y con los ojos más grandes, más parecido al originario de Irán.


Tal y como la conocemos hoy en día es una raza creada artificialmente, fruto de una cuidada selección a partir del siglo XIX. Fue en este siglo cuando se empiezan a exportar ejemplares a Inglaterra y Francia, donde alcanzaron gran popularidad y desde donde se extendieron a Estados Unidos.


Características Físicas
El Gato persa tiene un cuerpo compacto, redondeado y musculoso y con una estructura ósea robusta. Las patas son cortas y gruesas. La longitud de un gato persa suele oscilar entre unos 40 a 50 cm, más 25-30 cm de cola y unos 30 cm de altura.
Tiene un pelaje espeso, abundante, largo y sedoso, con una cola bien poblada de pelo y ligeramente redondeada en el extremo.



Su cabeza es grande, ancha y redonda, mejillas salientes, nariz corta, orejas pequeñas y redondeadas, muy distanciadas entre sí y con mechones de pelo largo y con unos ojos grandes, redondos y muy abiertos.
La variedad de colores en la raza persa es enorme. Los monocolores deben tener el color igualado, intenso y sin tonos claros, como negro, blanco, lila, rojo, crema..., también pueden tener combinaciones de colores, como es el caso de los bicolores o arlequín.

Carácter del Gato Persa
El gato persa es un gato dulce, de temperamento muy tranquilo y pacífico. De hecho hay quien le llama el "tigre de sofá" debido a su carácter tranquilo. Tiene una gran necesidad de afecto y requiere de frecuentes muestras de cariño por parte de sus amos.



Es muy dormilón. Y le encanta que le echen piropos sobre su belleza.
Gran observador y poco expresivo. Carece totalmente de ese instinto cazador, lo cual es sorprendente en un gato.

GATO ABSINIO
Aunque el origen exacto del abisinio es desconocido, se cree que está raza procede de Etiopía. Este gato es probablemente uno de los descendientes directos del gato sagrado de Egipto.
Es una de las razas más antiguas de gato domestico. La variedad de pelo largo del gato abisinio se denomina somalí.

Rasgos
Esta raza destaca por su figura estilizada. El cuerpo del abisinio es ágil y musculoso debido a la intensa actividad que le caracteriza. Sus extremidades son largas y delgadas mientras que su cola, de intenso pelaje, se va afinando según nos acercamos a la punta.
Posee una fina cabeza con un mentón firme. Sus orejas, grandes y separadas, no son excesivamente puntiagudas sino que se redondean. Los ojos tienen forma de almendra y pueden existir ejemplares con los ojos de color verde, amarillo o castaño.

Carácter
El gato abisinio es dócil y cariñoso y tiene una energía incansable y además tiene predilección por los más débiles de la casa.
Muy ágil y de gran inteligencia, se adapta muy mal a una vida sin libertad. Odia la soledad, le encanta recibir cariños y caricias y es muy curioso.

Cuidados
Como es un gato muy activo su alimentación debe aportarle toda la energía necesaria.
Como tiene el pelo corto, bastará con que le cepilles un día a la semana para que el bello manto jaspeado luzca brillante y suave.

RAZA DE GATO TURCO ANGORA
El origen del Angora es Turquía. Su nombre se debe a la ciudad de Angora (hoy Ankara).
Allí, los ejemplares blancos, denominados Ankara kedi, son considerados el símbolo tradicional de la pureza. Para el pueblo turco son verdaderos tesoros nacionales.



Rasgos
Posee un cuerpo delgado y musculoso; las patas traseras son más altas que las delanteras.
La cola tiene bastante pelo y suele estar baja con respecto al cuerpo. Además es de raíz ancha aunque acabada en fina punta,
Tiene una cabeza pequeña y un hocico puntiagudo.
Las orejas son grandes y tiesas, situadas bastante altas en la cabeza y ligeramente puntiagudas. Los ojos también son grandes, ovalados y algo oblicuos
Carácter
El Angora Turco es un gato inteligente, activo, fiel y cariñoso. Es un gato que necesita mucho cariño y mucho afecto.
Es un gato que le gusta el agua. Posee un carácter vivaz y extrovertido. Tiene un carácter muy independiente y prefiere vivir con una única persona (a pesar de aceptar a otros miembros de la familia). Por esta situación es muy frecuente que tenga un favorito en la familia, al que le demuestra su afectuosidad restregándose contra sus piernas.
Conserva instintos de caza y le encanta trepar. En estas situaciones demuestra su agilidad con movimientos suaves y precisos.

RAZA GATO BALINÉS
El primer ejemplar de gato balinés apareció en Estados Unidos a finales de los años cuarenta. Su nacimiento se atribuye al cruce de dos siameses portadores del gen de pelo largo, probablemente heredado de un antepasado Angora.
Otros especialistas aseguran que esta raza es el resultado directo del cruce entre siamés y Angora.



RasgosEl balinés es un gato de cuerpo largo, dotado de buena musculatura. Sus extremidades son delgadas, y con las traseras más altas que las delanteras.
Su pelo es largo y fino como la seda.
Tiene la cabeza larga, con el cráneo plano, el hocico estrecho y las orejas anchas y terminadas en punta. Sus ojos almendrados y la cola larga y fina, le dan un aspecto muy distinguido y misterioso.


Carácter
El gato balinés es una raza muy leal a su dueño. Si coge mucho cariño a uno de los componentes de la familia, probablemente muestre indiferencia con todos los demás. Disfruta mucho del aire libre.
Es un gato expresivo, simpático, inteligente, sociable y bueno para la convivencia. Pero también es algo poco celoso y egocéntrico, lo que hace imposible su convivencia con otros miembros de su especie, salvo en algunos casos muy aislados.
También destacan sus movimientos ágiles. Es un excelente trepador y escalador.

Cuidados
Uno de los cuidados fundamentales para el gato balinés es el cepillado: al menos, una vez a la semana, ya que su pelo tiene tendencia a formar nudos y enredos. En época de muda el cepillado debe ser una vez al día.

GATO BOBTAIL JAPONÉS
Estamos ante una raza muy antigua en su país de origen, el Japón. Su nombre, “bobtail” (rabón) es porque su rabo únicamente mide unos 10-12 cm. Además como está enroscado, con abundante pelo en todas direcciones, parece un pompón.En Japón, se considera que los ejemplares de color carey y blanco dan buena suerte.



Rasgos
Su cola puede medir de 8 a 10 cm., aunque algunas alcanzan hasta 12cm de longitud, aunque se encuentra enroscada, como la del conejo. La cola que lo distingue es parecida a la del rechoncho Manx
El cuerpo de este gato es delgado aunque está dotado de buena musculatura. El pelo del gato es de longitud media.
La cabeza del Bobtail Japonés es casi un triángulo equilátero. Su hocico es redondeado y tiene las orejas anchas. Sus ojos son Grandes y ovalados. Pueden ser de cualquier color que armonice con el pelaje.

Carácter
El Bobtail japonés tiene la reputación de ser un gato curioso, afectuoso, inteligente, vivaz. Les agrada la companía humana y poseen personalidades atractivas y voces suaves.

Cuidados
Esta raza es un gato ideal para la familia ya que se adapta tanto a la vida en casa como al aire libre.
Al tener un pelaje ligero sólo necesita un Cepillado ligero diario para mantener las condiciones del pelo.
Debemos nutrirle de abundante pescado en la dieta.

GATO CHARTREUX
Su nombre proviene del Monasterio "La Grande Chartreuse". La leyenda del monasterio dice que este monasterio desarrolló en la Época Medieval dos notables contribuciones al mundo: Una fue el licor verde; y la otra, el gato Chartreux.
Estos gatos se usaban para controlar la plaga de ratas de los monasterios y hospitales. Durante la Segunda Guerra Mundial la raza casi se extinguió, pero se recupero, cruzando persas con azul británico.



Rasgos
El Chartreux es un gato grande, con hombros grandes y musculosos y pecho bien desarrollado. Tiene unas grandes patas.
La cabeza es ancha y angulosa, con la nariz corta y recta con un pequeño elevamiento, el hocico angosto con expresión sonriente. Las orejas son pequeñas, medianas con implantación alta y ligeramente redondeadas.
El color cobre de los ojos es una de las principales características de este gato plácido y tranquilo.

Carácter
Es un gato muy dócil y muy fácil de tener en casa. Se adapta bien a toda clase de situaciones.
Son gatos muy suaves, ágiles y refinados. Poseen muchas cualidades como fuerza, inteligencia y amabilidad.
Es un gato muy afectuoso.


Cuidados
Con esta raza hay que tener muy presente la alimentación. Debe ser muy equilibrada y poco abundante ya que tienen tendencia a la obesidad (sobre todo los gatos esterilizados).

GATO DEVON REX
Es una raza que surge de una mutación de pelo rizado ocurrida en Devon en 1960.
A diferencia del Sphynx , del Devon Rex presenta por todo el cuerpo una pelusilla (pelos de guarda) de tacto similar al melocotón.



Rasgos
El cuerpo del Devon Rex es similar al Siamés, flaco, ligero pero musculoso y con la espalda arqueada. Las patas son largas y delgadas, y las posteriores son más altas que las anteriores.
La cabeza es triangular. Es como una cuña que, desde el frente, forma tres curvas marcadas: el borde exterior de las orejas, los pómulos y las almohadillas de los bigotes.
La cola es larga, delgada y con pelo rizado.
El pelaje de esta raza es fino, sedoso pero rizado



Carácter
Es un gato Noble, afectuoso, juguetón, sensible, tranquilo, independiente e inteligente. Y a diferencia de lo que se podría pensar, no es una raza delicada, se adapta perfectamente tanto a apartamentos como a casas con jardín.

Cuidados
La principal atención que debemos prestarle es el manto. Para ello debemos pasar esporádicamente por el manto un guante de franela para mantenerlo brillante.
También bañarlo periódicamente para evitar un cúmulo de grasa en el pelo con champú a base de aceite natural o para bebés.

GATO HIMALAYO
El nombre de esta raza proviene del gran parecido que presenta su patrón de color con el encontrado en el conejo Himalayo. Esta raza es el resultado de un cruce de gato siamés con persa. Por ello, el Himalayo es un gato coloreado como el siamés, pero que tiene los rasgos característicos de la raza Persa. Esta combinación de rasgos le da un aspecto de real elegancia.



Rasgos Físicos
La raza Himalaya tiene rasgos del persa como la cabeza redonda, de aspecto macizo, sobre un cuello corto y ancho. El hocico chato y ancho, las orejas pequeñas e inclinadas hacia delante y el cuerpo ancho de patas cortas.
Las características que posee del siamés son las puntas coloreadas y los ojos azules. Además, puede presentar la mayoría de los colores del siamés: gris foca, azul o lila, todos ellos manchados.

Carácter
Es un gato compañero, cariñoso, muy inteligente y cómodo. No acostumbra maullar. No requiere de mucho espacio, es ideal para un apartamento y como compañero para los niños. Disfruta de la vida casera aunque está considerado un buen cazador.



Cuidados
Tienes que prestar mucha atención a su precioso pelaje. Cepilla su manto diariamente con un peine de metal; así eliminarás enredos y su pelo se mantendrá fuerte y brillante. Además, baña al gato una o dos veces al mes. Con esto estaremos previniendo una de las dolencias más frecuentes en los gatos de pelo largo: Las bolas de pelo.



RAZA MAINE COON
Su nombre proviene del estado de dónde es nativo. Y es que la raza Maine Coon es la única nativa de Estados Unidos. Más concretamente, como hemos comentado, del estado de Maine. La raza fue descubierta por primera vez en 1861, aunque no fue aceptada hasta 1953.


Rasgos Físicos
El Maine Coon posee un pelo grueso, corto sobre las patas delanteras y más largo en el estómago y los miembros posteriores. Además, es muy característica su collar de pelos en el cuello.



Es un gato fuerte y musculoso, con un pecho ancho. Los machos son más grandes que las hembras. Posee una cola larga, ancha en la base que disminuyendo hasta llegar a la punta. El gato Maine Coon llega a pesar 14 kg.

Posee una grandes ojos que pueden ser de diferentes tonalidades. Pueden ser verdes, oro, azules o, incluso, un ojo de cada color. Su cabeza ancha, aunque no muy grande, termina en unas orejas grandes, anchas en la base y puntiagudas.

Carácter
Es un gato al que le encanta el agua. De hecho, chapotea en ella e incluso bebe agua con la zarpa. También es un gato curioso y muy observador

GATO MANX
Esta raza recibe el nombre en honor a la Isla de Man, en el mar irlandés entre Inglaterra, e Irlanda, de dónde es originario.
Existen varias leyendas que narran como la raza Manx perdió su cola. De acuerdo con la leyenda, Noé dejó caer la puerta del arca en la cola del gato…otra leyenda dice que un perro a bordo de ella se la mordió.
Aunque la verdad es más racional: una mutación genética es la causa de la cola reducida, es una mutación en la que el gen dominante resulta en la carencia de cola.
Considerando las historias alrededor del Manx, no es una sorpresa que este gato aparezca como una de las razas más antiguas.




Rasgos
Su principal característica como ya hemos dicho es que no tiene cola.
Posee un cuerpo musculoso, con grupa redondeada y espalda corta. La altura de las extremidades posteriores es mayor que la de las anteriores. Sus garras son finas y redondas.

El Manx tiene una cabeza redonda con mejillas prominentes, nariz ancha y un hocico firme sobre un cuello corto y grueso. Las orejas son anchas, de base abierta y puntas redondeadas. Están anguladas ligeramente hacia afuera.
Los ojos son anchos, redondos y brillantes.
Es de pelaje corto y doble. El pelaje doble hace que de la impresión de estar bien acolchado y la calidad de éste es de mucho mayor importancia que el color.




Carácter.
El Manx es un gato muy inteligente con un gran sentido de orientación y fuerte carácter. Es muy cariñoso, amigable y tolera la presencia de otros animales; además es un cazador de roedores muy hábil. Es muy cariñoso y busca estar siempre acompañado de su dueño. Es sumamente ágil y de movimientos suaves.

Cuidados
Existe una tasa de mortandad muy alta en los cachorros del Manx, debido a dificultades en el desarrollo de la columna. Pero los que sobreviven a los primeros días llegan a ser adultos fuertes y sanos.

RAZA GATO SPHYNX
Esta raza también es conocida como canadian hairless (canadiense sin pelo), porque apareció por primera vez en Canadá.
Es, sin dudas, la raza más insólita que existe. Es la única variedad sin pelo.
Rasgos
Es un gato de tamaño mediano, musculoso, con aspecto de bien alimentado, nunca gordo. Su cola, larga y en forma de látigo, se estrecha de la base al extremo.
Tiene orejas muy grandes y cara de duende.
Su piel, a menudo arrugada, tiene un tacto cálido y suave, parecido al ante. No es un gato totalmente desnudo, tiene un pelaje muy corto que resulta muy difícil de ver y casi imposible de sentir.
Aunque el sphynx no tiene casi pelo presenta colores y dibujos: donde debería haber sido blanco la piel es rosa y donde debía haber sido negro la piel es gris oscura.

Carácter
El sphynx es un gato sociable y afectuoso. Prefiere la calma y la tranquilidad.

Cuidados
Para el bienestar del gato no son recomendables los climas fríos. Necesita un entorno cálido debido a la casi ausencia de pelo. El manto del gato se debe limpiar con un paño suave.

El gato negro en Europa siempre ha estado marcado por una vieja superstición que se remonta desde mucho tiempo atrás, desde la Edad Media. Pero lo curioso es que esta mentalidad no ha desaparecido con el paso del tiempo, sino que ha permanecido hasta nuestros días, en los que ver un gato negro es para muchos un mal presagio. Pero, desgraciadamente, el gato ha sido la principal víctima de esta superstición, con resultados para él a veces trágico.



El origen de la “negra leyenda” no es por culpa de los propios gatos. La culpa es de absurdas creencias que relacionaban a este tipo de gatos con el maligno. Al principio, el gato era un felino salvaje. En Europa, el gato montés de Eurasia estaba muy difundido. Sus ojos verde dorado le llevaron a ser perseguidos en la Edad Media, al igual que los hombres que tenían ojos verdes o cabellos rojizos, signos (según se pensaba en esa época) de relación con el diablo.

Los Cruzados utilizaron a los gatos para luchar contra las invasiones de ratas negras que ellos mismos habían importado en sus barcos traídas de Oriente. El gato se propagó. Se convirtió entonces en el protector del Hombre porque acababa con las ratas portadores de la peste. Durante las grandes epidemias, el gato era un aliado muy valioso.

Sin embargo, en lugar de reconocerle el merito de estos gatos, en Europa el gato negro fue relacionado por la Iglesia a creencias diabólicas. Desde la Edad Media, la Inquisición y la Iglesia persiguieron al gato negro, asociándolo con las brujas. La iglesia quería luchar contra los ritos paganos, muy arraigados en la gente, y se inventó la imagen de que el gato era demoníaco. Para la iglesia, simbolizaban el mundo de las tinieblas que alejaba al buen cristiano del camino recto. Difundían que participaba en aquelarres y que era la representación perfecta de Satanás.

En 1561, un proceso acusaba a las mujeres de transformarse en gatas para seguir realizando aquelarres. Estos procesos acababan siempre con la muerte de las acusadas pero también con la de los pobres animales, que eran juzgados como personas.

Alrededor del S.XVIII, las mentalidades europeas comienzan a evolucionar, aunque lentamente. Esta evolución se debió, sin lugar a dudas, a la importación de Oriente de gatos Angora y gatos Persas. En 1765, se funda la primera escuela veterinaria, una revolución enorme ya que la idea de cuidar a un animal es completamente nueva. El estudio del mundo animal señala el fin de varios siglos de oscurantismo en el que los gatos negros fueron despreciados.
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