viernes, 18 de marzo de 2011

¡¡EL ARTE DE ESCUCHAR LOS LATIDOS DEL CORAZON-JAN PHILIPP SENDKER!!

(Continuemos con el libro de Jan Philipp Sendker "El arte de escuchar los latidos del corazón"-3ª PARTE-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker


Capítulo 5

Mi madre ya me esperaba. Habíamos quedado para comer a la una y media, en el Sant Ambroeus de Madison Avenue. Era la una y veinte y ella, como casi cada tarde de domingo, estaba sentada en el sitio de siempre, bastante hacia atrás. El del banco forrado de terciopelo rojo, desde donde podía ver todo el local, con su barra de capuccinos en primera fila. En su mano, una copa de vino blanco semivacía. Desde la apertura de aquel restaurante italiano, hacía ya doce años, mi madre y sus amigas se habían convertido en clientas habituales. Les gustaban los camareros, siempre algo engreídos en sus esmóquines negros, y sobre todo Paolo, el dueño, que las saludaba siempre con grandes aspavientos y les besaba las manos como si llevaran años sin verse. Solían comer allí dos y hasta tres veces por semana, planeaban los bailes de beneficencia para el invierno y se quejaban del tráfico de Hampton en verano.
Mi madre ya había pedido; era uno de nuestros rituales: en Sant Ambroeus ella pedía por mí. Tenía ante sí un plato con tres rodajas de tomate y mozzarella. A mí me esperaba una ensalada pequeña.
Me habló del baile de beneficencia de la Asociación Protectora de Animales, del que era patrocinadora, y de los cuadros de Francis Bacon que había visto en el MoMA y le habían provocado verdadero espanto. Yo asentía casi sin oírla.
Estaba nerviosa. ¿Qué le parecerían mis planes?
El lunes me voy de viaje le dije. La voz me tembló más de lo que esperaba.
¿Adónde vas? me preguntó.
A Birmania.
No me hagas reír dijo, sin levantar la vista de su mozzarella.
Con frases como esa lograba hacerme callar siempre, desde que era pequeña. Di un trago a mi agua mineral y observé a mi madre. Había vuelto a teñirse las canas de color rubio oscuro y a cortarse el pelo bien corto. El corte la hacía parecer más joven, pero también más severa. Su nariz aguileña se había afilado más aún en los últimos años, su labio superior prácticamente había desaparecido y la comisura de su boca, cada vez más arqueada hacia abajo, aportaba a su rostro un toque de acritud. Sus ojos azules habían perdido el brillo que yo recordaba de mi infancia. ¿Sería cosa de la edad o era aquel el aspecto de una mujer que nunca fue amada? Al menos no como hubiese querido o necesitado. ¿Sabía de la existencia de Mi Mi, pero había preferido ocultársela a sus hijos, ocultármela a mí? ¿Tenía que hablarle de la carta?
Se llevó a la boca un trozo de tomate con queso y me observó. No supe interpretar su mirada, así que la esquivé.
¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Aún no lo sé.
¿Y tu trabajo? ¿Qué hay de las negociaciones con Washington de las que me habías hablado?
No lo sé. Quizá puedan esperar dos semanas.
Estás loca. Te juegas tu carrera. ¿Y para qué?
Había esperado y temido aquella pregunta. No podía responderla. La carta para Mi Mi se escribió hacía cuarenta años. Lo cierto es que no creía que tuviera nada que ver con la desaparición de mi padre. No sabía quién era Mi Mi, dónde estaba, qué papel había desempeñado en la vida de mi padre o si aún estaba viva. Tenía un nombre y una dirección antigua en un pueblo que ni siquiera sabía con certeza dónde se encontraba. No soy de ese tipo de personas que se dejan llevar por los sentimientos sin pensárselo dos veces. Suelo hacer más caso a mi intelecto que a mis instintos.
Pero en este caso... Tenía que lanzarme a la búsqueda. Algo me empujaba en aquella dirección, una fuerza que desconocía y a la que no lograba resistirme; una fuerza contra la que no tenía más que argumentos racionales. Y, por primera vez en mi vida, no eran suficientes.
¿Qué esperas encontrar en ese país? oí preguntar a mi madre.
La verdad respondí.
Pretendía que fuera una afirmación, pero sonó más bien como una interrogación.
La verdad, la verdad repitió ella—. ¿Qué verdad? ¿Su verdad? ¿Tu verdad? La mía puedo decírtela en este mismo segundo, en tres frases, si te interesa.
Su voz sonaba amarga y avejentada. No me había dado cuenta de lo herida que se sentía mi madre. Jamás habíamos hablado del tema; ni de su matrimonio ni de la frase «Tu padre ya me había abandonado mucho antes del día que desapareció».
Quisiera saber qué le sucedió a mi padre. ¿Por qué no puedes entenderlo?
¿Y de qué te serviría eso, ahora?
Quizá aún esté vivo...
Aunque así fuera, ¿no crees que ya se habría puesto en contacto con nosotros si hubiese querido saber cómo nos iba? Se dio cuenta de que su comentario me afectaba y añadió—: ¿O quieres jugar a los detectives? La policía seguro que puede hacerlo mejor. Sea lo que sea lo que hayas encontrado entre sus cosas... ¿por qué no se lo das a Lauria? Llámalo. Se alegrará.
Yo también había pensado en eso. Pocas horas después de reservar mi vuelo me encontré en el comedor de mi piso, mirando la ciudad a través de la ventana, y de pronto me pareció que todo aquello era una tontería. ¿En qué aventura quería implicarme? Parecía una adolescente que lo dejaba todo para salir en pos de su amor y recorrer el mundo en su busca. Jamás había sido tan espontánea. Ni a los dieciocho años. Así que, ¿por qué tenía que serlo a los veintisiete? Eché un vistazo a mi agenda y comprendí lo absurdo que era aquel plan. Estábamos preparando la fusión de dos compañías de teléfonos, y en las próximas semanas teníamos previsto realizar varias charlas determinantes en el departamento sobre los cárteles de Washington, además de negociaciones en Phoenix y Austin.
¿Qué espacio me quedaba para Mi Mi?
Llamaría a Lauria, le diría lo que había encontrado y le pediría que me aconsejara.
—Lauria dijo él al teléfono.
Lauria. Con eso bastó. Conocía demasiado bien su tono, perfectamente calculado; su falsa cordialidad, su fingido interés. Lo conocía todo por mi profesión; lo reconocía en mí misma cuando hablaba con alguien del que esperaba o necesitaba algo. Oí su voz y supe que nunca le diría nada de Mi Mi. La mera idea de que llegara a tener en sus manos y leyera la carta de mi padre me pareció repulsiva. Fuera cual fuese el misterio que ocultara, Lauria no tenía por qué enterarse. No era cosa suya. No lo entendería, lo pisotearía todo y lo destrozaría sin darse cuenta siquiera.
Tenía la sensación de que mi padre me había confiado un secreto, un tesoro, un trocito de su corazón o de su alma, pensado solo para mí, y que mi deber era cuidarlo y protegerlo.
Soy Julia Win. Solo quería saber si tenían alguna novedad dije, con cierta torpeza.
No. A no ser que usted tenga algo...
—¿Yo? ¿Por qué habría de tenerlo?
¿Por qué, si no, ha llamado?
Fue una conversación breve.
Miré a mi madre.
—¿Y bien?
¿Qué quieres saber?
La verdad.
Dejó los cubiertos lentamente, se dio unos golpecitos en los labios con la servilleta y bebió un sorbo de vino.
La verdad es que tu padre me engañó. No una vez, ni dos. Me engañó todas las horas, todos los días de los treinta y cinco años que duró nuestro matrimonio. No con una amante a la que visitara en secreto durante sus viajes o con la que se viera algunas tardes mientras yo creía que seguía en el despacho. No sé si tuvo jamás una aventura de ese tipo, y ya no me importa. Me engañó porque me hizo una promesa que jamás cumplió. Se prometió a sí mismo. ¿Eso es el matrimonio, no? Se convirtió al catolicismo por mí y en nuestra boda repitió las palabras sagradas: en lo bueno y en lo malo. Pero no lo dijo en serio. Fingió tener fe y fingió amarme. Nunca se entregó a mí, Julia, ni siquiera en los buenos tiempos.
»¿Crees que jamás le pregunté por su pasado? ¿De verdad crees que los primeros veinte años de su vida me fueron en algún momento indiferentes? La primera vez que se lo pregunté me dio largas, me miró con aquella ternura y confianza tan propias de él, tan irresistibles para mí entonces, y me prometió que un día me lo contaría todo. Aquello fue antes de nuestra boda, y yo le creí, confié en él. Más adelante le repetí la pregunta hasta agobiarlo, lloré, grité y le amenacé con divorciarme. Le dije que me marcharía de casa y que solo volvería cuando decidiera dejarse de secretos. Me dijo que me amaba y me preguntó por qué no me parecía suficiente. ¿Cómo puede nadie decir que ama a otra persona si no es capaz de compartirlo todo con ella, incluido el pasado?
«Después de tu cumpleaños encontré una antigua carta entre sus libros. La había escrito poco antes de nuestra boda. Era una carta de amor y estaba dirigida a una mujer birmana. Quiso explicármelo, pero ya no quise saberlo. Te parecerá extraño Julia, pero una confesión pierde todo su valor si llega en el momento inadecuado. Si lo hace demasiado pronto, nos supera porque no estamos preparados y no somos capaces de concederle su verdadero valor. Si lo hace demasiado tarde, ha perdido ya su oportunidad; la desconfianza y la decepción son ya demasiado grandes, y la puerta se ha cerrado. Lo que debería aportar un acercamiento solo trae, en ambos casos, lejanía. Distancia. Para mí era demasiado tarde. Ya no quería saber nada de sus antiguas amantes. No nos habrían acercado, solo herido. Le dije que me divorciaría si volvía a encontrar una carta como aquella, por muy antigua que fuera, y que jamás volvería a vernos, ni a mí ni a sus hijos. Funcionó. Jamás volví a encontrar nada, aunque cada dos o tres semanas revisaba de nuevo sus cosas concienzudamente.
Hizo una pausa, vació su copa y pidió una nueva. Intenté cogerle la mano, pero la retiró y movió la cabeza. También era tarde para eso.
¿Cómo podía defenderme? ¿Cómo podía hacerle pagar por lo que me había hecho? Decidí tener mis propios secretos. Empecé a compartir cada vez menos cosas con él, a ocultarle mis ideas y mis sentimientos. Y él no preguntó. Pensaba que si quería contarle algo o compartir algo con él, lo haría. Y así convivimos, uno al lado del otro, hasta el día que desapareció.
»Me utilizó. Yo era joven, aún no tenía ni veintidós años, y era también muy ingenua. La primera vez que nos vimos fue en el cumpleaños de una amiga. Aún me parece verlo entrar por la puerta, alto y delgado, con sus labios carnosos, su boca que siempre parecía estar sonriendo. Era guapo y las mujeres se volvían locas por él sin que él hiciera nada al respecto. Quizá ni siquiera se daba cuenta. Todas mis amigas se lo habrían quedado. Su nariz grande, su frente ancha y su rostro enjuto le conferían un aspecto ascético que me pareció de lo más atractivo. Y sus gafas negras y redondas potenciaban aún más sus bonitos ojos. Se movía con ligereza, se expresaba con elegancia y tenía un lenguaje, un aura, que impresionó hasta a mis padres. Para ellos habría sido el yerno perfecto: culto, inteligente, de modales impecables, seguro de sí mismo y en absoluto arrogante.
»Sin embargo, por supuesto, se opusieron a la boda. Murieron sin perdonarme que me hubiera casado con un mestizo. Fue la primera y única vez que me rebelé ante ellos. Como sabes, no es propio de mí. Cambié las reglas en esa única ocasión, y lo he pagado toda mi vida.
Respiró hondo. El camarero había traído su risotto, que la esperaba, humeante, sobre la mesa, pero ella no lo tocó.
Ve a Birmania, si quieres me dijo. Parecía agotada—. Cuando vuelvas, no te preguntaré. Y no quiero que me cuentes nada de lo que encuentres. Sea lo que sea, no me interesa.
Frente a la puerta me esperaba la limusina que debía llevarme al aeropuerto. Era una mañana clara y fría. Vi el aliento del chófer, que caminaba de un lado a otro, junto al coche, fumando. El portero llevó mi equipaje hasta el vehículo y lo metió en el maletero. Cuando estaba a punto de entrar me dio una carta. Hacía media hora que una mujer le había pedido que me la entregara. La letra de mi madre. ¿Por qué no había subido? Mientras el conductor dejaba la Segunda Avenida y entraba en el túnel de Midtown, abrí el sobre.
Mi querida Julia:
Cuando leas estas líneas estarás de camino a Birmania, tierra natal de tu padre. Sea lo que sea lo que andes buscando, espero que lo encuentres.
Te escribo porque no logro sacarme de la cabeza la charla que tuvimos en Sant Ambroeus. Por la tarde, cuando nos despedimos al teléfono, no quise decirte esto que ahora vas a leer.
Durante la comida de ayer reaccioné muy en contra de tus planes. Me hicieron mucho daño, aunque no sé por qué. ¿Fue quizá la decepción que lleva consigo un matrimonio fracasado, que, no obstante, duró casi treinta y cinco años? ¿Un fracaso que ni tu padre ni yo admitimos? ¿O fue más bien el temor a que te pusieras de su parte? Perdóname por haber pensado así.
Ahora he tenido toda una noche para pensar en tu pregunta sobre «la verdad», y me temo que el domingo te oculté un detalle de gran importancia.
Tu padre no quería casarse conmigo. Por lo menos al principio. Desde el día en que le propuse que nos casáramos hasta el que lo hicimos pasaron dos años. Fue una época en la que hice cuanto estuvo a mi alcance para conquistarlo. Al principio me dijo que no nos conocíamos lo suficiente y que debíamos esperar a saber más el uno del otro. Después afirmó que éramos demasiado jóvenes y teníamos que darnos tiempo. Poco antes de la boda me advirtió de que no podría quererme como yo seguramente esperaba o necesitaba. No le escuché. No le creí. Sus reservas, sus dudas, no hacían más que acrecentar mi determinación. Quería conseguirlo. Lo quería a él; a nadie más. Los primeros meses sospeché que quizá tenía una esposa en Birmania, pero me dijo que no estaba casado. No quiso decirme nada más sobre los años que pasó en su país . Y en aquel momento tampoco me interesó. Estaba convencida de que no tardaría mucho en aceptarnos, a mí y a mi amor. Birmania quedaba muy lejos. Yo era quien dormía a su lado y me levantaba con él. Quería conquistarlo. ¿Fue mi vanidad herida lo que me impidió desistir? ¿Me comporté como la hija obediente y educada, de buena familia, que de pronto quiere rebelarse ante sus padres? Nada podría ser más efectivo para oponerse al mundo de mis padres que casarse con un hombre de piel oscura.
Llevo cuatro años intentando responder a estas preguntas. Sin éxito. Quizá fue una combinación de todas esas cosas. Cuando comprendí que no podría cambiar a tu padre como hubiese querido, ya era demasiado tarde. Al principio seguimos juntos por nuestros hijos y después nos faltó coraje para separarnos, al menos a mí; por cuanto hace a tu padre, desconozco sus motivos. Quizá los desconocí siempre.
Quería que lo supieras antes de salir en su busca.
Vuelve sana y salva. Que Dios te bendiga.
Judith
Pasé mucho rato acostada pero dormí mal, aunque apenas podía moverme del sueño que tenía y lo agotada que estaba. La infinidad de preguntas que me rondaban la cabeza no me dejó descansar y me retumbó en el cerebro como si alguien estuviera gritándome al oído sin cesar. En varias ocasiones me incorporé sobresaltada en la cama, con el sueño roto, y eché un vistazo al despertador de viaje que tenía junto a la cama. Las dos y veinte. Las tres y diez. Las cuatro menos veinte.

Al día siguiente la cosa no mejoró. Me desvelé de repente y ya no pude volver a dormir, tenía ganas de vomitar, me dolía la cabeza y el corazón me latía con tanta fuerza como si alguien estuviera golpeándome el pecho sin cesar. Conocía aquella sensación. En Nueva York me pasaba lo mismo las noches previas a citas o negociaciones importantes.

Por la ventana abierta entraba una brisa suave y noté el frío de la mañana colándose lentamente bajo mis sábanas. Un olor fresco y exótico que me resultaba desconocido llenaba la habitación.

Se hizo de día. Me levanté y fui hasta la ventana. El cielo era de color azul oscuro, sin una nube, y el sol aún estaba escondido en algún lugar, tras las montañas. En la pradera que quedaba frente al hotel vi árboles en flor, arbustos y plantas que me parecieron tan extrañas, tan desconocidas, como si formaran parte de la vegetación de un cuento infantil. Sus colores eran más salvajes y explosivos que cualquiera que hubiese visto en América. Me recordaban a los cuadros de Basquiat que tenía en mi piso. Hasta el rojo de las amapolas me parecía mucho más intenso de lo normal.
En la ducha no había agua caliente.
Las paredes y el techo del comedor para el desayuno estaban revestidos de madera oscura, casi negra. Junto a la ventana, había una mesa con cubiertos para el desayuno. Las demás estaban vacías. Yo era la única clienta del hotel.
El camarero se me acercó con una profunda reverencia. Podía escoger entre té o café y huevos fritos o revueltos. No conocía los cornflakes ni los bagels. No tenían embutidos ni queso.
Huevos fritos o revueltos repitió.
Revueltos dije, y él asintió.
Lo vi alejarse y desaparecer tras una puerta batiente que quedaba justo en la otra punta del comedor. Él también se movía con tanta ligereza que ni siquiera pude oír sus pasos. Como si levitara unos centímetros por encima del suelo.
Estaba sola y el silencio me resultaba incómodo. Me sentía observada, como si las mesas y las sillas vacías tuvieran ojos, me miraran fijamente y anotaran con desaprobación todos y cada uno de mis movimientos. No estaba acostumbrada al silencio. No al de aquel tipo, cuando menos. ¿Cuánto podía tardarse en hacer un café? ¿En preparar unos huevos? ¿Por qué no me llegaba ninguna voz, ningún sonido, de la cocina? El silencio me oprimía, me parecía más inquietante a cada minuto que pasaba, y me pregunté si existiría una progresión del silencio, del mismo modo que es posible elevar el nivel de ruido. La respuesta era evidente: cada instante me atacaba con más fuerza; me hería los oídos; era insoportable. Carraspeé, golpeé el plato con el cuchillo. Solo por oír algo. El silencio devoró los sonidos y resultó aún peor.
Me levanté, me dirigí hasta la puerta que daba al jardín, la abrí y salí. Hacía viento. Nunca el susurro de un árbol, el murmullo de una abeja, el canto de un saltamontes, me había parecido tan tranquilizador.
El café solo estaba tibio; los huevos, quemados. El camarero se quedó en una esquina, sonrió e inclinó la cabeza, y yo me tomé los huevos chamuscados y me bebí el café medio frío e incliné la cabeza y le devolví la sonrisa. Pedí otro café y eché un vistazo a mi guía turística. Apenas dedicaba una hoja a Kalaw.
Emplazado en el límite occidental del valle de Shan, famosa estación de montaña en época británica, hoy es un lugar tranquilo y pacífico con muchos recuerdos de la época colonial. Situado a 1.320 metros de altura, su temperatura es siempre agradablemente fresca. Un lugar ideal para pasear entre bosques de pinos y bambús, con impresionantes vistas a las montañas y valles de la provincia de Shan.
Población: irrepetible mezcla de shanes, birmanos, diversos habitantes de las montañas, musulmanes birmanos e indios y nepaleses (gurkas que en su día sirvieron al ejército británico). Muchos de ellos acudieron a escuelas misioneras. Hasta los años setenta hubo en Kalaw misioneros estadounidenses impartiendo clases en las escuelas. Hoy en día la mayor parte de sus antiguos habitantes continúa hablando inglés.
Como puntos de interés turístico mencionaba tres pagodas y el mercado. Por lo visto había tres restaurantes: uno birmano, uno chino y uno nepalés, un cine y varias casas de té. El hotel en el que me alojaba, de estilo Tudor, fue diseñado por un arquitecto inglés; fue la primera casa del lugar, ya en época colonial. Pero había varios hotelitos más y pensiones para los «menos exigentes». Tras el desayuno me dirigí al jardín y me senté bajo un pino, en un banco de madera. No quedaba ni rastro del frescor de la mañana. Con el sol llegó el calor, y un olor pesado y dulce impregnaba el ambiente.
¿Por dónde empezaría a buscar a Mi Mi? Mi único punto de partida era el sobre con la dirección:
38, Circular Road
Kalaw (Shan)
Birmania
De eso hacía casi cuarenta años.
Necesitaba urgentemente un vehículo y la ayuda de un nativo que conociese bien la zona. ¿Qué más?
Apunté en mi libreta una lista de cosas que tenía que hacer:
1. Alquilar coche con chófer
2. Encontrar guía turístico
3. Hacerme con un listín telefónico
4. Comprar un plano de la ciudad
5. Buscar la dirección de Mi Mi
6. En caso de que hubiera cambiado de domicilio, preguntar a los vecinos y/o la policía
7. Preguntar a la policía por mi padre
8. Pedir información al alcalde y/o la oficina del ciudadano
9. Posibilidad de visitar a otros estadounidenses o ingleses de la zona
10. Colgar una foto de papá en casas de té, hoteles y restaurantes
11. Visitar todos los hoteles, clubes, etc.
Así era como preparaba mis encuentros y conversaciones con clientes: las listas, la investigación sistemática, era algo que conocía bien; que me aportaba seguridad.
En el hotel me recomendaron un chófer que hacía las veces de guía turístico. Aquel día había salido con dos turistas daneses, pero a partir del día siguiente dispondría de tiempo para mí. Tenía previsto volver al hotel aquella misma tarde, hacia las ocho. Me pareció lógico esperar a que regresara y empezar a buscar al día siguiente. Además, así podría preguntar a U Ba por Mi Mi, aunque fuera un estafador. Por lo visto había vivido siempre en Kalaw y tenía aproximadamente la misma edad que ella, de modo que era posible que la conociera.
Eran poco más de las doce cuando decidí salir a hacer footing. Mi cuerpo necesitaba moverse un poco tras el largo viaje, y aunque hacía mucho calor, el viento y el aire seco de las alturas lo convertían en algo soportable. Estaba en buena forma y en Manhattan solía correr varios kilómetros por Central Park incluso en las tardes más calientes y húmedas del verano.
El ejercicio me sentó bien, me liberó. Las miradas dejaron de molestarme. Ya no tenía que evitarlas, porque estaba concentrada en mis piernas. Tuve la sensación de que podía escapar de todo lo que me resultaba extraño e inquietante, de que podía ver y observar sin ser vista. Bajé por la calle mayor, corrí hasta el pueblo, pasé junto a una mezquita y una pagoda, rodeé el mercado con un gran arco, adelanté carros tirados por bueyes, coches de caballos y a varios monjes jóvenes. Tuve que correr para darme cuenta de la lentitud y parsimonia con la que se movía la gente de aquel lugar, pese a la ligereza de sus pies. De pronto me sentía a su altura. Yo decidía mi propio ritmo, ya no tenía que seguir adaptándome a su velocidad. Sentí la fuerza en mis piernas, y me alegré de que no hubiese remitido al cabo de media hora. Ni siquiera el regreso de subida al hotel me resultó cansado.
Tras una ducha me estiré sobre la cama y descansé. Me sentía mejor.
Entonces, de camino a la casa de té, mis piernas empezaron a dar muestras de cansancio. Pude notarlo a cada paso. No soy de esas personas a las que les gustan las sorpresas.
¿Qué tenía pensado contarme, cuánto tendría de verdad? Le haría preguntas muy detalladas, y si incurría en alguna contradicción, me levantaría y me iría.
U Ba ya me esperaba. Se levantó, hizo una reverencia y me cogió de las manos. Tenía la piel suave y las manos agradablemente cálidas. Nos sentamos. Pidió dos vasos de té y unas galletas y me miró sin decir nada. Al cabo de un rato cerró los ojos, respiró hondo y empezó a hablar.




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