miércoles, 30 de marzo de 2011

¡¡Chocolate Biscotti-Receta cookies!!

¡Receta de davidlebovitz.com!

chocolate biscotti

Chocolate Biscotti
50-60 cookies

Utilice una buena calidad de cacao en polvo . Usted puede utilizar naturales u holandés-proceso para ellos, lo que más te guste. Sólo recuerda que el sabor del chocolate de las galletas terminado depende de la calidad de cacao en polvo se utiliza.

Para los biscotti:

2 tazas (280g) de harina
3 / 4 tazas (75g) de cacao en polvo de primera calidad
1 cucharadita de bicarbonato de sodio
1 / 4 cucharadita de sal
3 huevos grandes, a temperatura ambiente
1 taza (200g) de azúcar
1 cucharadita de extracto de vainilla
1 / 2 cucharadita de extracto de almendra
1 taza (125 g) de almendras, tostadas y muy grueso, picado
3 / 4 tazas (120 g) chispas de chocolate

Para el glaseado:

1 huevo grande
2 cucharadas de azúcar ordinario o cristal (ver Notas)


1. Precaliente el horno a 350F (180C) grados.

2. En un tazón pequeño, tamizar la harina, cacao en polvo, bicarbonato de sodio y la sal.

3. En un tazón grande, bata los 3 huevos, azúcar y extractos de vainilla y almendra. Poco a poco, agregue los ingredientes secos, luego mezclar las nueces y el chocolate hasta que la masa se mantiene unido.

4. Forrar una bandeja para hornear con papel pergamino o una colchoneta de silicona. Divida la masa en dos. En una superficie ligeramente enharinada, extender la masa en dos registros de la longitud de la hoja de hornear. Transferencia de los registros en la hoja de hornear, uniformemente separados.

5. Suavemente aplanar la parte superior de los registros. Batir el huevo restante y cepille las tapas de los registros generosamente con el huevo. (No lo vas a utilizar todos). Espolvorear la parte superior con el azúcar ordinario o cristal y hornear durante 25 minutos, hasta que la masa se sienta firme al tacto.

6. Retire la masa de galletas del horno y deje enfriar 15 minutos. En una tabla de cortar, usar un cuchillo de pan serrado para cortar las galletas en diagonal en rodajas 1/2-inches. Coloque las galletas parte cortada hacia abajo en la bandeja para hornear y volver al horno durante 20-30 minutos, dando vuelta a mitad de camino de la bandeja de horno durante la cocción, hasta que las galletas se sienten sobre todo firme.

Una vez cocido, enfriar las galletas completamente a continuación, almacenar en un recipiente hermético hasta por dos semanas. Si lo desea, las cookies pueden ser la mitad-sumergido en el chocolate derretido, luego se enfrió hasta que el chocolate se endurezca.

Enlace: http://www.davidlebovitz.com/2009/01/chocolate-biscotti/

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sábado, 26 de marzo de 2011

¡¡ LIZ TAYLOR-MI HOMENAJE A SUS OJOS COLOR VIOLETA IRREPETIBLES!!

Elizabeth Rosemond Taylor nació el 27 de febrero de 1932 en Londres (Inglaterra). Sus padres, de nacionalidad estadounidenses,
 pertenecían a la clase media alta y se dedicaban al comercio del arte, 
por lo que vivían en la capital inglesa. 
Pero cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la familia 
decidió retornar a los Estados Unidos estableciéndose en Los Ángeles.


Comenzó su larga y exitosa carrera cuando apenas tenía 10 años.
 Y desde entonces no paró de hacer películas, 
ganando sólo dos Oscar. 
Así como su vida profesional fue prolífica lo mismo 
ocurrió con su vida sentimental, llego a casarse ocho veces. 
 Fue intervenida de un tumor cerebral, 
luchó contra el cáncer y el sida. 
Un ejemplo de fuerza que continuo, aun a pesar de todo.


Junto a Richard Burton, con quien vivió una gran pasión, protagonizó varias películas: “Hotel Internacional” (1963), “Castillos en la arena” (1965),
 “¿Quién teme a Virginia Wolf?” (1966), película por la cual Liz ganó su segundo Oscar,
 “La mujer indomable” (1967), 
“The comedians” (1967), “Doctor Fausto” (1968),
 “La mujer maldita” (1968), “Pacto con el diablo” (1972), 
“Bajo el bosque lácteo” (1973). 
Y para la televisión se los vio juntos en “Divorce His, Divorce Hers” (1973).


Gracias a películas como “El padre de la novia” (1950), 
“El padre es abuelo” (1951), 
“Un lugar en el sol” (1951), “Ivanhoe” (1952), 
“Beau Brummell” (1954), “La última vez que vi Paris” (1954), 
“Gigante” (1956), “El árbol de la vida” (1957), 
“La gata sobre el tejado de zinc” (1958) y 
“De repente, el último verano” (1959). 
se confirmó que Elizabeth Taylor era una gran intérprete.


En el rodaje de “Cleopatra” Elizabeth compartió protagonismo con un actor británico, Richard Burton, 
con quien tuvo uno de los amoríos más célebres de toda la historia del cine. 
Se casaron en 1964, se divorciaron diez años después, 
y se volvieron a casar en 1975 para terminar separándose definitivamente en 1976.


Fue varias veces nominada al Oscar, pero recién consiguió ser galardonada 
con este gran premio en el año 1960 por su intervención en “Una mujer marcada”. 
Después de esta película la actriz se dedicó 
a trabajar en el megaproyecto de “Cleopatra” (1963), 
por aquel entonces la película más cara de la historia.




En 1950 inició una vida sentimental bastante complicada y extenuante, 
llegando a casarse ocho veces. 
Por lo que, además de su excelencia en el trabajo, 
se transformó en la mujer más famosa del cine. 
En ese año contrajo matrimonio con el millonario Nicky Hilton Jr. 
Esta unión duró menos de un año y tras divorciarse, 
en 1951, Liz se casó con el actor Michael Wilding, 
con quien convivió entre 1952 y 1957.











miércoles, 23 de marzo de 2011

¡¡HISTORIA DEL GUERNICA-PABLO PICASSO!!


Guernica es un famoso cuadro de Pablo Picasso, pintado en los meses de mayo y junio de 1937, cuyo título alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de dicho año, durante la Guerra Civil Española.
Fue realizado por encargo del Gobierno de la República Española para ser expuesto en el pabellón español durante la Exposición Internacional de 1937 en París,con el fin de atraer la atención del público hacia lacausa republicana en plena Guerra Civil Española.
En la década de 1940, puesto que en España se había instaurado el régimen dictatorial del general Franco, Picasso optó por dejar que el cuadro fuese custodiado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, aunque expresó su voluntad de que fuera devuelto a España cuando volviese al país la democracia. En 1981 la obra llegó finalmente a España. Se expuso al público primero en el Casón del Buen Retiro, y luego, desde 1992, en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde se encuentra en exhibición permanente.
Su interpretación es objeto de polémica, pero su valor artístico está fuera de discusión. No sólo es considerado una de las obras más importantes del arte del siglo XX, sino que se ha convertido en un auténtico "icono del siglo XX", símbolo de los terribles sufrimientos que la guerra infringe a los seres humanos. No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. (Pablo Picasso)


Descripción del cuadro

El Guernica es un óleo sobre lienzo, con unas dimensiones de 3,50 x 7,80 m. A pesar de su título, y de las circunstancias en que fue realizado, no hay en él ninguna referencia concreta al bombardeo de Guernica ni a la Guerra Civil Española. No es, por lo tanto, un cuadro narrativo, sino simbólico. Está pintado utilizando únicamente el blanco y negro, y una variada gama de grises.
La estructura del cuadro es semejante a la de un tríptico, cuyo panel central está ocupado por el caballo agonizante y la mujer portadora de la lámpara. Los laterales serían, a la derecha, la casa en llamas con la mujer gritando, y, a la izquierda, el toro y la mujer con su hijo muerto. El del tríptico no es, sin embargo, el único principio de ordenación espacial presente en el Guernica. Las figuras están organizadas en triángulos, de los cuales el más importante es el central, que tiene como base el cuerpo del guerrero muerto, y como vértice la lámpara.
En el cuadro aparecen representados nueve símbolos: seis seres humanos y tres animales (toro, caballo y paloma).
De izquierda a derecha, los personajes son los siguientes:

• Toro. Aparece en la izquierda del cuadro, con el cuerpo oscuro y la cabeza blanca. Éste voltea y parece mostrarse aturdido ante lo que ocurre a su alrededor. Al ser preguntado sobre el simbolismo del toro, Picasso indicó que simbolizaba "brutalidad y oscuridad". Se ha indicado también que la figura del toro, como en otros cuadros anteriores de Picasso (como la Minotauromaquia de 1935), puede ser, en cierto modo, un autorretrato del propio artista.

• Madre con hijo muerto. Se sitúa bajo el toro, como protegida por él, con la cara vuelta hacia el cielo en un ademán o grito de dolor. Su lengua es afilada como un estilete y sus ojos tienen forma de lágrimas. Sostiene en sus brazos a su hijo ya muerto. Los ojos del niño carecen de pupilas, ya que está muerto. El modelo iconográfico de esta figura es, según los críticos, la "Pietà", esto es, la representación, habitual en el arte cristiano, de la Virgen María sosteniendo en sus brazos a su hijo muerto. Según la muy discutida interpretación de Juan Larrea, el grupo madre-hijo simbolizaría a la ciudad de Madrid, sitiada por las tropas de Franco.

• Paloma. Situada entre el toro y el caballo, a la altura de sus cabezas, no resulta visible a simple vista, pues, excepto por una franja de color blanco, es del mismo color que el fondo y únicamente está trazada su silueta.
Tiene un ala caída y la cabeza vuelta hacia arriba, con el pico abierto. Generalmente se ha considerado un símbolo de la paz rota.

• Guerrero muerto. En realidad, sólo aparecen los restos de la cabeza, brazo completo o antebrazo derecho y antebrazo izquierdo. Un brazo tiene la mano extendida. El otro brazo sostiene una espada rota y una flor, que puede interpretarse como un rayo de esperanza dentro de ese panorama descorazonador.

• Bombilla. Es una de las imágenes que más intriga despierta, imagen ubicada en el centro del cuadro. Se puede relacionar el símbolo bombilla con bomba. Se ha dicho que ésta simboliza el avance científico y electrónico que se convierte en una forma de avance social pero al mismo tiempo en una forma de destrucción masiva en las guerras modernas. El bombardeo de Guernica pudo ser una prueba de esta tecnología.

• Caballo. Ocupa el centro de la composición. Su cuerpo está hacia la derecha, pero su cabeza, igual que la del toro, se vuelve hacia la izquierda. Adelanta una de las patas delanteras para mantenerse en equilibrio, pues parece a punto de caerse. En su costado se abre una herida vertical y está, además, atravesado por una lanza. Tiene la cabeza levantada y la boca abierta, de donde sobresale la lengua, terminada en punta. Su cabeza y su cuello son grises, el pecho y una de sus patas, de color blanco, y el resto de su cuerpo está recubierto por pequeños trazos.

• Mujer arrodillada. Otra versión es que la mujer está herida y se acerca a la yegua para descansar de sus heridas.
La pierna de la mujer que camina hacia el centro está visiblemente dislocada o cortada, con una hemorragia que trata de frenar inútilmente con su mano derecha, por lo que lleva la pierna arrastrada y ya medio muerta. Tal descripción es reforzada por la coloración blanquecina del pie que arrastra en comparación al otro que conserva un color más fuerte, y también comparándolo con los desmembrados miembros del soldado, que yacen con la misma coloración significando probablemente la pérdida de sangre.La hemorragia de alguna manera se puede deducir en un sombreado oscuro que parece justo en la articulación dislocada de la pierna de la mujer.

• Mujer del quinqué. Ilumina la estancia con una vela y avanza con la mirada perdida, como en un estado de shock. Esta mujer se interpreta como una alegoría fantasmagórica de la República. Tiene su otra mano aprisionándose el pecho justo entre sus dos senos, que salen a relucir a través de la ventana.

• Casa en llamas.
Además, Picasso logra resaltar la expresividad en la configuración de cada uno de los detalles de sus personajes a través de simples líneas.
Interpretación
Picasso fue siempre reacio a dar una explicación del significado del Guernica.

Historia del cuadro

Picasso y la Segunda República española

Cuando, el 14 de abril de 1931, se proclamó en España la Segunda República, Picasso llevaba ya varios años residiendo en Francia de forma permanente. Inicialmente, la República no mostró demasiado interés por la obra del pintor, quien, por su parte, no mostró tampoco ningún signo de acercamiento al nuevo régimen. Años atrás, al ser preguntado por sus ideas políticas, había contestado simplemente: “Soy monárquico porque en España hay un rey”.
El Director General de Bellas Artes, Ricardo Orueta, tuvo en 1933 la idea de montar una exposición de obras de Picasso en Madrid, pero el escritor y embajador de España en París Salvador de Madariaga le hizo desistir del proyecto al informarle de que la actitud del pintor era “francamente grosera […] para conmigo personalmente y para el embajador de su país”. Eran pocos en España los que entonces defendían la importancia de la obra de Picasso: entre ellos estaba Manuel Abril, Premio Nacional de Literatura en 1934 con una obra, De la naturaleza al espíritu, en la que hacía un encendido elogio y una ardiente defensa del pintor. Cuando en enero de 1936 se llevó a cabo una exposición retrospectiva de Picasso en la sala Esteva de Barcelona, organizada por la asociación ADLAN (Amigos de las Artes Nuevas), fue recibida con hostilidad por la prensa. La exposición viajaría más tarde a Madrid y a Bilbao.
Tras el inicio de la Guerra Civil española en julio de 1936, por iniciativa personal del pintor Josep Renau, por entonces Director General de Bellas Artes, se decidió nombrar a Picasso director honorario del Museo del Prado.
El artista aceptó emocionado el nombramiento, que se hizo efectivo en septiembre de 1936, aunque jamás llegaría a tomar posesión de su cargo. Para la República, se trataba sobre todo, en tiempos difíciles para su supervivencia, de jugar la baza del prestigio internacional del autor.
El encargo A principios de enero de 1937, en su domicilio de la parisina rue la Boëtie, Picasso recibió la visita de una delegación española formada por el director general de Bellas Artes Josep Renau, el arquitecto Luis Lacasa, y los escritores Juan Larrea, Max Aub y José Bergamín. El propósito de sus visitantes era solicitar su colaboración para el pabellón español de la proyectada Exposición Internacional de París. En un primer momento, el pintor se mostró un tanto renuente. Sin embargo, el 8 de enero de 1937 completó la primera lámina de su serie de aguafuertes.
Sueño y mentira de Franco, de la que se hizo una edición limitada de 1.000 ejemplares destinados a ser vendidos en la exposición: los beneficios obtenidos se destinarían íntegros a la causa republicana. La segunda y última plancha fue iniciada al día siguiente, 9 de enero, pero no se concluiría hasta el 7 de junio, después de la creación del Guernica. El principal encargo que le hizo a Picasso el gobierno español, una pintura mural que cubriera un espacio de 11x4 metros, fue demorado por el pintor varios meses. Por entonces, Picasso tenía una complicada situación personal, dividido entre tres mujeres: su esposa, Olga, su antigua amante, Marie-Thérèse, madre de su hija Maya, y su amante más reciente, Dora Maar.
Para la realización del mural, el gobierno español adquirió el edificio situado en el número 9 de la rue des Grands-Augustins, cuyo amplio ático fue transformado en estudio. El edificio tenía una curiosa historia. Allí había situado Balzac el estudio del pintor protagonista de su novela La obra maestra desconocida, que, por cierto, Picasso había ilustrado en 1927. (Además, había sido el lugar escogido para celebrar sus reuniones por el grupo izquierdista «Contre-Attaque», liderado por el surrealista Georges Bataille, de quien Dora Maar había sido antes amante).
Según señaló Josep Lluís Sert, el arquitecto que diseñó el pabellón español de la Exposición Internacional:
A Picasso se le pagaron, como a todos, sólo los colores, las telas, los bastidores, los marcos, el transporte, cantidades mínimas. El trabajo en sí fue un regalo, se hizo como un donativo del artista, porque todos se habían ofrecido a colaborar con la República.
Se sabe, sin embargo, que Picasso recibió de la República Española 150.000 francos en concepto de gastos. Una nota firmada por Max Aub, fechada el 28 de mayo de 1937 y dirigida al embajador Luis Araquistáin, acredita este pago.
Según dicha nota, el pintor se negaba a aceptar cifra alguna, y el pago que finalmente se le dio tiene un carácter exclusivamente simbólico, destinado a cubrir los gastos de Picasso. Se ha cuestionado, sin embargo, el carácter simbólico de la suma indicada, que, según De la Puente, asciende a "el 15 por 100 del costo total del pabellón español, unas nueve veces más que el precio máximo que hasta entonces había logrado Picasso por lo mejor pagado de su arte". En todo caso, sería el recibo de dicho pago el que décadas más tarde permitiría al Gobierno español
reclamar la propiedad del cuadro.

Ejecución

Los bocetos que se conservan con fecha de 18 y 19 de abril revelan que Picasso no había encontrado todavía la inspiración para su obra, a pesar de la inminente inauguración de la Exposición Internacional. Dichos bocetos, que tienen como tema El taller: el pintor y su modelo, prefiguran el Guernica únicamente en cuanto a la forma rectangular de la composición, aunque se ha señalado también que la figura del pintor con el brazo extendido guarda cierta semejanza con la de la mujer que alarga el brazo con el quinqué en el Guernica. No obstante, no aparece en estos esbozos ninguno de los elementos iconográficos del futuro cuadro. En uno de los bocetos hay incluso alguna clara alusión política (la hoz y el martillo), que no estará presente en el Guernica.
El 26 de abril se produjo el bombardeo de la histórica villa vasca de Guernica por las aviaciones alemana e italiana, lo que suponía el primer bombardeo indiscriminado de civiles en suelo europeo. La noticia apareció el 28 de abril en L'Humanité, el periódico que Picasso solía leer; posiblemente Picasso la conociera incluso con anterioridad gracias a sus amigos españoles.
El 1 de mayo realizó Picasso los primeros esbozos de su cuadro. El proceso de creación de la obra está documentado, además de por los esbozos, por las fotografías que tomó Dora Maar; según Van Hensbergen, todo este material puede constituir “el ejemplo mejor documentado del progreso de una obra en toda la historia del arte”. En el primer boceto del cuadro aparecen ya los personajes principales del Guernica: el toro, la mujer con la luz, el guerrero derribado en el suelo y el caballo. En el segundo esbozo, también del 1 de mayo, encima del toro aparece un caballito alado que no estará presente finalmente en el cuadro. La figura de la madre con el niño muerto en brazos aparece por primera vez en un dibujo fechado el día 8 de mayo.
El artista comenzó a trabajar directamente sobre el lienzo el día 11 de mayo. La tela era tan grande que apenas cabía en el estudio. Por este motivo, y dado que su destino era ir pegada a un muro, Picasso utilizó pintura vinílica Ripolín mate, de uso industrial. A instancias del propio Picasso, Dora Maar realizó un total de siete fotografías, cada una de las cuales muestra el lienzo en un estadio diferente de su ejecución, Gracias a las fotografías, los críticos han considerado que la obra se elaboró en seis fases. Valeriano Bozal ha observado que durante las tres primeras fases predomina un sentido narrativo de la composición, "reforzado por la forma rectangular de la obra, por su horizontalidad" Apenas hay elementos que destaquen verticalmente, y nada obstruye por lo tanto el sentido horizontal de la "lectura". La figura del toro se extendía de derecha a izquierda.
En la cuarta fase, según Bozal, se introdujeron dos elementos novedosos: por una parte, el cuerpo del toro, que antes estaba a la derecha de su cabeza, se situó a su izquierda, con lo cual quedaba violentamente torcido; por otra, se destacó en el centro la figura del caballo.
En las siguientes fases, el trabajo de Picasso se centró en las figuras del guerrero caído y de la mujer de la derecha.
En ciertos momentos de la elaboración de la obra, el artista intentó introducir elementos de collage, en concreto en la mujer de la derecha, pero finalmente desechó la idea. En la última fase, Picasso rellenó el caballo con pequeños trazos y la falda de la madre con rayas verticales, dibujó una cuadrícula en el suelo y terminó de pintar la zona de la lámpara.
El pintor dio por concluido su cuadro el 4 de junio de 1937.

¡EL GUERNICA EN 3D!











viernes, 18 de marzo de 2011

¡¡EL ARTE DE ESCUCHAR LOS LATIDOS DEL CORAZON-JAN PHILIPP SENDKER!!

(Continuemos con el libro de Jan Philipp Sendker "El arte de escuchar los latidos del corazón"-3ª PARTE-las primeras las encontrareis en mis etiquetas de NOVELA)
El arte de escuchar los latidos del corazón, Jan Philipp Sendker


Capítulo 5

Mi madre ya me esperaba. Habíamos quedado para comer a la una y media, en el Sant Ambroeus de Madison Avenue. Era la una y veinte y ella, como casi cada tarde de domingo, estaba sentada en el sitio de siempre, bastante hacia atrás. El del banco forrado de terciopelo rojo, desde donde podía ver todo el local, con su barra de capuccinos en primera fila. En su mano, una copa de vino blanco semivacía. Desde la apertura de aquel restaurante italiano, hacía ya doce años, mi madre y sus amigas se habían convertido en clientas habituales. Les gustaban los camareros, siempre algo engreídos en sus esmóquines negros, y sobre todo Paolo, el dueño, que las saludaba siempre con grandes aspavientos y les besaba las manos como si llevaran años sin verse. Solían comer allí dos y hasta tres veces por semana, planeaban los bailes de beneficencia para el invierno y se quejaban del tráfico de Hampton en verano.
Mi madre ya había pedido; era uno de nuestros rituales: en Sant Ambroeus ella pedía por mí. Tenía ante sí un plato con tres rodajas de tomate y mozzarella. A mí me esperaba una ensalada pequeña.
Me habló del baile de beneficencia de la Asociación Protectora de Animales, del que era patrocinadora, y de los cuadros de Francis Bacon que había visto en el MoMA y le habían provocado verdadero espanto. Yo asentía casi sin oírla.
Estaba nerviosa. ¿Qué le parecerían mis planes?
El lunes me voy de viaje le dije. La voz me tembló más de lo que esperaba.
¿Adónde vas? me preguntó.
A Birmania.
No me hagas reír dijo, sin levantar la vista de su mozzarella.
Con frases como esa lograba hacerme callar siempre, desde que era pequeña. Di un trago a mi agua mineral y observé a mi madre. Había vuelto a teñirse las canas de color rubio oscuro y a cortarse el pelo bien corto. El corte la hacía parecer más joven, pero también más severa. Su nariz aguileña se había afilado más aún en los últimos años, su labio superior prácticamente había desaparecido y la comisura de su boca, cada vez más arqueada hacia abajo, aportaba a su rostro un toque de acritud. Sus ojos azules habían perdido el brillo que yo recordaba de mi infancia. ¿Sería cosa de la edad o era aquel el aspecto de una mujer que nunca fue amada? Al menos no como hubiese querido o necesitado. ¿Sabía de la existencia de Mi Mi, pero había preferido ocultársela a sus hijos, ocultármela a mí? ¿Tenía que hablarle de la carta?
Se llevó a la boca un trozo de tomate con queso y me observó. No supe interpretar su mirada, así que la esquivé.
¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Aún no lo sé.
¿Y tu trabajo? ¿Qué hay de las negociaciones con Washington de las que me habías hablado?
No lo sé. Quizá puedan esperar dos semanas.
Estás loca. Te juegas tu carrera. ¿Y para qué?
Había esperado y temido aquella pregunta. No podía responderla. La carta para Mi Mi se escribió hacía cuarenta años. Lo cierto es que no creía que tuviera nada que ver con la desaparición de mi padre. No sabía quién era Mi Mi, dónde estaba, qué papel había desempeñado en la vida de mi padre o si aún estaba viva. Tenía un nombre y una dirección antigua en un pueblo que ni siquiera sabía con certeza dónde se encontraba. No soy de ese tipo de personas que se dejan llevar por los sentimientos sin pensárselo dos veces. Suelo hacer más caso a mi intelecto que a mis instintos.
Pero en este caso... Tenía que lanzarme a la búsqueda. Algo me empujaba en aquella dirección, una fuerza que desconocía y a la que no lograba resistirme; una fuerza contra la que no tenía más que argumentos racionales. Y, por primera vez en mi vida, no eran suficientes.
¿Qué esperas encontrar en ese país? oí preguntar a mi madre.
La verdad respondí.
Pretendía que fuera una afirmación, pero sonó más bien como una interrogación.
La verdad, la verdad repitió ella—. ¿Qué verdad? ¿Su verdad? ¿Tu verdad? La mía puedo decírtela en este mismo segundo, en tres frases, si te interesa.
Su voz sonaba amarga y avejentada. No me había dado cuenta de lo herida que se sentía mi madre. Jamás habíamos hablado del tema; ni de su matrimonio ni de la frase «Tu padre ya me había abandonado mucho antes del día que desapareció».
Quisiera saber qué le sucedió a mi padre. ¿Por qué no puedes entenderlo?
¿Y de qué te serviría eso, ahora?
Quizá aún esté vivo...
Aunque así fuera, ¿no crees que ya se habría puesto en contacto con nosotros si hubiese querido saber cómo nos iba? Se dio cuenta de que su comentario me afectaba y añadió—: ¿O quieres jugar a los detectives? La policía seguro que puede hacerlo mejor. Sea lo que sea lo que hayas encontrado entre sus cosas... ¿por qué no se lo das a Lauria? Llámalo. Se alegrará.
Yo también había pensado en eso. Pocas horas después de reservar mi vuelo me encontré en el comedor de mi piso, mirando la ciudad a través de la ventana, y de pronto me pareció que todo aquello era una tontería. ¿En qué aventura quería implicarme? Parecía una adolescente que lo dejaba todo para salir en pos de su amor y recorrer el mundo en su busca. Jamás había sido tan espontánea. Ni a los dieciocho años. Así que, ¿por qué tenía que serlo a los veintisiete? Eché un vistazo a mi agenda y comprendí lo absurdo que era aquel plan. Estábamos preparando la fusión de dos compañías de teléfonos, y en las próximas semanas teníamos previsto realizar varias charlas determinantes en el departamento sobre los cárteles de Washington, además de negociaciones en Phoenix y Austin.
¿Qué espacio me quedaba para Mi Mi?
Llamaría a Lauria, le diría lo que había encontrado y le pediría que me aconsejara.
—Lauria dijo él al teléfono.
Lauria. Con eso bastó. Conocía demasiado bien su tono, perfectamente calculado; su falsa cordialidad, su fingido interés. Lo conocía todo por mi profesión; lo reconocía en mí misma cuando hablaba con alguien del que esperaba o necesitaba algo. Oí su voz y supe que nunca le diría nada de Mi Mi. La mera idea de que llegara a tener en sus manos y leyera la carta de mi padre me pareció repulsiva. Fuera cual fuese el misterio que ocultara, Lauria no tenía por qué enterarse. No era cosa suya. No lo entendería, lo pisotearía todo y lo destrozaría sin darse cuenta siquiera.
Tenía la sensación de que mi padre me había confiado un secreto, un tesoro, un trocito de su corazón o de su alma, pensado solo para mí, y que mi deber era cuidarlo y protegerlo.
Soy Julia Win. Solo quería saber si tenían alguna novedad dije, con cierta torpeza.
No. A no ser que usted tenga algo...
—¿Yo? ¿Por qué habría de tenerlo?
¿Por qué, si no, ha llamado?
Fue una conversación breve.
Miré a mi madre.
—¿Y bien?
¿Qué quieres saber?
La verdad.
Dejó los cubiertos lentamente, se dio unos golpecitos en los labios con la servilleta y bebió un sorbo de vino.
La verdad es que tu padre me engañó. No una vez, ni dos. Me engañó todas las horas, todos los días de los treinta y cinco años que duró nuestro matrimonio. No con una amante a la que visitara en secreto durante sus viajes o con la que se viera algunas tardes mientras yo creía que seguía en el despacho. No sé si tuvo jamás una aventura de ese tipo, y ya no me importa. Me engañó porque me hizo una promesa que jamás cumplió. Se prometió a sí mismo. ¿Eso es el matrimonio, no? Se convirtió al catolicismo por mí y en nuestra boda repitió las palabras sagradas: en lo bueno y en lo malo. Pero no lo dijo en serio. Fingió tener fe y fingió amarme. Nunca se entregó a mí, Julia, ni siquiera en los buenos tiempos.
»¿Crees que jamás le pregunté por su pasado? ¿De verdad crees que los primeros veinte años de su vida me fueron en algún momento indiferentes? La primera vez que se lo pregunté me dio largas, me miró con aquella ternura y confianza tan propias de él, tan irresistibles para mí entonces, y me prometió que un día me lo contaría todo. Aquello fue antes de nuestra boda, y yo le creí, confié en él. Más adelante le repetí la pregunta hasta agobiarlo, lloré, grité y le amenacé con divorciarme. Le dije que me marcharía de casa y que solo volvería cuando decidiera dejarse de secretos. Me dijo que me amaba y me preguntó por qué no me parecía suficiente. ¿Cómo puede nadie decir que ama a otra persona si no es capaz de compartirlo todo con ella, incluido el pasado?
«Después de tu cumpleaños encontré una antigua carta entre sus libros. La había escrito poco antes de nuestra boda. Era una carta de amor y estaba dirigida a una mujer birmana. Quiso explicármelo, pero ya no quise saberlo. Te parecerá extraño Julia, pero una confesión pierde todo su valor si llega en el momento inadecuado. Si lo hace demasiado pronto, nos supera porque no estamos preparados y no somos capaces de concederle su verdadero valor. Si lo hace demasiado tarde, ha perdido ya su oportunidad; la desconfianza y la decepción son ya demasiado grandes, y la puerta se ha cerrado. Lo que debería aportar un acercamiento solo trae, en ambos casos, lejanía. Distancia. Para mí era demasiado tarde. Ya no quería saber nada de sus antiguas amantes. No nos habrían acercado, solo herido. Le dije que me divorciaría si volvía a encontrar una carta como aquella, por muy antigua que fuera, y que jamás volvería a vernos, ni a mí ni a sus hijos. Funcionó. Jamás volví a encontrar nada, aunque cada dos o tres semanas revisaba de nuevo sus cosas concienzudamente.
Hizo una pausa, vació su copa y pidió una nueva. Intenté cogerle la mano, pero la retiró y movió la cabeza. También era tarde para eso.
¿Cómo podía defenderme? ¿Cómo podía hacerle pagar por lo que me había hecho? Decidí tener mis propios secretos. Empecé a compartir cada vez menos cosas con él, a ocultarle mis ideas y mis sentimientos. Y él no preguntó. Pensaba que si quería contarle algo o compartir algo con él, lo haría. Y así convivimos, uno al lado del otro, hasta el día que desapareció.
»Me utilizó. Yo era joven, aún no tenía ni veintidós años, y era también muy ingenua. La primera vez que nos vimos fue en el cumpleaños de una amiga. Aún me parece verlo entrar por la puerta, alto y delgado, con sus labios carnosos, su boca que siempre parecía estar sonriendo. Era guapo y las mujeres se volvían locas por él sin que él hiciera nada al respecto. Quizá ni siquiera se daba cuenta. Todas mis amigas se lo habrían quedado. Su nariz grande, su frente ancha y su rostro enjuto le conferían un aspecto ascético que me pareció de lo más atractivo. Y sus gafas negras y redondas potenciaban aún más sus bonitos ojos. Se movía con ligereza, se expresaba con elegancia y tenía un lenguaje, un aura, que impresionó hasta a mis padres. Para ellos habría sido el yerno perfecto: culto, inteligente, de modales impecables, seguro de sí mismo y en absoluto arrogante.
»Sin embargo, por supuesto, se opusieron a la boda. Murieron sin perdonarme que me hubiera casado con un mestizo. Fue la primera y única vez que me rebelé ante ellos. Como sabes, no es propio de mí. Cambié las reglas en esa única ocasión, y lo he pagado toda mi vida.
Respiró hondo. El camarero había traído su risotto, que la esperaba, humeante, sobre la mesa, pero ella no lo tocó.
Ve a Birmania, si quieres me dijo. Parecía agotada—. Cuando vuelvas, no te preguntaré. Y no quiero que me cuentes nada de lo que encuentres. Sea lo que sea, no me interesa.
Frente a la puerta me esperaba la limusina que debía llevarme al aeropuerto. Era una mañana clara y fría. Vi el aliento del chófer, que caminaba de un lado a otro, junto al coche, fumando. El portero llevó mi equipaje hasta el vehículo y lo metió en el maletero. Cuando estaba a punto de entrar me dio una carta. Hacía media hora que una mujer le había pedido que me la entregara. La letra de mi madre. ¿Por qué no había subido? Mientras el conductor dejaba la Segunda Avenida y entraba en el túnel de Midtown, abrí el sobre.
Mi querida Julia:
Cuando leas estas líneas estarás de camino a Birmania, tierra natal de tu padre. Sea lo que sea lo que andes buscando, espero que lo encuentres.
Te escribo porque no logro sacarme de la cabeza la charla que tuvimos en Sant Ambroeus. Por la tarde, cuando nos despedimos al teléfono, no quise decirte esto que ahora vas a leer.
Durante la comida de ayer reaccioné muy en contra de tus planes. Me hicieron mucho daño, aunque no sé por qué. ¿Fue quizá la decepción que lleva consigo un matrimonio fracasado, que, no obstante, duró casi treinta y cinco años? ¿Un fracaso que ni tu padre ni yo admitimos? ¿O fue más bien el temor a que te pusieras de su parte? Perdóname por haber pensado así.
Ahora he tenido toda una noche para pensar en tu pregunta sobre «la verdad», y me temo que el domingo te oculté un detalle de gran importancia.
Tu padre no quería casarse conmigo. Por lo menos al principio. Desde el día en que le propuse que nos casáramos hasta el que lo hicimos pasaron dos años. Fue una época en la que hice cuanto estuvo a mi alcance para conquistarlo. Al principio me dijo que no nos conocíamos lo suficiente y que debíamos esperar a saber más el uno del otro. Después afirmó que éramos demasiado jóvenes y teníamos que darnos tiempo. Poco antes de la boda me advirtió de que no podría quererme como yo seguramente esperaba o necesitaba. No le escuché. No le creí. Sus reservas, sus dudas, no hacían más que acrecentar mi determinación. Quería conseguirlo. Lo quería a él; a nadie más. Los primeros meses sospeché que quizá tenía una esposa en Birmania, pero me dijo que no estaba casado. No quiso decirme nada más sobre los años que pasó en su país . Y en aquel momento tampoco me interesó. Estaba convencida de que no tardaría mucho en aceptarnos, a mí y a mi amor. Birmania quedaba muy lejos. Yo era quien dormía a su lado y me levantaba con él. Quería conquistarlo. ¿Fue mi vanidad herida lo que me impidió desistir? ¿Me comporté como la hija obediente y educada, de buena familia, que de pronto quiere rebelarse ante sus padres? Nada podría ser más efectivo para oponerse al mundo de mis padres que casarse con un hombre de piel oscura.
Llevo cuatro años intentando responder a estas preguntas. Sin éxito. Quizá fue una combinación de todas esas cosas. Cuando comprendí que no podría cambiar a tu padre como hubiese querido, ya era demasiado tarde. Al principio seguimos juntos por nuestros hijos y después nos faltó coraje para separarnos, al menos a mí; por cuanto hace a tu padre, desconozco sus motivos. Quizá los desconocí siempre.
Quería que lo supieras antes de salir en su busca.
Vuelve sana y salva. Que Dios te bendiga.
Judith
Pasé mucho rato acostada pero dormí mal, aunque apenas podía moverme del sueño que tenía y lo agotada que estaba. La infinidad de preguntas que me rondaban la cabeza no me dejó descansar y me retumbó en el cerebro como si alguien estuviera gritándome al oído sin cesar. En varias ocasiones me incorporé sobresaltada en la cama, con el sueño roto, y eché un vistazo al despertador de viaje que tenía junto a la cama. Las dos y veinte. Las tres y diez. Las cuatro menos veinte.

Al día siguiente la cosa no mejoró. Me desvelé de repente y ya no pude volver a dormir, tenía ganas de vomitar, me dolía la cabeza y el corazón me latía con tanta fuerza como si alguien estuviera golpeándome el pecho sin cesar. Conocía aquella sensación. En Nueva York me pasaba lo mismo las noches previas a citas o negociaciones importantes.

Por la ventana abierta entraba una brisa suave y noté el frío de la mañana colándose lentamente bajo mis sábanas. Un olor fresco y exótico que me resultaba desconocido llenaba la habitación.

Se hizo de día. Me levanté y fui hasta la ventana. El cielo era de color azul oscuro, sin una nube, y el sol aún estaba escondido en algún lugar, tras las montañas. En la pradera que quedaba frente al hotel vi árboles en flor, arbustos y plantas que me parecieron tan extrañas, tan desconocidas, como si formaran parte de la vegetación de un cuento infantil. Sus colores eran más salvajes y explosivos que cualquiera que hubiese visto en América. Me recordaban a los cuadros de Basquiat que tenía en mi piso. Hasta el rojo de las amapolas me parecía mucho más intenso de lo normal.
En la ducha no había agua caliente.
Las paredes y el techo del comedor para el desayuno estaban revestidos de madera oscura, casi negra. Junto a la ventana, había una mesa con cubiertos para el desayuno. Las demás estaban vacías. Yo era la única clienta del hotel.
El camarero se me acercó con una profunda reverencia. Podía escoger entre té o café y huevos fritos o revueltos. No conocía los cornflakes ni los bagels. No tenían embutidos ni queso.
Huevos fritos o revueltos repitió.
Revueltos dije, y él asintió.
Lo vi alejarse y desaparecer tras una puerta batiente que quedaba justo en la otra punta del comedor. Él también se movía con tanta ligereza que ni siquiera pude oír sus pasos. Como si levitara unos centímetros por encima del suelo.
Estaba sola y el silencio me resultaba incómodo. Me sentía observada, como si las mesas y las sillas vacías tuvieran ojos, me miraran fijamente y anotaran con desaprobación todos y cada uno de mis movimientos. No estaba acostumbrada al silencio. No al de aquel tipo, cuando menos. ¿Cuánto podía tardarse en hacer un café? ¿En preparar unos huevos? ¿Por qué no me llegaba ninguna voz, ningún sonido, de la cocina? El silencio me oprimía, me parecía más inquietante a cada minuto que pasaba, y me pregunté si existiría una progresión del silencio, del mismo modo que es posible elevar el nivel de ruido. La respuesta era evidente: cada instante me atacaba con más fuerza; me hería los oídos; era insoportable. Carraspeé, golpeé el plato con el cuchillo. Solo por oír algo. El silencio devoró los sonidos y resultó aún peor.
Me levanté, me dirigí hasta la puerta que daba al jardín, la abrí y salí. Hacía viento. Nunca el susurro de un árbol, el murmullo de una abeja, el canto de un saltamontes, me había parecido tan tranquilizador.
El café solo estaba tibio; los huevos, quemados. El camarero se quedó en una esquina, sonrió e inclinó la cabeza, y yo me tomé los huevos chamuscados y me bebí el café medio frío e incliné la cabeza y le devolví la sonrisa. Pedí otro café y eché un vistazo a mi guía turística. Apenas dedicaba una hoja a Kalaw.
Emplazado en el límite occidental del valle de Shan, famosa estación de montaña en época británica, hoy es un lugar tranquilo y pacífico con muchos recuerdos de la época colonial. Situado a 1.320 metros de altura, su temperatura es siempre agradablemente fresca. Un lugar ideal para pasear entre bosques de pinos y bambús, con impresionantes vistas a las montañas y valles de la provincia de Shan.
Población: irrepetible mezcla de shanes, birmanos, diversos habitantes de las montañas, musulmanes birmanos e indios y nepaleses (gurkas que en su día sirvieron al ejército británico). Muchos de ellos acudieron a escuelas misioneras. Hasta los años setenta hubo en Kalaw misioneros estadounidenses impartiendo clases en las escuelas. Hoy en día la mayor parte de sus antiguos habitantes continúa hablando inglés.
Como puntos de interés turístico mencionaba tres pagodas y el mercado. Por lo visto había tres restaurantes: uno birmano, uno chino y uno nepalés, un cine y varias casas de té. El hotel en el que me alojaba, de estilo Tudor, fue diseñado por un arquitecto inglés; fue la primera casa del lugar, ya en época colonial. Pero había varios hotelitos más y pensiones para los «menos exigentes». Tras el desayuno me dirigí al jardín y me senté bajo un pino, en un banco de madera. No quedaba ni rastro del frescor de la mañana. Con el sol llegó el calor, y un olor pesado y dulce impregnaba el ambiente.
¿Por dónde empezaría a buscar a Mi Mi? Mi único punto de partida era el sobre con la dirección:
38, Circular Road
Kalaw (Shan)
Birmania
De eso hacía casi cuarenta años.
Necesitaba urgentemente un vehículo y la ayuda de un nativo que conociese bien la zona. ¿Qué más?
Apunté en mi libreta una lista de cosas que tenía que hacer:
1. Alquilar coche con chófer
2. Encontrar guía turístico
3. Hacerme con un listín telefónico
4. Comprar un plano de la ciudad
5. Buscar la dirección de Mi Mi
6. En caso de que hubiera cambiado de domicilio, preguntar a los vecinos y/o la policía
7. Preguntar a la policía por mi padre
8. Pedir información al alcalde y/o la oficina del ciudadano
9. Posibilidad de visitar a otros estadounidenses o ingleses de la zona
10. Colgar una foto de papá en casas de té, hoteles y restaurantes
11. Visitar todos los hoteles, clubes, etc.
Así era como preparaba mis encuentros y conversaciones con clientes: las listas, la investigación sistemática, era algo que conocía bien; que me aportaba seguridad.
En el hotel me recomendaron un chófer que hacía las veces de guía turístico. Aquel día había salido con dos turistas daneses, pero a partir del día siguiente dispondría de tiempo para mí. Tenía previsto volver al hotel aquella misma tarde, hacia las ocho. Me pareció lógico esperar a que regresara y empezar a buscar al día siguiente. Además, así podría preguntar a U Ba por Mi Mi, aunque fuera un estafador. Por lo visto había vivido siempre en Kalaw y tenía aproximadamente la misma edad que ella, de modo que era posible que la conociera.
Eran poco más de las doce cuando decidí salir a hacer footing. Mi cuerpo necesitaba moverse un poco tras el largo viaje, y aunque hacía mucho calor, el viento y el aire seco de las alturas lo convertían en algo soportable. Estaba en buena forma y en Manhattan solía correr varios kilómetros por Central Park incluso en las tardes más calientes y húmedas del verano.
El ejercicio me sentó bien, me liberó. Las miradas dejaron de molestarme. Ya no tenía que evitarlas, porque estaba concentrada en mis piernas. Tuve la sensación de que podía escapar de todo lo que me resultaba extraño e inquietante, de que podía ver y observar sin ser vista. Bajé por la calle mayor, corrí hasta el pueblo, pasé junto a una mezquita y una pagoda, rodeé el mercado con un gran arco, adelanté carros tirados por bueyes, coches de caballos y a varios monjes jóvenes. Tuve que correr para darme cuenta de la lentitud y parsimonia con la que se movía la gente de aquel lugar, pese a la ligereza de sus pies. De pronto me sentía a su altura. Yo decidía mi propio ritmo, ya no tenía que seguir adaptándome a su velocidad. Sentí la fuerza en mis piernas, y me alegré de que no hubiese remitido al cabo de media hora. Ni siquiera el regreso de subida al hotel me resultó cansado.
Tras una ducha me estiré sobre la cama y descansé. Me sentía mejor.
Entonces, de camino a la casa de té, mis piernas empezaron a dar muestras de cansancio. Pude notarlo a cada paso. No soy de esas personas a las que les gustan las sorpresas.
¿Qué tenía pensado contarme, cuánto tendría de verdad? Le haría preguntas muy detalladas, y si incurría en alguna contradicción, me levantaría y me iría.
U Ba ya me esperaba. Se levantó, hizo una reverencia y me cogió de las manos. Tenía la piel suave y las manos agradablemente cálidas. Nos sentamos. Pidió dos vasos de té y unas galletas y me miró sin decir nada. Al cabo de un rato cerró los ojos, respiró hondo y empezó a hablar.




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¡¡DAVID BUSTAMANTE-ABRÁZAME MUY FUERTE!!


¡¡PITINGO-UNA VOZ CON SENTIMIENTO!!

¡PITINGO Y BEATRIZ LUENGO - DIME!


¡TE LLAMO PARA DECIRTE QUE TE QUIERO.PITINGO!

¡TU RECUERDO-PITINGO!