jueves, 24 de febrero de 2011

¡¡El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker!!

(Continuemos con el libro de Jan Philipp Sendker "El arte de escuchar los latidos del corazón"-2ª PARTE-la primera la encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker



Capítulo 3


El último recuerdo que tengo de él se remonta a hace cuatro años.
Era la mañana después de mi examen de licenciatura. Me quedé a dormir con mis padres, en la casa en la que pasé mi infancia, en la calle Sesenta y cuatro de la zona este de Manhattan. Me habían preparado la cama en mi antiguo dormitorio, que por entonces se había convertido en la habitación de invitados. La tarde anterior celebramos mi licenciatura. Podría haberme ido a dormir a casa, porque mi piso en la Segunda Avenida está a menos de diez minutos del de mis padres, pero se había hecho tarde, más de medianoche, y notaba los efectos del champán y el vino tinto. Habíamos pasado una velada especialmente agradable. Mi hermano había venido desde San Francisco, mi padre, que jamás probaba el alcohol y detestaba las fiestas, se había dejado llevar como nunca, y a mí me entró nostalgia de mi familia, de mi antigua habitación, de los sonidos y los olores de mi infancia. Volver a despertarme con el ruido de la vajilla cuando mi padre, como cada mañana, poco después de las seis, recogía el lavaplatos y ponía la mesa. Volver a sentir el olor a café recién hecho y a las caracolas de canela salidas del horno que tanto nos gustaban cuando éramos niños. Oír, aún adormilada, cómo abría la puerta de casa, daba un paso hacia el rellano, cogía el New York Times y volvía a entrar; escuchar el sonido de la pesada puerta de madera al cerrarse y del voluminoso diario al caer sobre la mesa de la cocina, como si estuviera dándole un sopapo. Atrás quedaban mis años de universidad. Algo llegaba a su fin, no había vuelta atrás. Quería detener el tiempo, aunque solo fuera por una noche y una mañana. Empezar el día amparada por los ritos de mi infancia. Sentirme protegida. Solo una vez más.
Como si hubiese intuido algo.
Mi padre me despertó pronto. La luz del amanecer se colaba por las persianas de madera clara; debía de ser poco después de la salida del sol. Estaba de pie junto a mi cama, llevaba su anticuado abrigo gris y un borsalino marrón. De pequeña siempre lo veía salir hacia su bufete vestido con aquel atuendo. En aquel tiempo corría cada vez hasta la ventana, a veces llorando porque no quería que se fuera, y lo saludaba con la mano mientras él se alejaba de casa. Tiempo después, aunque su chófer pasaba a recogerlo en su enorme limusina negra y solo tenía que dar tres pasos por la acera, siguió llevando su mismo abrigo y su sombrero. En todos aquellos años jamás cambió de atuendo laboral y se limitó a comprarse nuevos abrigos y nuevos sombreros, siempre borsalinos; tenía ya seis: dos negros, dos marrones y dos azul marino. Y cuando ya no pudo encontrar el mismo abrigo, ni siquiera en las tiendas más conservadoras de Nueva York, fue a un sastre para que se lo hiciese a medida.
El borsalino era su talismán. Compró su primer sombrero italiano para su primera entrevista de trabajo. Le dieron el empleo. En aquellos tiempos el sombrero le daba sin duda un toque de elegancia y buen gusto, pero con los años empezó a parecer primero anticuado, después extravagante y al final propio de la comparsa de una película de los años cincuenta. Cuando era una adolescente me avergonzaba que se vistiera así, que pareciera tan anticuado y que saludara a las madres de mis amigas con una reverencia. Los demás niños cuchicheaban y se reían si algún día pasaba a recogerme por el colegio. Y entonces sentía lástima de él, porque no podía imaginar que aquello le doliera menos que a mí. Jamás llevaba zapatillas de deporte, tejanos o camisetas, y despreciaba la ligereza de la moda estadounidense. Apelaba a los peores instintos del ser humano, entre los que se encontraba la comodidad, decía.
Mi padre se acercó a mi cama y susurró mi nombre. Tenía que acudir a una cita en Boston y no sabía cuándo iba a volver. Probablemente al cabo de unos días. Aquello era algo insólito, porque su agenda funcionaba con tanta exactitud como la maquinaria de su reloj, y además porque, aunque viajaba a Boston a menudo, jamás solía hacerlo a aquellas horas. Pero yo estaba demasiado cansada para sorprenderme. Me dio un beso en la frente y me dijo:
—Te quiero, pequeña. No lo olvides. ¿Me oyes?
Yo asentí, medio dormida.
—Te quiero. Cuídate.
Me di la vuelta, hundí la cara en la almohada y seguí durmiendo.
No he vuelto a verlo. Desapareció sin dejar rastro.


La primera señal de que algo iba mal se produjo a la mañana siguiente, poco después de las diez. Yo había dormido hasta tarde y acababa de entrar en la cocina. Mi hermano ya había salido de vuelta a San Francisco, mi madre me esperaba con el desayuno. Estaba sentada en el invernadero, con una taza de café, y ojeaba el Vogue. Las dos llevábamos aún el pijama; en la mesa había caracolas de canela aún calientes, bagels del día, salmón ahumado, miel y mermelada de fresa. Me senté en mi antiguo sitio, con la espalda apoyada en la pared, los pies en el borde de la silla, las piernas dobladas y muy juntas. Empecé a dar sorbos a mi zumo de naranja y a contar a mi madre mis planes para el verano. Sonó el teléfono. Era Susan, la secretaria de mi padre. Si estaba enfermo, quiso saber. Su cita de las diez, que era vital, estaba esperándole. De Boston no sabía nada.
Mi madre fue la que menos se preocupó de las dos, seguramente porque ella no tenía a ninguna estrella de Hollywood con todos sus abogados esperando al otro lado de la puerta. Seguro que le había salido algún imprevisto. Las dos mujeres estuvieron de acuerdo en eso. No había tenido tiempo de llamar y ahora se encontraba en plena reunión. Daría señales de vida en las próximas horas, no les cabía duda.
Mi madre y yo acabamos el desayuno tranquilamente. Ni siquiera mencionamos a mi padre. Después fuimos juntas a hacernos un tratamiento de belleza y para acabar paseamos por Central Park hasta Bergdorf and Goodman. Era uno de esos días cálidos de principios de verano en los que no hace ni demasiado frío ni demasiado calor. La época más hermosa en Nueva York. El parque olía a césped recién cortado, en Sheep Meadow la gente tomaba el sol y unos chicos jugaban al frisbee con los torsos descubiertos. Delante de nosotras, dos hombres ya mayores patinaban cogidos de la mano. Me habría encantado quedarme quieta, cerrar los ojos y abrazar el mundo. En los días como aquel tenía la sensación de que la vida no era más que un cúmulo de oportunidades a la espera de que yo las aprovechase.
Mi madre estiró de mí.
En Bergdorf and Goodman me compró un vestido de verano amarillo, con flores, y me invitó a tomar un té en el Plaza. No me gustaba ese hotel; su imitación del Renacimiento francés me parecía demasiado impostada, demasiado cursi, pero hacía tiempo que había renunciado a la posibilidad de tomar un té con mi madre en un sitio que no fuese aquel. Adoraba el vestíbulo, con su decoración dorada y sus altos techos y paredes, y las columnas, tan adornadas y recargadas de arabescos que parecían hechas de azúcar glas. Le encantaba el pretencioso comportamiento de los camareros y el modo en que el maître francés la saludaba con su «Bonjour, madame Win». Nos sentamos entre dos palmeras junto a un pequeño bufet con pasteles, bombones y helados. Dos violinistas tocaban valses vieneses.
Mi madre pidió blinis rellenos de caviar y dos copas de champán.
—¿Celebramos algo? —le pregunté.
—Tu licenciatura, cielo.
Probamos nuestros blinis. Estaban demasiado salados, y el champán demasiado templado. Mi madre hizo un gesto al camarero.
—Déjalo, mamá —le dije—, ya está bien así.
—Ni lo sueñes —me respondió en un tono suave, indulgente, como si yo no tuviera ni idea de lo que en realidad estaba pasando—. Esta no es la cuestión.
Reprendió al camarero y este retiró nuestro pedido con reiteradas disculpas. La voz de mi madre podía ser tan fría, tan dura... De pequeña me daba miedo. Hoy en día solo me resulta incómoda.
—Cuando pido blinis de caviar espero que estén mejor que bien. Y un champán templado es una ofensa. —Me miró—. Tú te los habrías tomado, ¿verdad?
Asentí.
—Tu padre también. Os parecéis en muchas cosas.
—¿A qué te refieres? —le pregunté. No parecía estar haciéndome un cumplido.
—¿Qué es lo que se me escapa? ¿Es vuestra humildad, vuestra pasividad, vuestro rechazo a los conflictos? ¿Por qué no habría de quejarme si me ofrecen algo de escasa calidad?
—A mí es que me da pereza.
—¿Es vergüenza o arrogancia? —continuó ella, como si no me hubiese oído.
—¿Qué tiene esto que ver con la arrogancia?
—No queréis tener trato con los camareros —dijo, y su voz se tiñó de una ira que no habría sabido explicar. Que no tenía nada que ver con blinis salados o champán templado—. No son lo suficientemente buenos para vosotros. A eso lo llamo yo arrogancia.
—No, no, es solo que no me parece tan importante —le dije.
Aquello no era del todo cierto, pero no me apetecía enfrascarme en una discusión mayor. Me resultaba embarazoso quejarme, ya fuera en un restaurante, en un hotel o en una tienda. Pero ceder me sacaba de quicio aún más. Me molestaba profundamente, y al final siempre me enfadaba conmigo misma por ser tan dócil. En el caso de mi padre era diferente. Su silencio era sincero. A él realmente no le importaba. Si alguien lo trataba mal o era maleducado, él consideraba que no era su problema, sino el del otro. Sonreía cuando alguien se plantaba delante de él en una cola. Jamás comprobaba el cambio. Mi madre, cada céntimo. Yo envidiaba su serenidad. Mi madre no lo entendía. Ella era severa consigo misma y con los demás. Mi padre, solo consigo mismo.
—¿Cómo es posible que no te importe si te tratan bien o mal, si te dan, o no, lo que te corresponde? ¡No lo entiendo!
—¿No podemos dejarlo? —le dije, rogando más que exigiendo. Y para despistarla añadí—: ¿Estás preocupada por papá?
Ella sonrió y movió la cabeza hacia los lados.
—No. ¿Por qué habría de estarlo?
Hoy me pregunto si la serenidad de mi madre no era fingida. No hablamos de la cita a la que no había acudido. No llamó a su bufete para saber si había dado señales de vida. ¿Cómo podía estar tan segura de que no le había sucedido nada? ¿No le importaba? ¿O llevaba años intuyendo que esto iba a pasar? Su calma, su tranquilidad de aquel día, llevaban a pensar en el alivio que siente todo aquel que ve acercarse una catástrofe y sabe que no puede hacer nada por evitarla, de modo que al final se alegra de que suceda ya, de una vez.


Pocas semanas después, Francesco Lauria, jefe de la brigada de homicidios que seguía la pista de mi padre, estaba sentado a la mesa de nuestra cocina. Al inicio de las investigaciones el jefe de la policía de Nueva York se lo había presentado a mi madre como uno de sus mejores hombres. Desde entonces se convirtió en huésped permanente en nuestra casa. Era joven, de unos treinta y tantos, delgado, fuerte y muy vanidoso. Su pelo negro estaba siempre tan bien peinado como si acabara de salir de la peluquería en ese mismo momento. Llevaba trajes muy elegantes y corbatas italianas. Pero lo que más llamaba la atención era su modo de hablar. Era elocuente y encantador, y escogía sus palabras con el mismo cuidado que un buen abogado ante un tribunal. Los primeros días, cuando mi hermano, mi madre y yo tendíamos a pasar casi todo el tiempo junto al teléfono, solía llamarnos a menudo, incluso a media noche, desde la comisaría. Nos tranquilizaba, nos hablaba de los elevados porcentajes de éxito en los casos de secuestro y de la cantidad de veces que un hombre reaparecía de pronto en su vida, completamente ileso, al cabo de dos o tres semanas. Mi padre era una baza para medrar en su carrera, y estaba dispuesto a jugarla. «Influyente abogado de Wall Street desaparece sin dejar rastro», dijo el New York Times, y citó varias veces a Lauria en el titular de las noticias locales. Durante los días que siguieron, los periódicos se hicieron eco de un sinfín de especulaciones. ¿Se trataría de un homicidio, de la venganza de uno de sus clientes? ¿De un secuestro espectacular? ¿Tenía Hollywood algo que ver en todo ese asunto?
Las pesquisas de la policía durante las dos primeras semanas no hicieron más que acentuar lo enigmático del caso. El día de su desaparición, a primera hora de la mañana, mi padre se dirigió efectivamente al aeropuerto JFK, pero no voló a Boston, sino a Los Ángeles. Compró el billete en el aeropuerto y no facturó equipaje. De Los Ángeles viajó a Hong Kong, en primera clase, con el vuelo 888 de la compañía United Airlines. Un auxiliar de vuelo lo recordó porque no quiso probar el champán y no leyó el periódico, sino un libro con poemas de Pablo Neruda. Lo describió como un hombre muy tranquilo y extremadamente educado. Dijo que había comido poco y que apenas había pegado ojo, que no vio ninguna película y que se pasó la mayor parte del viaje leyendo.
En Hong Kong mi padre pasó una noche en el hotel Península, en la habitación 218; pidió pollo al curry y un agua mineral en el servicio de habitaciones, y, según el personal del hotel, no salió de su dormitorio. Al día siguiente voló con Catia Pacific 615 a Bangkok y pasó la noche en el Mandarin Oriental. Es evidente que no se esforzó en borrar su rastro. Se registró en los hoteles que reservaba para sus viajes de negocios y pagó todas las cuentas con su tarjeta de crédito. Como si supiera que, cuando menos para los investigadores, su pista llegaría hasta aquí. Y concluiría aquí. Cuatro semanas después, un campesino encontró su pasaporte cerca del aeropuerto de Bangkok.
Todo hacía pensar que ya no había salido de Tailandia. La policía comprobó todas las listas de pasajeros que salieron de Bangkok, pero su nombre no volvió a aparecer en ningún sitio. Durante un tiempo Lauria barajó la posibilidad de que se hubiese agenciado un pasaporte falso en Tailandia y hubiese continuado su viaje con otro nombre. Varias azafatas de Thai Air dijeron haberlo visto, una en un vuelo hacia Londres, otra, en uno hacia París y una tercera, en un aparato que se dirigía a Phnom Penh. Pero ninguna de las investigaciones dio frutos.
Las relaciones entre Lauria y mi madre fueron estropeándose a medida que avanzaba la investigación. Al principio el policía se mostró encantador con la familia de la víctima, y en especial con su esposa, «cuyo rostro estaba transido de dolor», según se apresuró a informar a los reporteros. Cuando llamaba por teléfono su voz sonaba tan amable, cálida y familiar como la de nuestro médico de cabecera. Pero la compasión fue convirtiéndose poco a poco en desconfianza, porque no comprendía que fuéramos incapaces de responder a tantas preguntas sobre el pasado de mi padre. Y concluyó que poníamos trabas a las investigaciones. ¿Cómo es posible que una mujer no sepa dónde nació su marido? ¿Que desconozca el día y hasta el año en que vino al mundo? ¿Que ignore el nombre de sus suegros? Mi madre movía la cabeza. ¿Hermanos? ¿Amigos de la infancia?
Según los datos de la administración de inmigrantes, mi padre llegó a Estados Unidos en 1942 con un visado birmano. Estudió derecho en Nueva York y en 1959 obtuvo la nacionalidad estadounidense. Afirmó haber nacido en Rangún, capital de la antigua colonia británica. Las investigaciones del FBI y la embajada estadounidense en Rangún no obtuvieron más información. Win es un apellido muy corriente en Birmania y nadie parecía conocer a la familia de mi padre.
Lauria dio un sorbo a su café.
—Lo lamento, Mrs. Win, nos encontramos en punto muerto —dijo, y por su tono comprendí que nos culpaba de ello, o al menos de buena parte de ello—. Me gustaría hacerle alguna pregunta más. Cada detalle, cada indicio por pequeño que sea, podría darnos una pista para seguir avanzando.
Sacó de su bolsillo un bolígrafo y una libretita.
—¿Hubo algo que llamara su atención en la semana que precedió a la desaparición de su marido? ¿Algún cambio en sus costumbres? ¿La mención de un nombre que le resultara desconocido?
—Ya he respondido antes a estas preguntas —dijo mi madre, irritada, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su disgusto.
—Lo sé. Pero quizá haya recordado algo en las últimas semanas. A veces la distancia ayuda.
—Mi marido meditaba más que nunca. No solo los tres cuartos de hora de la mañana, como siempre, sino también por la noche, después de la cena. Pero eso ya se lo dije.
—¿Estaba más tenso o intranquilo?
—No, al contrario.
—¿Más feliz? —preguntó Lauria, sorprendido.
—Mi padre no era un hombre feliz, al menos no en el sentido en que lo entendemos aquí —dije yo, inmiscuyéndome en la conversación—. Era tranquilo, apacible, a menudo silencioso, y en los días que precedieron a su desaparición parecía aún más concentrado en sí mismo.
—En las últimas semanas escuchó más música que nunca, durante horas, antes de irse a la cama —continuó mi madre—. No solía dormir mucho. Cuatro o cinco horas por noche, no más.
—¿Escuchaba algo especial?
—A sus compositores preferidos, básicamente: Bach, Mozart, Beethoven, las óperas de Puccini, sobre todo La Bohème.
Lauria escribió un par de líneas en su libretita.
—Tras su desaparición observé que tanto su despacho como su estudio y su dormitorio estaban extraordinariamente ordenados. Las mesas despejadas, la correspondencia a punto, ni siquiera un libro a medio leer en la mesilla de noche.
Mi madre asintió.
—Así era él.
—¿A qué se refiere? —preguntó Lauria.
—Meticuloso y ordenado, muy organizado y previsor. Pero ¿de qué les sirve saber todo esto?
Lauria permaneció callado.
—Creemos —dijo al fin, tras una larga pausa— que los motivos de su misteriosa desaparición están estrechamente ligados a los primeros veinte años de su vida, pero sin su ayuda no haremos más que dar vueltas en círculo, como un pez que se muerde la cola.
—Les he dicho cuanto sé —le interrumpió mi madre—. Mi marido nunca habló de aquellos años. Con nadie.
—¿Pretende hacerme creer que se casó usted con un hombre al que no conocía? ¿Del que no sabía nada? —preguntó Lauria.
En su voz ya no se intuían solo los reproches o las denuncias; se había vuelto fría y cínica.
—Sabía lo que quería saber —le respondió mi madre, con una dureza que necesariamente ponía fin a la conversación—. Lo amaba. Eso fue lo único que me importó.
Lauria se levantó. Cogió el bolígrafo y la libretita y se los metió en el bolsillo. No podía comprender a mi madre. El pobre no podría aunque quisiera. Era de ese tipo de personas que no es capaz de aceptar un no como respuesta, ni en su trabajo ni, seguramente, en su matrimonio. No se imaginaba que en aquel punto mi madre y él eran en el fondo almas gemelas. De ahí que no pudiera valorar el esfuerzo que tuvo que hacer ella para aceptar el silencio de mi padre y convivir con él.
Lauria nos miró como si pretendiera decir algo más, pero al final optó por dejarlo.
Se dirigió hacia la puerta.
—La llamaré si tenemos novedades —dijo.
—Gracias —respondió mi madre, sin la menor emoción.
Cuando Lauria se hubo marchado, ella se sentó en una silla y se quedó callada. El silencio fue haciéndose más pesado con cada respiración. ¿Por qué callábamos? ¿Decía mi madre la verdad? ¿Era cómplice de mi padre? Nuestro silencio empezó a presionarme los hombros, el estómago, y noté un hormigueo en las manos, como si alguien estuviera dándome pinchacitos con una aguja. La sensación fue subiéndome por los brazos hasta el pecho, y supe que si me llegaba a la cabeza perdería el conocimiento. Quise decir algo. No pude pronunciar palabra.
Mi madre me rescató. Se levantó, se acercó a donde yo estaba y me abrazó. Noté que había llorado.
—Tu padre ya me había abandonado mucho antes del día que desapareció.

Capítulo 4

¿Es cierto que hay instantes en los que la vida decide tomar una nueva dirección? ¿En los que el mundo, tal como lo conocemos, deja de existir? ¿En los que, en cuestión de segundos, nos convertimos en personas completamente diferentes? ¿Es el momento en que el ser amado nos confiesa que ama a otro y nos abandona? ¿El día que enterramos a nuestro padre o a nuestra madre o a nuestro mejor amigo? ¿El minuto en el que el médico nos informa de que tenemos un tumor maligno en la cabeza?

¿O se trata solo del final de un largo proceso que podríamos haber visto venir si hubiésemos prestado atención a las señales de alarma que lo acompañaban, en lugar de soslayarlas? ¿Ponen nuestra vida realmente patas arriba, o son apenas fases del luto o la conmoción tras las cuales seguimos viviendo con las mismas costumbres, preferencias y menosprecios, los mismos miedos y obligaciones, quizá solo distintos en apariencia?
Y, si es cierto que existen esos puntos de inflexión, ¿somos conscientes de ellos en el momento en que suceden o solo tiempo después, al echar la vista atrás?
Preguntas que jamás me habían interesado y cuyas respuestas desconocía. Fuera como fuese, la desaparición de mi padre no se encontraba entre aquellas experiencias. Yo lo quería, lo echaba de menos, pero no creía que si él hubiese seguido con nosotros yo habría tomado alguna decisión radicalmente distinta; o que en los últimos cuatro años mi vida habría sido diferente.
Eso pensaba, hasta hacía una semana.
Eran poco después de las ocho de la tarde y ya había oscurecido cuando regresé a casa del trabajo. Me disponía a entrar en el ascensor cuando el portero me llamó desde el mostrador. Afuera llovía a cántaros, mis zapatos estaban mojados, tenía frío y me apetecía llegar a mi apartamento.
¿Qué pasa? le pregunté, con impaciencia.
Tiene correo dijo, y desapareció tras una puerta.
Miré hacia la calle a través de la gran cristalera del vestíbulo. Las luces traseras de los coches refulgían en el asfalto mojado. Tenía ganas de darme una ducha caliente y prepararme un té. El portero me dio una bolsa con un paquete marrón del tamaño de una caja de zapatos. Me lo puse bajo el brazo y subí a mi piso, en la planta treinta y cuatro.
Un apartamento pequeño. Dormitorio, baño y salón con cocina americana. Minimalista, pero con muebles muy escogidos. Una mesa de madera grande, cuatro sillas de metal, un sofá junto a la ventana, el equipo de música en el suelo, dos cuadros de Basquiat, mi pintor favorito, en las paredes. Lo que más me gustaba de mi piso eran sus vistas. La ventana de enfrente llegaba desde el techo hasta el suelo de parquet, y en los días claros ponía todo Manhattan a mis pies. La imagen que me mostraba aquella ventana era un cuadro, una obra de arte genial, que estaba viva y que cada noche me lo demostraba cambiando sus formas y colores.
Algunas tardes salía a mi pequeño balcón, y soñaba. Echaba un vistazo a Manhattan con la sensación de haberlo creado yo misma, estiraba los brazos e imaginaba que podía volar. Era mi ciudad. Escuché los mensajes del contestador. Eran ocho, todos por temas laborales. Sobre la mesa, un montón de correspondencia. Facturas y folletos de propaganda. Olía a productos de limpieza y abrí la puerta que daba al balcón. Seguía lloviendo. Las nubes estaban tan bajas que apenas alcanzaba a ver la otra orilla del East River. A mis pies, cada vez más coches se sumaban al atasco entre la Segunda Avenida y el puente Queensboro, y el sonido de sus bocinas subía hasta la planta treinta y cuatro.
Después de ducharme saqué el paquete de la bolsa. Enseguida reconocí la letra de mi madre. De vez en cuando me enviaba sobres con saludos o recortes de periódico que pensaba que podían interesarme, o que creía que tenían que interesarme. Odiaba los contestadores, y aquel era su modo de dejarme sus mensajes. Hacía tiempo que no me enviaba ningún paquete; algo insólito, y más teniendo en cuenta que habíamos quedado para comer juntas al día siguiente. Lo abrí y me encontré con un montón de fotos antiguas, documentos y certificados de mi padre, acompañados de unas líneas escritas por mi madre.
Julia, encontré esta caja al desapolillar el desván. Se había caído detrás de la antigua cómoda china. Quizá te interese. He metido también la última foto que nos hicimos los cuatro juntos. Ya no la necesito. Tengo ganas de que llegue el sábado.
Con cariño,
Judith
Lo esparcí todo por la mesa. Encima quedó la foto de familia que nos hicimos el día de mi licenciatura. Yo estaba entre mis padres e irradiaba felicidad. Me había inclinado hacia ellos, mientras que mi hermano se había puesto detrás de mí y tenía sus manos sobre mis hombros. Mi madre se reía mirando a la cámara con orgullo. Mi padre sonreía. Cómo pueden mentir las fotos. La familia perfecta y feliz. Nada hacía prever que aquella sería nuestra última foto juntos, o, peor aún, que uno de nosotros llevaba tiempo planeando su despedida a espaldas de los demás. Tras la desaparición de papá había mirado aquella foto a menudo, largamente, como si en ella fuera a encontrar las respuestas a mis preguntas, como si pudiera esconder algún detalle, alguna pista secreta que me ayudara a resolver el misterio. Estudié su rostro con lupa, sobre todo sus ojos, que podían brillar de tal modo que le resultaba imposible ocultar su felicidad. Pero en aquella foto parecían vacíos, ausentes, como si ya entonces se hubiese marchado de nuestro lado.
Bajo la foto, dos pasaportes caducados, el documento que lo acreditaba como ciudadano estadounidense y varias agendas viejas llenas de apuntes escritos con letra pequeña y apretada. Boston. Washington. Los Ángeles. Miami. Londres. Hong Kong. París. Hubo años en los que mi padre dio varias vueltas al mundo. Había llegado a ser uno de los ocho socios de su bufete y se había especializado pronto en la industria del entretenimiento. Asesoraba a los estudios de Hollywood en sus contratos cinematográficos, sus adquisiciones y sus fusiones. Además, entre sus clientes se encontraban algunas de las más importantes estrellas de ese mundo.
Jamás alcancé a entender cómo había llegado a tener tanto éxito. Trabajaba mucho, es cierto, pero al mismo tiempo no parecía tener ni la más mínima ambición personal. No era engreído y no le interesaba la fama de sus clientes. Su nombre jamás apareció en la prensa rosa y no acudió a ninguna fiesta; ni siquiera a los opulentos bailes de caridad que mi madre y sus amigas solían organizar. Parecía ajeno a esa necesidad tan propia de los inmigrantes de pertenecer a un lugar. Era un solitario. La imagen opuesta de lo que cualquiera habría imaginado al pensar en un abogado del mundo del espectáculo. Quizá fuera precisamente eso lo que avivara el respeto que todo el mundo le profesaba. Lo que lo convirtiera en un admirado negociador. Esa calma, ese sosiego, ese modo tan poco pretencioso de hacer las cosas, siempre algo ingenuo, ausente, distraído, completamente inmutable ante el dinero o la fama. Y a eso había que añadir dos características extraordinarias, tan pronunciadas que en ocasiones resultaban inquietantes hasta para sus propios socios y sus escasos amigos: poseía una memoria casi fotográfica y un increíble conocimiento de la naturaleza humana. Mi padre revisaba balances y borradores de contratos y enseguida se los sabía de memoria, y citaba memorandos y correspondencias que se remontaban varios años atrás. Antes de empezar una conversación solía cerrar los ojos y concentrarse en las voces de sus interlocutores. Como si escuchara una ópera. Pocas frases después sabía cuál era su estado anímico, percibía si estaban seguros de lo que defendían, intuía si decían la verdad o intentaban marcarse un farol. No lo lograba siempre, pero casi. De joven nunca se equivocaba, solía decir. Era algo que había aprendido. Pero jamás quiso decirme quién se lo había enseñado ni cuándo ni dónde, por mucho que se lo pedí.
Jamás logré colarle una mentira. Jamás.
La agenda más antigua era de 1960. La ojeé por encima. Citas de negocios; nombres, lugares y fechas desconocidos. En el centro, una nota en la que inmediatamente reconocí la letra de mi padre.
¿Cuánto vive el hombre, por fin?
¿Vive mil días o uno solo?
¿Una semana o varios siglos?
¿Por cuánto tiempo muere el hombre?
¿Qué quiere decir «Para siempre»?
Pablo Neruda
Debajo de todo había un sobre de fino papel azul para correo aéreo, cuidadosamente doblado hasta quedar convertido en un pequeño cuadrado. Lo desdoblé y lo abrí. Tenía escrita una dirección:
Mi Mi
38, Circular Road
Kalaw (Shan)
Birmania
Dudé. ¿Contendría aquella insignificante cuartilla azul, fina como el papel de fumar, la clave de los secretos de mi padre? ¿Tendría por primera vez la posibilidad de descubrir algo sobre su desaparición?
No estaba segura de querer leerlo. ¿Hasta qué punto seguía siendo importante la verdad ahora, cuatro años después? Mi madre había aceptado al fin vivir con la incógnita y las cosas le iban probablemente mejor que durante su matrimonio. Mi hermano continuaba en California y estaba a punto de fundar una familia. Su relación con mi padre nunca había sido demasiado buena y debía de hacer ya dos años que ni siquiera lo mencionaba. Yo concentraba mis energías en el trabajo y me forjaba una carrera como abogada. Tenía la agenda a tope para los meses siguientes. Estaba trabajando en dos casos muy importantes y no me quedaba un segundo libre, ni siquiera para tener novio. Cada uno de nosotros se había acomodado a su propia versión de los hechos y no nos iba nada mal. En aquel momento no tenía ni la energía ni el interés suficientes para preocuparme por el pasado. Bien pensado, ¿por qué habría de hacerlo? Así estaba bien.
Cogí la carta y me dirigí a la cocina. Podría quemarla en el fogón. Las llamas tardarían pocos segundos en convertir en cenizas aquel papel tan fino. Encendí el fuego, oí salir el gas, el clic del encendido automático de la llama. Acerqué el sobre. Un solo movimiento y nuestra familia continuaría en paz. Ya ni siquiera sé cuánto rato estuve ahí plantada, frente al fuego. Sólo recuerdo que de pronto los ojos se me anegaron en lágrimas que me rodaron por las mejillas. No sabía por qué lloraba, pero mi tristeza fue haciéndose cada vez mayor, y en un momento dado me encontré de nuevo sobre mi cama, llorando como una niña.
Cuando me desperté, el reloj que tenía junto a la cama marcaba las 5.20. Aún notaba el llanto en el cuerpo, aunque por unos brevísimos instantes no recordé el motivo y pensé que quizá se había tratado de un sueño. Entonces vi la carta. Me levanté y me desvestí, me duché, me enfundé en mi albornoz, metí un cruasán congelado en el microondas y me preparé un café con leche. Sentada a la mesa, empecé a desdoblar la carta. Como si pudiera explotar entre mis dedos como una pompa de jabón.
Nueva York, 24 de abril de 1955
Querida Mi Mi:
Han pasado 5.864 días desde que escuché los latidos de tu corazón por última vez. ¿Tienes idea de cuántas horas son eso? ¿Cuántos minutos? ¿Sabes lo pobre que es un ave que no puede trinar, una flor que no florece? ¿Qué calvario sufre un pez al que le privan del agua?
Es difícil escribirte una carta, Mi Mi. He escrito ya tantas que al final no he enviado... ¿Qué podría decirte que no sepas ya? Como si nos hicieran falta la tinta y el papel, las letras y las palabras, para saber cómo nos sentimos. Tú has estado a mi lado todas y cada una de las 140.736 horas, sí, tantas ya, y seguirás estándolo hasta que nos reencontremos. (Perdona si verbalizo lo obvio, solo por una vez.) Volveré cuando llegue el momento. Qué sencillas y vacías pueden sonar a veces las más bellas palabras. Qué triste y desoladora debe de ser la vida para quienes precisan de ellas para entenderse, quienes necesitan tocarse, verse u oírse para sentirse cerca del ser amado. Quienes se obligan a darse muestras de amor, o a confirmarlo, para estar seguros de su existencia. Intuyo que estas líneas tampoco llegarán a tus manos. Ya hace tiempo que sientes lo que pretendo escribirte, así que estas cartas están, en el fondo, dirigidas a mí mismo, y son apenas intentos de apaciguar la nostalgia.
La carta se interrumpía en este punto. La leí una segunda y una tercera vez, la doblé y la metí de nuevo en su sobre. Miré el reloj. Era sábado por la mañana, poco después de las siete. Había dejado de llover y las nubes habían dado paso a un cielo de color azul intenso que cubría todo Manhattan. El sol despuntaba sobre el East River, se coló en mi habitación y lo cubrió todo de una luz cálida y rojiza. Iba a ser un día frío y hermoso.
Cogí una hoja de papel. Pensé en tomar apuntes, analizar la situación, articular una estrategia; lo que hacía en el despacho. El papel siguió en blanco.
Había dejado pasar el momento de la decisión. Ya estaba tomada, aunque en realidad no sabía quién lo había hecho por mí ni por qué.
Me sabía de memoria el número de United Airlines. El siguiente vuelo a Rangún salía el domingo, y tenía escala en Hong Kong y Bangkok. Una vez allí debería hacerme con un visado en orden, y, de ser así, el miércoles podría volar con Thai Air hasta Birmania.
¿Y la vuelta?
Reflexioné unos segundos.
Déjela abierta.




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