domingo, 20 de febrero de 2011

¡¡El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker!!



Iré introduciendo paginas del libro de Jan Philipp Sendker "El arte de escuchar los latidos del corazón",en varias etapas, para aquellos que os pueda interesar. saludos. marian. 1ª PARTE:

El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker
Sinopsis:



La neoyorquina Julia Win solo tiene una pista de su padre desaparecido: una carta de amor escrita por él 40 años atrás y que la conduce hasta un remoto pueblo de Birmania. Allí conoce a un anciano que dice saber la historia de su padre: ciego desde pequeño, se enamoró de una joven minusválida de quien tuvo que separarse cuando fue enviado a Estados Unidos para ser operado de los ojos y estudiar.





La familia que creó allá no fue suficiente para apagar la llama de ese primer y verdadero amor. En Birmania, Julia siente a su padre más cerca que nunca, pero ¿será capaz de encontrarlo?


------------------------------------------------------------------------------------------------

Capítulo 1

Sus ojos fueron lo primero que me llamó la atención. Yacían hundidos en sus cuencas y parecía que no podían dejar de mirarme. Todos los clientes de la casa de té me observaban con más o menos disimulo, con más o menos curiosidad, pero él era el más descarado. Como si yo fuera un ser exótico, uno que viera por primera vez. No habría sabido decir su edad. Su rostro estaba cubierto de arrugas; tendría al menos sesenta años, quizá setenta. Llevaba una camisa blanca amarillecida, un longi de tela verde y unas sandalias de goma. Fingí no hacer caso de él y recorrí con la mirada la casa de té, un tenducho de madera con varias mesitas y taburetes sobre un suelo de tierra seca y polvorienta. De una pared colgaban viejas hojas de calendario con fotos de chicas. Los vestidos les llegaban hasta el suelo, y sus blusas de manga larga, sus cuellos altos y estrechos y sus rostros graves me hacían pensar en las fotografías antiguas, coloreadas a mano, de las jóvenes de buena familia de finales de siglo que podían encontrarse en los mercadillos de Nueva York. En la pared de enfrente había una vitrina con galletas y pastitas de arroz sobre las que revoloteaban docenas de moscas. A un lado, un hornillo de gas con una caldera cubierta de hollín en la que hervía el agua para el té. En una esquina se apilaban varias cajas de madera con limonada de color anaranjado. Jamás había estado en una choza tan miserable.
Hacía un calor aplastante; el sudor me caía por las sienes y el cuello, y los tejanos se me pegaban a la piel. De pronto, el anciano se incorporó y vino hacia mí.
Le ruego que me disculpe por dirigirme a usted con tanto descaro, joven dama dijo, y tomó asiento a mi lado—. Mi actitud no es demasiado educada, lo sé, dado que no nos conocemos, o cuando menos no me conoce usted a mí, ni siquiera de vista. Me llamo U Ba y he oído hablar mucho de usted, aunque admito que eso no disculpa mi grosería. Supongo que le resultará incómodo encontrarse en un lugar desconocido, en un país desconocido y ante un hombre desconocido que de pronto le dirige la palabra; le aseguro que la entiendo, pero quería, o debía, ser sincero y confesarle que debo hacerle una pregunta. Llevo demasiado tiempo esperando esta oportunidad como para quedarme callado en mi asiento ahora que la tengo a usted delante.
»Ha sido una espera de cuatro años, para ser exactos. He recorrido muchas veces, a primeras horas de la tarde, la polvorienta calle principal en la que se detiene el autobús que trae a los pocos turistas que se acercan a este lugar. En ocasiones, cuando se daba la oportunidad, en uno de los inusuales días en los que aterrizaba un aparato proveniente de la capital, me dirigía hasta nuestro pequeño aeropuerto e intentaba, en vano, encontrarla.
»Se tomó usted tiempo.
»No es que le reproche nada, por favor, no me malinterprete. Pero ya soy un anciano y no sé cuántos años más me serán concedidos. En nuestro país la gente envejece rápido y muere pronto. Mi vida se apaga lentamente y aún tengo una historia que contar; una historia que está hecha para usted.
»Sonríe. Me toma por un chiflado, por un loco, por un ser extremadamente excéntrico, ¿no es así? Pues tiene usted toda la razón. Pero por favor, por favor, atiéndame. Todo esto puede sonarle algo enigmático o insólito, y reconozco que mi aspecto no es el más adecuado para inspirarle confianza. Ojalá tuviera unos dientes blancos y brillantes como usted y no estas esquirlas marrones en la boca, estos escombros de dentadura, que ni siquiera me permiten ya masticar con corrección. Mi piel está marchita y flácida, y cuelga de mis brazos como si la hubiese tendido allí para que se secara al sol. Se dice que me huele el aliento, que mis pies están sucios y avejentados tras décadas y décadas de andar enfundados en sandalias baratas, que mi camisa, otrora blanca, hace años que debería estar en la basura. Soy un hombre aseado, créame, pero ya ve usted en qué estado se encuentra nuestra tierra. Vergonzoso. Soy plenamente consciente de ello, pero no puedo evitarlo, y me ha costado muchos años de vida aceptar lo que no puedo evitar. No permita que mi aspecto la trastorne. No confunda mi estoicismo con desinterés o resignación. Nada quedaría más lejos de mis intenciones, querida.
»Me voy por las ramas, y percibo en su mirada que se le acaba la paciencia. Discúlpeme, se lo ruego, y no me deje de lado. Al fin y al cabo no hay nadie esperándola, ¿me equivoco? Ha venido usted sola, como yo imaginaba. Concédame unos minutos de su tiempo. Quédese conmigo un poco más, Julia.
»¿Se sorprende? Sus preciosos ojos marrones se vuelven aún más grandes, por primera vez me presta realmente atención. Está sorprendida. Se pregunta por qué conozco su nombre, si nunca nos hemos visto y es la primera vez que viaja usted a nuestro país. ¿Puede ser casualidad? Medita la posibilidad de que haya podido leer alguna etiqueta con su nombre en su chaqueta, o quizá en su mochila, ¿no es así? Pues no, no lo he hecho, créame. Estoy al corriente de su nombre, del mismo modo que sé también el día y la hora de su nacimiento. Conozco la historia de la pequeña Jule, a quien nada le gustaba más que escuchar cuentos de boca de su padre, y hasta podría decirle, aquí y ahora, su cuento preferido. El del príncipe, la princesa y el cocodrilo.
»Julia Win. Nacida el 28 de agosto de 1968 en la ciudad de Nueva York. De madre estadounidense. Padre birmano. Su apellido es parte de mi historia, parte de mi vida, desde que me desprendí del seno de mi madre hace cincuenta y cinco años. Y durante los últimos cuatro no ha pasado un solo día en el que no pensara en usted. Se lo explicaré todo más adelante, pero ahora permita que le formule mi pregunta: ¿cree usted en el amor?
»Se ríe. Qué hermosa es usted. Hablo en serio. ¿Cree en el amor Julia?
«Evidentemente, no me refiero a aquel arrebato de pasión que creemos que nos durará toda la vida, que nos mueve a decir y hacer cosas que al cabo del tiempo lamentamos, que nos hace suponer que no podemos vivir sin una determinada persona, que nos lleva a temblar de miedo al pensar que podemos volver a perderla. Aquel sentimiento que nos vuelve más pobres, no más ricos, porque queremos poseer lo que no podemos poseer, queremos retener lo que no podemos retener. Y tampoco me refiero al deseo físico ni al amor propio, parásitos que gozan al camuflarse de amor desinteresado.
»Hablo del amor que devuelve la vista a los ciegos. Del amor que es más fuerte que el miedo. Hablo del amor que dota a la vida de un sentido que no atiende a las leyes de la caducidad, que nos hace crecer y no conoce fronteras. Hablo del triunfo del ser humano sobre el egoísmo y la muerte.
»¿Mueve la cabeza? ¿No cree en ese amor? ¡Oh! ¿No sabe de qué le hablo? No me sorprende. Yo tampoco lo conocía, hasta que conocí a su padre. Espere, lo entenderá todo en cuanto le haya contado la historia que llevo arrastrando desde hace cuatro años. Solo le ruego que tenga un poco de paciencia. Se ha hecho tarde y usted estará cansada tras su largo viaje. Por mi parte, debo economizar fuerzas. Le ruego que me comprenda si me retiro ya. Si no tiene inconveniente, encontrémonos mañana a la misma hora en esta misma mesa de esta casa de té. Aquí conocí, si me permite mencionarlo, a su padre. Para ser exactos, él estaba ahí sentado, en el mismo taburete que usted, cuando empezó a hablar, y yo estaba aquí, en este mismo asiento, boquiabierto. Incrédulo y confuso, sí, lo reconozco. Jamás había oído a nadie hablar así. ¿Podían tener alas las palabras? ¿Podían deslizarse por el aire como mariposas? ¿Podían llevarnos consigo, transportarnos a un mundo diferente? ¿Podían dejarnos temblando, como las fuerzas de la naturaleza que sacuden la Tierra? ¿Podían abrir hasta las últimas cámaras secretas de nuestra alma? No sé si las palabras solas son capaces de todo eso, Julia, pero desde luego sí lo son acompañadas de voz, y aquel día su padre tenía una voz que quizá solo logremos modular una vez en la vida. No narraba, cantaba, y, aunque lo hacía susurrando, no hubo una sola persona en esta casa de té que no acabara llorando al escuchar su tono de voz. Sus frases se convirtieron pronto en una historia y la historia en una vida que desplegó toda su fuerza y su magia. Lo que escuché hizo de mí un creyente, igual que su padre.
»“No soy un hombre religioso, U Ba; el amor, el amor es la única fuerza en la que creo de verdad.” Estas fueron las palabras de su padre.
U Ba me miró y se incorporó. Juntó las manos por delante del pecho, sin entrelazar los dedos, hizo un amago de reverencia y salió de la casa de té a paso rápido y ligero.
Lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el tumulto de la calle.
No, quise gritar a sus espaldas; no, no creo en una fuerza que devuelva la vista a los ciegos. No creo en los milagros ni en la magia. La vida es breve, demasiado breve, para desperdiciar el tiempo con semejantes esperanzas. Yo la disfruto como es, en lugar de hacerme ilusiones. ¿Que si creo en el amor? Vaya pregunta. Como si el amor fuera una religión en la que se cree o no. A los dieciocho años soñaba con un príncipe azul que viniera a salvarme y a liberarme; cuando llegó, tuve que aprender que los príncipes solo existen en los cuentos y que el amor provoca ceguera, no visión. No, quise gritar a la espalda del anciano, no creo en una fuerza superior al miedo, no creo en un triunfo sobre la muerte. No. No.
Pero en lugar de eso me quedé sentada en mi taburete, arqueada, desvanecida. Seguía oyendo su voz; era suave y melódica, su dulzura me recordaba a la de mi padre. Sus palabras resonaban en mi cabeza como un eco sin fin.
Quédese conmigo un poco más, Julia, Julia, Julia...
Crea en el amor, en el amor...
Las palabras de su padre, de su padre...
Tenía dolor de cabeza, estaba agotada. Como si acabara de despertar de una pesadilla que no dejara de torturarme. A mi alrededor revoloteaban las moscas, se posaban en mi pelo, en mi frente y en mis manos. No tenía fuerzas para apartarlas. Frente a mí, tres galletas resecas. Azúcar moreno pegado a la mesa.
Quise dar un trago a mi té. Estaba frío y me temblaba el pulso. Los dedos apresaron el cristal, pero se me escurrió entre las manos, muy despacio; pude ver a cámara lenta cómo resbalaba, pese a que yo lo apretaba con fuerza. El sonido del cristal haciéndose añicos en el suelo. Las miradas de los demás clientes. Como si hubiese roto toda una estantería de vasos. ¿Por qué escuché a aquel extraño durante tanto rato? Podría haberle pedido que se callara. Tendría que haberle dicho, con toda claridad, que quería que me dejara en paz. Podría haberme levantado. Algo me lo impidió. Quise darle la espalda, pero entonces dijo: Julia. Julia Win. Jamás había imaginado que podría alterarme de tal modo la simple mención de mi nombre. Mi corazón latía con fuerza. ¿Cómo lo sabía? ¿Qué más sabía de mí? ¿Conocía a mi padre? ¿Cuándo lo vio por última vez? ¿Sabía quizá si mi padre seguía vivo, dónde se encontraba?
El camarero no quiso mi dinero.
Es amiga de U Ba. Sus amigos son nuestros invitados —dijo, e hizo una reverencia.
Aun así, saqué un billete del bolsillo de mi pantalón. Estaba sucio y arrugado. Me dio cierta repulsa y lo puse debajo del plato de galletas. El camarero recogió la mesa sin tocar el billete. Se lo señalé. Él se limitó a sonreír.
¿Le parecía demasiado poco, demasiado sucio o no lo suficientemente bueno? Puse en la mesa otro billete, de más cantidad y más limpio. Él se inclinó, sonrió de nuevo y lo dejó donde estaba.
Fuera hacía aún más calor. Me quedé paralizada frente a la casa de té, incapaz de dar un solo paso. El sol ardía en mi piel, y su luz deslumbrante me cegaba los ojos. Me puse la gorra de béisbol y la incliné hacia delante para que me cubriera la cara.
La calle estaba llena de gente, pero al mismo tiempo reinaba un insólito silencio. Faltaba algo, pero tardé un rato en comprender lo que era: apenas se veían vehículos de motor. Todo el mundo iba a pie o en bici. En un cruce había aparcados tres coches de caballos y un carro tirado por un buey. Los pocos automóviles que se veían eran viejas camionetas pickup japonesas, abolladas y oxidadas, cargadas hasta los topes con cestas de rafia y sacos a los que se sujetaban con fuerza varios jóvenes.
La calle estaba también saturada de chiringuitos de madera sencillos, de una planta, con techos de hojalata, como los que había visto en los reportajes televisivos sobre los barrios de chabolas de África o Sudamérica. Eran establecimientos de diez metros cuadrados en los que se ofrecía de todo, desde arroz, nueces y harina hasta champú, pasando por Coca-Cola y cervezas. La mercancía estaba totalmente desordenada. No seguía ningún orden, o bien uno que me era desconocido.
Había casas de té cada dos por tres. Los clientes se sentaban a sus puertas, en taburetes. Cubrían sus cabezas con toallas de rizo rojas y verdes. Un aderezo que les parecía tan natural como a mí la gorra azul marino del equipo de béisbol de los Yankees de Nueva York. En lugar de pantalones, los hombres llevaban unas túnicas que eran como faldas cruzadas, y fumaban cigarrillos largos de color verde oscuro.
Delante de mí había algunas mujeres. Se habían untado las mejillas, la frente y la nariz con una pasta amarilla. Parecían indias en pie de guerra, y todas daban chupadas a aquellos apestosos cigarrillos verdes.
Yo les sacaba a todos una cabeza por lo menos, incluso a los hombres. Todos eran delgados, pero no famélicos, y se movían con la elegancia y ligereza que siempre admiré en mi padre. Frente a ellos me sentía torpe y pesada, con mis sesenta kilos de peso y mi metro setenta y seis de estatura.
Lo peor eran sus miradas.
No apartaban la vista. Me miraban directamente a la cara, a los ojos, y sonreían. No eran sonrisas que yo conociera.
Cuán amenazadora puede llegar a ser la risa.
Algunos me saludaban inclinando la cabeza. ¿Sabían quién era? ¿Habían esperado también mi llegada, como U Ba? Yo no quería verlos. No sabía cómo responder a sus saludos, así que anduve tan rápido como pude, con la mirada fija en el horizonte, en una meta imaginaria.
Echaba de menos Nueva York, su ruido y su tráfico. Los rostros serios y reservados de sus transeúntes, que caminan unos junto a otros sin prestarse atención. Hasta echaba de menos el hedor de los contenedores de basura, siempre demasiado llenos, en una tarde de verano húmeda y sofocante. Algo que me fuera familiar, algo en lo que sostenerme. Algo que me brindara protección. Quería regresar a aquel lugar en el que sabía cómo moverme y comportarme.
Unos cien metros más adelante el camino se bifurcaba. Había olvidado dónde se encontraba mi hotel. Miré a mi alrededor en busca de alguna pista; un letrero, quizá, o un detalle en el margen del camino; un arbusto, un árbol, una casa que me recordara el camino de ida y me indicara la dirección que debía tomar. Solo vi buganvillas enormes y lilas, más altas que las cabañas sobre las que crecían, campos resecos, caminos peatonales polvorientos y baches tan profundos que hasta podría meterse en ellos una pelota de baloncesto. Mirara donde mirase, todo me parecía igual, extraño e inquietante.
¿Era posible que yo, la neoyorquina Julia Win, que en Manhattan conocía cada calle y cada avenida, me hubiese perdido en ese pueblucho de mala muerte con apenas tres calles paralelas y cuatro perpendiculares? ¿Dónde estaba mi memoria, mi sentido de la orientación, el dominio con el que supe desenvolverme en San Francisco, París y Londres? ¿Cómo podía estar tan aturdida? Un sentimiento de soledad y abandono que jamás había sentido en Nueva York se apoderó de mí irremediablemente.
—¡Miss Win, Miss Win! —gritó alguien.
Ni siquiera me atreví a darme la vuelta: miré hacia atrás por encima del hombro. Detrás de mí descubrí a un joven al que no conocía. Me hizo pensar en el botones del hotel. O en el camarero de la casa de té. O en el mozo de las maletas del aeropuerto. O en el taxista. Todos me parecían iguales, con su pelo negro, sus ojos marrón oscuro, su piel morena y esa inquietante sonrisa.
¿Busca algo, Miss Win? ¿Puedo ayudarla?
No, gracias, pensé desconfiando del desconocido y negándome a aceptar su ayuda.
Sí, mi hotel, el camino dije, deseando sobre todas las cosas dar con un lugar en el que esconderme, aunque fuera la habitación del hotel en la que me había instalado aquella misma mañana.
Suba la colina por aquí, por la derecha, y lo verá. Está a menos de cinco minutos me dijo.
Gracias.
Espero que disfrute de su estancia aquí. Bienvenida a Kalaw dijo, y siguió su camino.
Una vez en el hotel pasé junto a la sonriente dama de la recepción sin devolverle el saludo, subí la maciza escalera de madera que conducía al primer piso y me dejé caer en la cama. Pocas veces me había sentido tan agotada como entonces.
Había tardado más de veintisiete horas en recorrer el trayecto desde Nueva York hasta Rangún. Después había pasado una noche y medio día en un viejo autobús, rodeada de gente que apestaba y se cubría el cuerpo con simples vestidos sucios, camisetas harapientas y sandalias de plástico desgastadas. De gallinas y lechones que no paraban de chillar. Veinte horas de viaje por senderos que ni remotamente parecían calles. Que eran más bien cauces secos. Solo para ir desde la capital hasta ese lejano rincón. ¿Por qué?
¿Qué hacía yo en aquel poblacho de las montañas birmanas? No se me había perdido nada allí, y, sin embargo, esperaba encontrar algo. Andaba a la búsqueda de algo, aunque no sabía exactamente de qué.
Debí de quedarme dormida. El sol había desaparecido, afuera estaba anocheciendo y mi habitación había quedado casi sumida en la oscuridad. Mi maleta seguía cerrada sobre la cama de al lado. Eché un vistazo a la estancia. Mis ojos se movieron de un lado a otro, como si tuviera que asegurarme de dónde estaba. Sobre mi cabeza, en el techo de al menos cuatro metros de altura, pendía un antiguo ventilador de madera. La habitación era grande y su decoración espartana le otorgaba un toque monacal. Junto a la puerta, un modesto armario; frente a la ventana, una mesa con una silla; entre las camas, una pequeña mesilla de noche. Las paredes estaban encaladas de blanco, no había cuadros ni espejos y las viejas tablas de madera del suelo habían sido pulidas hasta quedar relucientes. El único lujo era una minúscula nevera coreana. Que estaba estropeada. De la ventana abierta me llegaba el aire fresco del atardecer, las cortinas amarillas se mecían con el viento, lentas e indolentes.
A la luz del crepúsculo, y pasadas varias horas, el encuentro con aquel anciano me pareció aún más absurdo y misterioso que al mediodía. Mis recuerdos eran difusos, estaban desdibujados. Las imágenes me golpeaban la cabeza. Imágenes que no lograba interpretar. Que no tenían sentido. Intenté recordar. U Ba tenía el pelo blanco, denso pero muy corto, y en la boca una sonrisa que no sabía lo que pretendía dar a entender. ¿Era irónica? ¿Sarcástica? ¿Compasiva?
¿Qué quería de mí?
¡Dinero! Qué si no. No me lo había pedido, pero sus comentarios sobre los dientes y la camisa eran sin duda una pista. Lo había entendido. Podía haberse enterado de mi nombre en el hotel. Seguramente trabajaba en la recepción. Era un embaucador que pretendía despertar mi curiosidad, impresionarme y ofrecerme sus servicios como adivino, astrólogo o quiromántico. Pero yo no creo en nada de eso. Si supiera cómo había perdido el tiempo...
¿Me había revelado algo sobre mi padre, algo que me llevara a creer que realmente lo conoció? «No soy un hombre religioso, U Ba; el amor, el amor es la única fuerza en la que creo de verdad», dice que dijo. A mi padre jamás se le habría pasado por la cabeza una frase como esa; imposible, pues, que la hubiese pronunciado en voz alta. Y menos aún a un desconocido. ¿O me equivocaba? ¿No era ridículo y arrogante por mi parte suponer que sabía lo que mi padre había pensado o sentido? ¿Cuánto confiaba él en mí?
Porque de haber confiado... ¿habría desaparecido sin más, sin dejar siquiera una carta de despedida? ¿Habría abandonado a su mujer, a su hijo y a su hija sin una sola explicación, sin un solo comentario?
Su rastro se perdía en Bangkok, dijo la policía. Podía haber sido secuestrado y asesinado en Tailandia.
¿O habría sufrido un accidente en el golfo de Siam? Quizá solo había querido pasar dos semanas en la más completa soledad, se había dirigido a la costa y se había ahogado mientras nadaba. Esta era la versión de la familia; la oficial, cuando menos.
La brigada de homicidios supuso que llevaba una doble vida. No creyeron a mi madre cuando les dijo que no sabía nada de los primeros veinte años de la vida de mi padre. Les pareció algo tan imposible que al principio hasta sospecharon que ella tuvo algo que ver en la desaparición de su marido, ya fuera como cómplice, ya como autora de la misma. Solo cuando se supo que no existía ningún suculento seguro de vida y que nadie iba a poder sacar tajada económica de su supuesta muerte, liberaron a mi madre de la sombra de la sospecha. ¿Se ocultaba en el secreto de sus primeros veinte años una cualidad de mi padre que nosotros, su familia, nunca llegamos a descubrir? ¿Sería quizá homosexual a escondidas? ¿Un pederasta que satisfacía sus instintos en los burdeles de Bangkok?
¿De verdad quería saberlo? ¿Quería ver manchada la imagen que tenía de él, la del marido fiel, el abogado de éxito, el padre fuerte y bondadoso que siempre estaba junto a sus hijos cuando estos lo necesitaban? No permitas que las apariencias te confundan. Como si pudiéramos vivir de este modo. ¿Cuánta verdad sería capaz de soportar?
¿Qué es lo que me ha traído hasta la otra punta del mundo? La tristeza no, esa etapa ya pasó. Cuatro años son mucho tiempo. Llevé luto, pero pronto comprendí que la manida frase era cierta: la vida sigue; también sin él. Mis amigos consideraron que me sobrepuse, como suele decirse, con bastante rapidez.
Tampoco ha sido la preocupación lo que me ha movido a buscar. Sinceramente, no creo que mi padre siga vivo, o, en caso de que sí lo esté, que me necesite o yo pueda hacer algo por él.
Es la incertidumbre lo que no me deja vivir. La pregunta de por qué se esfumó; de si su desaparición podría revelarme algo de él que desconozco. ¿Lo conocía tan bien como creía o nuestra relación, nuestra cercanía, no era más que una ilusión? Estas cuestiones son peores que el miedo a la verdad. Cubren de sombras mi infancia, mi pasado, y empiezo a desconfiar de mis recuerdos. Y ellos son lo único que me queda. ¿Quién era el hombre que me educó? ¿Con quién conviví durante más de veinte años? ¿Quién era mi padre en realidad?